Juan Antonio Rosado
Sin duda, las obsesiones, cuando son auténticas, bloquean al artista y no le dejan vivir hasta que las expresa de algún modo. A veces, incluso, después de expresarlas, no se conformará y volverá a ellas. Insistentes, resurgirán una y otra vez como enfermedad crónica hasta que quizás adquieran un desarrollo monumental. Por ello, la obra de ciertos artistas puede recorrerse en cualquier dirección: hallaremos el reflejo o la materia prima de una búsqueda, pero quizá también la culminación de un tortuoso trayecto en que más de una vez el obsesionado creador cayó y se levantó.
Un ejemplo claro, entre muchos, es un clásico de la literatura francesa: Victor Hugo quien, a pesar de su frecuente ingenuidad al narrar —con ese narrador omnisciente que mete sus narices en la trama y llega a hacer juicios morales sobre sus personajes— continúa siendo actual porque la injusticia, el rencor, el resentimiento social son elementos por desgracia persistentes, y cualquier lector mexicano, por ejemplo, siente la tenebrosa identificación, la cercanía de lo que un Victor Hugo o un Manuel Payno dibujan en sus obras. Para ambos autores —también para un Eugenio Sue— la injusticia resultó una obsesión.
El futuro autor de Nôtre-Dame de Paris era aún muy joven cuando publicó su breve relato Claude Gueux (1834-1835), donde se encuentra —aún sin un desarrollo pleno— el germen, la semilla de lo que varias décadas después será una de sus obras maestras: Les misérables, que empezó en 1845 y concluyó en 1863; obra cuyo título posee dos sentidos antagónicos: los “miserables” como los malvados, los seres cínicos, abusivos, explotadores sin escrúpulos, pero también los “miserables” como la otra gente, la que se halla sumida en la pobreza, en la miseria económica y espiritual. Ambos sentidos se perciben a lo largo de la obra, y ambos están ya presentes en Claude Gueux.
Todavía vivimos en sociedades donde, a menudo, a muchas personas no les queda sino hacerse justicia por sí mismas, y frecuentemente son víctimas de las mismas autoridades. Eso le ocurre a Claude. En la prisión, la autoridad fue implacable, feroz. Claude lo mata e intenta suicidarse: “Lequel des deux était la victime de l’autre?” (¿Quién era la víctima del otro?). La justicia sólo justifica al victimario cuando éste recibió antes una provocación física, pero —afirma Hugo— la provocación moral ha sido olvidada por la ley. Ya en esta obra, Hugo denuncia, pero también propone terminar con una sociedad mal hecha y con unas prisiones mal hechas. Volvemos al único factor capaz de transformarnos: la educación. Sólo ella podría aproximarnos a un equilibrio social y político en todos los aspectos. Por ello, a pesar de lo anticuado que a algunos pueda resultarles, esa narración-ensayo de 1834—Claude Geuex— toca problemas que en México no han sido solucionados casi doscientos años después.
