Vicente Francisco Torres
La impresión que producen las primeras páginas de La mesa del silencio. Once poetas rumanos contemporáneos (Círculo de poesía / Conaculta, Puebla, 2010) es que estamos ante una poesía de fuerte contenido social, tal como enfatizan Geo Bogza y Eugen Jebeleanu. Mientras éste no deja de aludir a Hiroshima, a las fábricas y a las ciudades venenosas, aquél gusta de paralelismos para decir que los flujos contaminantes de una región petrolera son semejantes a los líquidos infecciosos de una ramera. Comparación atroz, ciertamente, si la vemos a la luz de la pareja, que no puede mantenerse unida por la separación irremediable, en la que los amantes son dos navíos que se alejan en altamar.
Pero pronto aparecen Maria Banus y Stefan Augustin Doinas, que enarbolan el valor de la palabra en el poema. De aquí parte Banus para celebrar el amor. Stefan Augustin, con la limpieza de un oficio largamente adquirido nos pone frente a un pavorreal. Ante él, flores, árboles, la casa y el sol mismo se empequeñecen; los fastos del ave no merman ni con los desagradables chillidos que emite en medio de la mañana. Pero no sólo los animales de carne y plumas sirven para crear belleza y asombro; también la estampa hermosamente concebida va como un dardo a la imaginación de los lectores. Gellu Naum nos regala estos “Caballos de hielo”: Pronto todo terminará/ y viajaremos juntos en el frío lejos/ por una llanura infinita/ hasta que nuestros caballos de hielo relinchen/ hasta que nuestros caballos de hielo se derritan bajo nosotros.
De Marin Sorescu, quizás el poeta más difundido entre nosotros por la calidad de su trabajo, tenemos varios textos conmovedores, como el que convierte la lucha contra el cáncer y la muerte en una partida de ajedrez, o el retrato en donde Shakespere es un dios que creó cielos y abismos, el amor y los celos, y los dejó de pie para toda la historia de la humanidad. Su poema “Simetría” nos dice que la vida es un dilatado error que no podemos pasar en limpio.
En este volumen encontramos también fragmentos de poemas muy extensos que, en mi opinión, no permiten formar una idea cabal de la importancia del poema.
Finalmente Ioanid Romanescu, nos da otro poema de hondo conocimiento de la vida y de la belleza. Se planta ante la muerte y asume a Dios como el Ministro de la poesía: Aún no me desprendo de una idea fija/ aún llevo en los ojos una venda de diarios/ aún duermo con el manuscrito bajo la cabecera/ y sueño la poesía que me va a matar// secretos no tengo Señor Ministro/ la patria es mi única dirección -//aunque lleve en la cabeza todo el mapa del mundo/ que lo sé por los libros no como una azafata// desde hace un tiempo estoy cansado, mi vista disminuye/ y es posible que en una noche loca/ sobre la santa mesa de la melancolía/claven mis manos// por todo esto quiero presentarme ante Usted/ —mientras no sea demasiado tarde— y rogarle:/ que me dé sólo la jubilación de Milton/ para retirarme a una guarida en el campo// pero si no me llama pronto Usted/ no es ninguna molestia —queda como en el tren—/ y sin palabrería yo sé hacer/ de un hoyo de serpiente una puerta al Edén/ sé además enseñar a los niños / mozo de cuadra y cantar y aún callar/ —en último caso no espero respuesta—/ nos veremos de cualquier modo en el próximo siglo.
