Vicente Francisco Torres
En la década de los setenta, la editorial Bruguera inundó nuestros supermercados con novelas policiacas de excelente factura. Entre ellas había varias de Leonardo Sciascia y Giorgio Scerbanenco que leí boquiabierto. Una de ellas culminaba en un rastro en donde un personaje descuartizaba a su enemigo con una sierra eléctrica. Por aquellos años, esta escena me dejó pasmado, sin adivinar que, cuarenta años después, gracias al candidato que tenía las manos limpias, peores crueldades serían parte del costumbrismo mexicano.
Hoy Tusquets Editores recicla, en bellas ediciones, la obra de Leonardo Sciascia.
La lejana lectura de los dos maestros italianos me dejó la convicción de que, para ellos, la novela policiaca era pura proteína, sin grasa; breves volúmenes sin tiempos muertos y con una serie de planteamientos que los alejaban de la elemental serie de balazos y persecuciones.
Sin querer la cosa leí un par de novelas de Sciascia: Una historia sencilla y Puertas abiertas. La primera me desilusionó porque es una simple novela de enigma, en donde lo único negro es que el inspector de policía forma parte del gremio de los delincuentes. Sciascia la entregó a su editor un mes antes de su muerte.
Puertas abiertas es algo muy diferente, una novela combativa, histórica y negrísima en la que subyace una investigación sobre la historia de la pena de muerte y sobre el sometimiento de jueces y magistrados al poder que los emplea, en este caso el régimen fascista.
Son tantos los agravios que pesan sobre la sociedad mexicana que el lector hace asociaciones terribles. El Partido Verde, que de Ecologista sólo tiene la etiqueta que sus usufructuarios inventaron, tiene inundada la ciudad con sus espectaculares que pregonan la búsqueda de la pena de muerte como una de sus obsesiones. Si sus líderes leyeran Puertas abiertas, por más caraduras que fueran, acabarían escondiéndose.
Por otro lado, Puertas abiertas recibe ese título porque el fascismo italiano aspiraba a que los ciudadanos, gracias al estado militar y policial, vivieran en la paz implantada por la fuerza. La consecuencia natural era que ministros y jueces no buscaran la aplicación de la justicia, tal como exigía el triple asesinato que aparece como subtrama en la novela, sino se aplicaran a conservar sus privilegios salariales y de poder. Cualquier semejanza con nuestro país es una espantosa coincidencia.
