Claudio R. Delgado
Escribir sobre Jorge Cuesta es difícil, no sólo por su compleja personalidad, sino porque referirse a él es como acercarse a una puerta misteriosa, prohibida, con el sigilo que impone el pecado de espiar por la cerradura. No intentaré descubrir rincones oscuros o situaciones novedosas en la vida de Cuesta; me limitaré a resaltar algunas circunstancias que, a mi parecer, hacen de este hombre de letras, uno de los personajes más seductores de la historia literaria de México en el siglo XX.
Jorge Mateo Cuesta Porte-Petit nació el 21 de septiembre de 1903 en Córdoba, Veracruz. Miembro de una de las generaciones literarias que mayor fuerza dio a las letras nacionales del pasado siglo, Los Contemporáneos, nombre de la revista que los agrupó y que fue transmitido a ésta y al grupo por el primer libro de crítica que el entonces joven Jaime Torres Bodet, publicará con idéntico título en 1928; Jorge Cuesta se distinguió de los otros miembros de Contemporáneos, sobre todo por su “resplandor” psicológico y literario, es decir por su “anormalidad”, pues al buscar su propia identidad, tuvo el valor, el coraje de reconocerse y encontrar su personalidad “sin verse en el espejo social” de su época, causa que según el ensayista Héctor Gamboa, lo convierte en “un incomprendido, y de ahí la falta de difusión de su obra”.
Cuesta, el más triste de los alquimistas, que gustaba autonombrarse así, como el verso baudelairiano, fue el más ferviente practicante de la racionalidad, a pesar de ese “resplandor psicológico”, y el cual le ayudó a convertirse en un individuo capaz de aislarse horas enteras, divagando acerca de cualquier tema en un entretenido monólogo silencioso al cual nunca a nadie convidó. Sí bien es cierto que Jorge Cuesta fue, es uno de los escritores mexicanos que más leyendas ha formado en torno suyo, también es cierto que mucho de lo que de él se ha escrito, ha sido una invención, de ahí los lugares comunes y la crítica prefabricada por aquellos insolentes de la historia literaria de nuestro país.
Cuesta. junto con Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet y José Gorostiza, viene a ser, para mi gusto, de los poetas más enigmáticos de Contemporáneos, pues si analizamos una parte importante de la producción de estos escritores, encontraremos que entre ellos existe, inevitablemente, un vaso comunicante que tiene como guía o conducto principal, el tema de la muerte, sin dejar de lado cierta obsesión por las inclinaciones sexuales, y sobre todo, más marcadamente en Villaurrutia y en Torres Bodet, dos personajes que en cierta forma se resisten, condicionados por el entorno social de la época, a aceptar abiertamente su homosexualidad. Sin embargo, y en comparación a estos dos brillantes poetas y pese a todo lo que se ha dicho, Jorge Cuesta padece sí, cierta obsesión por las pasiones, pero no por las pasiones homosexuales, es un personaje que a decir del investigador y ensayista Miguel Capistrán: “La libido de Cuesta era muy poderosa. Hasta donde he podido indagar tuvo una vida sexual muy intensa. Se decía, en parte por esto último, que había sido homosexual, algo que no habría tenido mayor trascendencia de no ser porque no lo fue. Esa característica de su personalidad también es inventada (el subrayado es mío)”. Al recoger el testimonio del también escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, Capistrán señala que las “aventuras amorosas de Cuesta eran siempre con mujeres”. Y además, agrega, que “fue un amante muy solicitado” por éstas.
En una novela titulada La única, escrito por Guadalupe Marín, esposa de Cuesta y que antes estuviera unida al pintor Diego Rivera, dice que al conocer al escritor se prende de él con “amor a primera incongruencia”, libro que por otra parte según el mismo Miguel Capistrán, fue un “acto de despecho” contra el mismo Cuesta. Pero sin embargo, y pese a las declaraciones, a veces movidas por el despecho e inventadas por Guadalupe Marín, podemos los lectores formarnos una idea del atractivo (no físico, pues además el poeta padecía un defecto en el ojo izquierdo), pero si intelectual de Cuesta hacia las mujeres, es decir, que mientras más sorprendente sea la conducta de una persona (en este caso el de un hombre hacia una mujer) más interesante y atractivo resulta el deseo o necesidad de relacionarse con ésta.
