Edgar Díaz
El miedo es mi compañero
más fiel; nunca me ha dejado
para irse con otro.
Woody Allen
Aaron T. Beck escribe en Prisioneros del odio que «De pequeños nos daban miedo los truenos y relámpagos, los animales, y los lugares altos, pero al crecer nos dimos cuenta de que, en realidad, éramos más vulnerables al daño psicológico: que nos controlen, nos insulten, nos rechacen, o nos decepcionen» y acaso sea verdad; a mí me daban miedo ciertos animales, sobre todo los desconocidos; me daban miedo los truenos, si no había luz en casa; y sigo teniendo miedo, acaso rayano en fobia, a las alturas. Todos hemos sentido miedo alguna vez en nuestras vidas. Todos sin excepción hemos experimentado una sensación de escalofríos en algún momento de nuestra feliz y apacible existencia. Y es que cómo gozar del gozo si no hemos sufrido el sufrimiento.
Ahora que he crecido —biológicamente al menos— puedo comprobar las palabras de Beck: ya no temo a los animales extraños, me gusta mirarlos y sorprenderme con su forma; ya no temo a los relámpagos ni a quedarme a oscuras o solo en casa; continúo temiendo a las alturas, pero eso es, ya un miedo, además de irracional, patológico. Hoy día temo más al rechazo o a la decepción, a los insultos o a la violencia.
Al momento de leer Las ratas en las paredes de Lovecraft pude revivir la sensación angustiante que experimentaba cada vez que veía a uno de esos roedores cuando era pequeño. Pude revivir la sensación de la oscuridad en casa, de la falta de aliento, de los sudores, bueno, de lo que comúnmente se experimenta ante una situación siniestra o atemorizante. Cualquier persona que lea Las ratas, le desagraden éstas o no, no permanecerá inmutable después de leer algo como:
«Me acosté temprano, pues tenía mucho sueño, pero las más horribles pesadillas me impidieron descansar. Creía hallarme en un inmenso promontorio desde donde contemplaba una gruta a media luz, llena de suciedad, en la que un demoniaco porquerizo de barbas blancas arreaba con su bastón un rebaño de fungosos y enclenques animales cuyo aspecto me ocasionó una indecible repugnancia. Después, mientras el porquerizo hacía un alto en su tarea, una enorme manada de ratas llovió sobre el hediondo abismo y devoró tanto a los animales como al hombre»
Donde de inicio tenemos la necesidad, por parte del narrador, del descanso —dormir, como bien sabemos, es un proceso más que obligado para la salud física y mental, y al no lograrlo podemos imaginar las consecuencias—, el sueño, al lograr dormir el descanso fue nulo; la angustia dominó al protagonista y convirtió algo placentero y regular, en algo siniestro y desagradable. Cabe preguntarse ¿quién no ha sufrido alguna vez de una pesadilla? Mientras nuestro personaje se encuentra sumergido en el temeroso sueño nosotros ya, por disposición de Lovecraft, nos encontramos a su lado reviviendo ese temor por los lugares cerrados y oscuros, una gruta a media luz. Si la imagen es poca para poder describir el momento terrorífico que estamos a punto de vivir, Lovecraft añade suciedad; nuestro desprecio por la suciedad es, de alguna manera, evolutivo: sabemos que la suciedad es sinónimo de enfermedades o infecciones, y las infecciones, acaso no tratadas, de muerte, ¿quién quisiera estar enfermo o con una infección provocada por la suciedad? Luego tenemos frente a nosotros un anciano de barbas blancas, porquerizo, con animales enclenques que lo único que despiertan es repugnancia. No conforme con todo eso, Lovecraft remata con una bizarra escena donde una manada de ratas —la musofobia es una de las fobias más comunes— cae sobre el miserable porquerizo y sus animales para devorarlos. Podemos ver a los roedores alimentándose de tan despreciables seres. Y esto es sólo una parte del primer cuento de los ocho que componen Las ratas.
