Alejandro Alvarado

La figura de Miguel Hidalgo ha sido manejada a conveniencia a lo largo de los años por el aparato del Estado, se le ha quitado yerros y se le ha vuelto muy blandengue, asegura Paco Ignacio Taibo II. En general responde a un intento de volver a los caudillos de la Independencia en caudillos más blanditos, más resumibles, que no entren en contradicción con el armado del Estado moderno. “Hidalgo”, acusa el historiador y novelista, “así se vuelve descafeinado”.

Su biografía —continúa Paco Ignacio— cuando se revisa, se excluye su vida sentimental, muy rica, por cierto, sus “matrimonios” y a sus hijos. Procrear hijos era absolutamente normal en la Nueva España, sobre todo para curas que habían llegado al sacerdocio, no por vocación de sacerdocio, sino de ascenso en la pirámide social para poder tener carreras universitarias o por vocación social y ponerse al servicio de las comunidades. Esto se enmascara para construir esta imagen más blanda; se hace del Hidalgo de Dolores, en términos de imagen, un cura de pueblo y se le quita toda su cultura universitaria, su actitud herética, muy divertida frente a la lectura de la Biblia; y, luego, se le vuelve el caudillo sin contenido social.

–Sin duda, retratas al Padre de la Patria desde otro ángulo…

–Hidalgo es lo contrario de la imagen que nos han impuesto. No se levantan 25 mil indígenas en el estado de Guanajuato si no se les convence que van a cambiar el mundo. Quién va a seguir a Hidalgo, dispuesto a perder la vida, acompañado de sus hijos que se visten con taparrabos y llevan palos y piedras a una conspiración política, como las que se produjeron en el resto de la América española en aquellos años, donde intervenían criollos ilustrados pero, a una horda del pueblo llano, se le tenía que plantear que el mundo iba a cambiar, que acabaría la esclavitud y el control de sus vidas por parte de las haciendas, por ejemplo. La primera campaña de Hidalgo es una campaña de saqueos, principalmente los bienes de la oligarquía. Ese Hidalgo no es el que nos llega en nuestros días sino un Hidalgo blandengue, descafeinado, sin contenido social.

–En su libro, El cura Hidalgo y sus amigos, están varias anécdotas ¿puede relatar la que más le atrajo?

–Voy a contar la del armero del primer levantamiento, el de la conspiración de Querétaro, Epigmenio González. Un hombre muy notable. Cuando lo llevan a juicio, los que están a su alrededor se rajan, y aseguran que ellos no participaron, que nada más habían ido por el chocolate. El armero les dijo a su aprehensores: “si nosotros hubiéramos ganado ustedes estarían de este lado de la mesa”. Lo condenan dos veces, lo envían preso a la Ciudad de México y en la cárcel realiza una conspiración hasta que lo mandan al fuerte de San Diego, en Acapulco. Cuando Morelos ataca San Diego, al gobernador del fuerte no se le ocurre otra cosa que mandarlo a las Filipinas, en donde lo condenan a veinte años de trabajos forzados. Cuando termina la Independencia, el armero pide que lo liberen, y le dicen que no. España no reconoce y lo mantienen preso otros diez años. Se vuelve mendigo para juntar lo del pasaje de regreso. Llega a Palacio y les dice: “yo soy Epigmenio González, uno de los padres de la patria”. Le contestan: “La lista ya está completa con Hidalgo, Morelos, Abasolo, Matamoros, Jiménez, los Galeana; usted no”, y lo corren. Es el primer armero de la Independencia y termina su vida de velador en un museo de San Luis Potosí.

–¿Cómo fueron los últimos momentos de Hidalgo?

–Hay una historia muy confusa que hay que seguir con mucho recelo y cuidado. La última confesión se produce con dos jesuitas, nada más. El único testimonio que tenemos es esa confesión de Hidalgo. Para poderlo matar necesitan hacer que deje de ser cura, si no, el gobierno civil no puede quitarle la vida a un religioso. Deben juzgarlo, excomulgarlo, rasparle las manos, quitarle su condición de sacerdote. No sabemos qué tan manipulada estuvo la confesión en las preguntas y en la de la redacción del texto. Se termina con la excomunión y se abre la puerta para el fusilamiento por parte del ejército realista. Es una zona que hay que leer con pinzas. Hasta ahora muchos historiadores la dieron como válida porque es papel y es documento. Este culto al papel me parece tan ridículo, se miente con igual alegría en la historia oral que en la historia escrita. Hay que tener cuidado cuando la manejas como una fuente fidedigna. En esta confesión Hidalgo tiene elementos de arrepentimiento. No me gusta para el personaje que era. Aunque colocados frente a la muerte, ve tú a saber…
Su fusilamiento en Chihuahua es muy extraño. Con la ciudad en estado de sitio no dejaron a nadie acercarse. Los soldados estaban muertos de miedo. La primera ráfaga le destroza el estómago; no le dan en el corazón. A Hidalgo se le cae la venda y puede ver el resto del fusilamiento. El pelotón vuelve a disparar, pero se repite la historia de las balas que dan en el estómago y no le atinan al corazón. Tienen que rematarlo poniéndole dos cañoness de fusil sobre el corazón. Le cortan la cabeza, el cuerpo lo incineran, y según se deposita fuera del camposanto. La cabeza es mandada a Guanajuato donde se cuelga en una de las cuatro esquinas de la alhóndiga.

–¿Qué lugar ocupan en la historia Morelos y Guerrero?

–Morelos es un personaje muy interesante, pues tiene una vocación de servicio: decenas de veces lo promueven como caudillo dictador de la revolución de Independencia y Morelos se mantiene firme en su idea de servidor de la nación, de darle al congreso la representación, a pesar de las grillas espantosas que había, y él, simplemente, ser general de los ejércitos insurgentes. Los Sentimientos de la Nación son documentos muy valiosos pero debe apartarse su decisión de que la religión cristiana debe ser católica y obligatoria nacional, cura al fin y al cabo, y eso plasmado en la Constitución significa un retroceso que tendríamos que pagar más tarde con la Guerra de Reforma; es uno de los personajes de mayor solidez y, además, un guerrillero brillante. Sus segundos son maravillosos, entre ellos hay otro cura, Mariano Matamoros. Todos están casados y tienen hijos. Son personajes de una entereza y de una probidad notable.

Guerrero es un arriero que de repente Morelos le dice: vaya y levante a los naturales. Dos meses después llega con mil quinientos hombres, porque el mestizo era bilingüe. Hermenegildo Galeana también era brillante, heredero de un náufrago, un poco cacique pero bondadoso del pueblo. Toda la comunidad, cuando se levantó en armas, se fue con él; infatigable en la guerra civil arrastró a unos Galeana que tendrían también mucho peso, como Pablito, su sobrino. Todos ellos terminaron muertos, excepto Pablo que sobrevivió a la guerra. Vale la pena recuperar a todos estos personajes por su voluntad de servir al país y por su actitud de entrega sin pedir nada a cambio. Hoy como que nos harían falta en la vida social mexicana. Si fueron los héroes que nos dieron Patria quién nos manda a quitarlos.