El poeta Elías Nandino nos dice de Cuesta: “ …era delgado, alto, con cabello castaño, con gesticulante tristeza petrificada en la cara, con manos largas y huesudas, con madurez precoz en su conjunto, vestía casi siempre en negro, azul o en gris, su frente era amplia y su mentón poco adelantado y fuerte. Su seriedad era de estatua. Sin deuda ninguna con Adonis, creaba fuera de sí una aureola angelical, satánica, sorpresiva, atrayente, que hacía pensar que se estaba junto a un ser superior donde se daban cita la inteligencia y la intuición, la magia y el microscopio”.
Villaurrutia al referirse a él, dice: “Alto y delgado, exageradamente alto y delgado era Jorge Cuesta cuando lo conocí, en la tertulia de un café en las calles de República Argentina, a donde acostumbraba ir en compañía de un grupo de amigos. Cierro los ojos y veo a Jorge Cuesta erguido, claro, moviendo la cabeza hacia atrás de un modo peculiar que había de conservar toda la vida”.
El ensayista Octavio Paz narra la forma en la que conoció a este enigmático escritor veracruzano:
En 1935 conocí a Jorge Cuesta… alto, delgado, elegante, vestido de gris, rubio, ojos de perpetuo asombro, labios gruesos, nariz ancha, extraña fisonomía de inglés negroide… salimos de San Ildefonso y Jorge me llevo a un restaurante. Era la primera vez que yo comía en un lugar elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, de Gide y de Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta.
“Al hablar de mecanismo no pretendo deshumanizarlo; era sensible, refinado y profundamente humano. Pero su inteligencia era más poderosa que sus otras facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se desplegaban ante sus oyentes como si fueran algo pensado no por sino a través de él. Una noche tuve la rara fortuna de oírlo contar, como si fuese una novela, uno de sus ensayos más penetrantes: El clasicismo mexicano. Luego me envió un ejemplar de la revista en la que aparecía el ensayo; al leerlo, el deslumbramiento inicial se transformó en algo más hondo y más duradero: una reflexión que todavía no termina. Desde aquellos días mis ideas sobre la literatura han cambiado pero, sin la conversación de aquella noche, tal vez yo no habría comenzado a pensar sobre estos temas. Tampoco habría logrado hacerlo con un poco de rigor e independencia”, dice Paz.
Sin duda Jorge Cuesta es un escritor que seduce, pero no sólo por su presencia física, sino por ese (y permítaseme aplicar el termino) hálito resplandeciente del genio que sin premura, avanza sin desfallecer hacia el camino de la locura. Algunos detalles importantes de su obra, nos hablan de forma elocuente de ese comportamiento que he dado en llamar “resplandeciente”.
Es de importancia el subrayar su especial tendencia por el manejo de elementos que marcan en una buena parte de su creación poética el juego entre lo real y lo irreal; elementos (digamos) objetivos y subjetivos, es decir la eterna lucha de contrarios que lo ubicaron en dos mundos, los cuales lo abrigaron y le proporcionaron la materia prima para hablarnos acerca de “sus experimentaciones.” En su poesía, Cuesta nos muestra algunas constantes que tienen que ver con la fragilidad y el tiempo que se diluye a través del espacio. A este respecto pongamos como ejemplo dos títulos: “Ninguna forma te contiene” y “La conciencia de lo vivido no puede ser captada más que en la distancia que separa al nombre de la realidad, que se funda en su mano en cuanto cree asirla.”
Es decir que el recuerdo de lo placentero es meramente pasajero, y no es más que “la imagen” de la muerte, ya que ésta dejará de la misma forma “la huella de lo que fue.” Se da dentro de la poesía de Jorge Cuesta una separación, la más de la veces, radical y continua, entre “lo que es y lo que enseguida ha dejado de ser.”