Beck también escribió que
«La mayoría de nuestros problemas interpersonales están relacionados con otros individuos que, sin ser necesariamente una amenaza para nuestra supervivencia, pueden hacernos un daño sicológico considerable. Sea cual fuere la forma de peligro o la naturaleza del dolor, recurrimos a las estrategias que utilizaron nuestros antepasados para sobrevivir y evitar el daño físico: luchar, huir o quedarnos congelados»
Y nosotros optamos por quedarnos congelados, cuando menos en el sueño.
En otro cuento de Lovecraft, “El modelo de Pickman”, que se encuentra también en Las ratas, puede leerse lo siguiente:
«Sería inútil que tratara de describirte aquellos cuadros, ya, que el espantoso, sacrílego horror, y la increíble hediondez moral se desprendían de unas simples pinceladas imposibles de traducir en palabras. No había en ellos la técnica exótica que se aprecia en Sindey Sime, ni los paisajes y la vegetación planetaria que Clark Ashton Smith utiliza para helar la sangre»
Esta parte es un claro ejemplo de que es innegable que la mayoría de veces que leemos, o vemos, mas no que vivimos, algo horroroso o de ‘hediondez moral’, nuestra atención o mirada no puede apartarse de aquello que nos causa repulsión; y esto acaso pueda explicarse por la sencilla razón de que nosotros somos simples espectadores que nunca estaremos en tales condiciones.
Lovecraft logró dotar a sus relatos, o cuentos, o novelas cortas como él las llama, de un aire ‘cósmico’, de un ambiente normal pero torcido, de un lenguaje común pero sorprendente. Lovecraft mismo explica en El horror sobrenatural en la literatura que «El alcance de lo espectral y macabro suele ser generalmente bastante limitado, ya que exige del lector cierto grado de imaginación y fantasía, una determinada capacidad de evasión de la vida cotidiana» Así es que cuando leemos a Lovecraft, queramos o no, concientes o no, evadimos en parte nuestra vida cotidiana, siempre y cuando gocemos de ese grado de imaginación y fantasía, y, por qué no, de reminiscencia.
En “Aire frío”, Lovecraft inicia el relato de la siguiente manera:
«¿Me piden que explique por qué le tengo miedo a las corrientes de aire; por qué me estremezco más que los otros al entrar en una estancia helada; y por qué siento verdaderas náuseas cuando en los días de otoño, me sorprende sin abrigo una tarde de frío? Hay quienes dicen que el frío produce en mí los mismos efectos que en otros el olor de la corrupción. No lo niego. Lo único que puedo hacer es relatar la más horrible aventura de mi vida y dejar que ustedes juzguen si ella no explica mi rareza»
Donde pasamos de simples espectadores a jueces, donde ya no somos los únicos con problemas o miedos irracionales, donde el motor principal es el horror al aire frío, donde el aire frío pasa a segundo término cuando nos percatamos de todo el trasfondo que existe con el protagonista y con el temor en sí; no es gratuito que Lovecraft escriba “Lo único que puedo hacer es relatar la más horrible aventura de mi vida”. El autor nos atrapa desde un inicio, nos preguntamos qué tan horrorosa tendrá que ser la vida del protagonista si le teme al aire frío. Qué tan horrorosa es mi vida para temer a lo que temo.
Lovecraft, igualmente en El horror, indica que «El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el tipo de miedo más viejo y poderoso es el temor a lo desconocido», palabras que pueden verse un poco más explicadas en Lo siniestro, obra de Freud, donde el padre del psicoanálisis aclara que «Lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido o familiar. Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e insólito es por ello espantoso […] Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas: de ningún modo lo son todas. Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para convertirlo en siniestro»
Lovecraft logró, reitero, agregar ese algo a lo nuevo y desacostumbrado de nuestras vidas en sus relatos para convertirlos en algo siniestro y horroroso. El miedo, al final de las cosas, es el compañero más fiel.