Sin embrago y a pesar de su “resplandor”, Cuesta se identifica por la búsqueda a partir de la realidad, y renuncia a ideas preconcebidas en su afán de obtener de ésta, la experiencia, la cual se traduce en una pérdida o ausencia del ser hombre en relación con la materia. El trayecto que sigue a partir de su evolución poética es la que va a llevar durante toda su vida. Lo importante es que a él, la opinión o el riesgo de perder “la brújula” en su experimentación no le importó.
En algunos de sus sonetos podemos ver sus tendencias depresivas y discordantes. Cuesta obtiene como resultado la amargura y la opresión. Dichas experiencias que llegan de la misma forma en como se van, de repente, le producen una sensación de estar apesadumbrado más marcada en su alma, hasta conducirlo irremediablemente al encuentro con la muerte, esa experiencia o ansia libertadora:
“El amor se oscurece y se suprime,
y mira que la muerte se aproxima a
la vana insistencia de mí mismo.”
El amor para Jorge Cuesta se traducirá en: “una vana insistencia de sí mismo… sin salida.”
En Canto a un dios mineral, uno de los poemas más reconocidos del poeta, creo que se retrata esa (a veces) multiformidad del ser que como Cuesta, vive en un constante desdoblamiento de su personalidad. Se dice que una noche el poeta dejó escrito en un papel una frase en la que se leía: “Porque me pareció poco suicidarme una sola vez. Una sola vez no era, no ha sido suficiente.” Con el tiempo estas palabras se han convertido en profecía cumplida, pues efectivamente, el suicidio de Cuesta tiene que ser revivido por cada lector que se interna en su Canto a un dios mineral con el ánimo de entender este poema que ha sido calificado de “hermético”. Porque, en realidad, como dijo Rubén Salazar Mallén, su poesía es oscura sólo para quienes no conocen su vida o, en palabras de Alí Chumacero, su poesía es poco diferente de lo que vivió.
Para el creador de la celebre Antología de la poesía mexicana moderna (1928), y que creó un gran revuelo en su momento en el mundo literario, la experimentación científica y literaria se fundieron en dos mundos que aunque disímbolos y diferentes, en él fueron dos aguas del mismo río que le permitieron nadar (la mayor de las veces) a contra corriente de aquello que se erguía a su paso como un mundo real y coherente, el cual sin embargo le permitió demostrar que como todo científico apasionado de la inteligencia, la poesía (igual que para Valéry) unida a la experimentación científica, es un método de comprobación de sí mismo.
Sobre el resplandor de Jorge Cuesta, otro brillante escritor y amigo de él, don Jaime Torres Bodet, narró en algún momento una curiosa anécdota: “Para esperar el año de 1937, invitamos a cenar a algunos compañeros de juventud: Bernardo, Enrique, Cuesta y Xavier Villaurrutia (…) Tenía mi mujer un pequeño fox-terrier, que nos acompaño por espacio de más de un lustro. Esta noche, el perrito –que recibió con halagos a los comensales– persiguió a Cuesta con sus ladridos. Tanto escándalo hizo, que alguien preguntó a Jorge si todos los perros lo detestaban: No –contestó–, el de Jaime no me detesta; lo que ocurre es que me ha visto ya el resplandor (el subrayado es mío) que ustedes no han descubierto. Celebramos (comenta Torres Bodet) aquella respuesta. Pero cuando supe lo que después sucedió y cómo Cuesta acabó sus días, reflexioné: ¿sería la alusión a ese resplandor una hipótesis humorística? ¿O anunciaba ya, en persona de inteligencia tan luminosa, un lamentable desequilibrio?”
Sean estas líneas una muestra de admiración y respeto a uno de los poetas más valiosos que en México han nacido durante la primera mitad del siglo XX, y que en este festejo de su natalicio en el cual se cumplen cien años, Jorge Cuesta (1903-1942) sea verdaderamente revalorado no sólo por su “resplandor”mítico, sino sobre todo por sus aportaciones a la literatura nacional.
