Pável Granados
Manuel Esperón no llegó a festejar sus cien años. Murió unos días antes. Estuvo a punto de ver los festejos que se harían a su alrededor. Fue el autor que construyó el principal repertorio de la música ranchera, el equivalente sonoro de la mirada de Gabriel Figueroa. Éste es un pequeño retrato.
Hace unos diez o quince años, aún se podía ver a los pioneros de la radio en México. Mario Ruiz Armengol, por ejemplo, iba todos los días a la XEW de la calle de Ayuntamiento, en donde tenía un estudio con un piano de cola. Ahí le permitían trabajar en sus composiciones. Manolita Arriola, cantante de música ranchera, de la misma época que Luchar Reyes, iba diariamente al café San José de Ayuntamiento y Moya, a recordar sus tiempos de la radio. Ahí mismo desayunaban los músicos de Pérez Prado, de Rafael de Paz, los que habían estado en las grabaciones clásicas de los años treinta. Amparo Montes todavía tenía su cueva y la acompañaba maravillosamente Juan Bruno Tarraza en sus actuaciones. Esmeralda “la versátil”, Chelo Flores, Lydia Fernández, Lupita Alday, Lupita Palomera, las voces de los años treinta y cuarenta. Y don Jesús Elizarrarás, con más de 90 años, tenía su programa en Radio Educación, todos los sábados, a las 2 de la tarde. Invitaba a platicar a todos sus amigos, Amalia Mendoza “La Tariácuri”; el maestro Cervantes que escribió la letra de “Cien años”; Carlos Amador, locutor antes de ser el empresario de los cines; y Manuel Esperón, con su infaltable boina y toda su generosidad; amigo de don Jesús desde hacía más de 60 años.
Yo acompañaba a don Jesús, mi gran amigo, todos los sábados. Ahí conocí a Manuel Esperón y a su esposa Beatriz. Recuerdo que me dijo que no le gustaba la voz de Lucha Reyes, y que, en cambio, la mejor cantante de música mexicana había sido Lola Beltrán. Yo, que entonces como ahora, tenía una absoluta admiración por Maruca Pérez, le pregunté por ella. Maruca: una tanguista jorobada de los años veinte, pequeñita, que murió a los 30 años y sólo dejó grabadas cuatro canciones. En su vida breve, fue ella la que descubrió a Agustín Lara, la que un día de febrero de 1929 cantó, en El Retiro, un café frente al toreo de la Condesa, un bolero de Agustín Lara. “Yo la acompañé al piano”, me dijo Manuel Esperón. “En los años en que trabajaba como pianista en los cines mudos. Maruca Pérez era una de las grandes voces de entonces. Era 1929… Me es inolvidable su gran vibrato.” Sus recuerdos venían de aquellos cines en los que se proyectaban películas mudas, acompañadas por pianistas como Esperón o Agustín Lara, y en los intermedios cantaban varios de los artistas de entonces.
Épocas del cine Rialto, del Alcázar, del Mundial, cuando a Manuel Esperón le pagaban ocho pesos por acompañar a Juan Arvizu, el tenor de la voz de seda, cantando “Pierrot” antes de iniciar la proyección. Cuando tomaba clases con su primo, el legendario Tata Nacho, el compositor de la gran melena, que sólo tenía un diente, y que había viajado con José Juan Tablada a París. También como pianista, Esperón viajó a Sudamérica en una gira. Justo en Costa Rica asistió a ver la primera película sonora, The Jazz Singer, con Al Jolson. Ese día, decidió que ése iba a ser su futuro: “Yo quiero pertenecer a esta industria”. Esa oportunidad le llegó cuando le encargaron la musicalización de La mujer del puerto, en 1933: Andrea Palma se pasea por las calles mientras que la voz de Lina Boytler canta: “Vendo placer a los hombres que vienen del mar”, con tal persuasión que, el día del estreno, se tuvo que detener la cinta para repetir la canción. Luego vino su boda con la cantante Emi del Río, a quien Esperón acompañó en algunas grabaciones de 1935. No fue un buen matrimonio: se cuenta que en una ocasión, Emi puso en el jardín todas las partituras de Esperón y les prendió fuego…
No nada más fue el gran musicalizador del cine mexicano. De alguna manera fue el director musical de grandes voces, el que se encargó de batallar contra los grandes egos de Jorge Negrete y Pedro Infante. Los domó a tal grado que, en una ocasión, aceptó estar en el teatro con ambos ídolos. Pedro y Jorge se dedicaron a confrontarse, olvidando las letras y la melodía. Detrás del telón, Esperón les dijo: “Si se vuelven a equivocar, aviento la batuta al suelo y me salgo del teatro”. Los dos volvieron al escenario, transformados, apenados con Esperón.
Fue nada menos que la persona que hizo que Negrete aceptara cantar música mexicana. Pues cuando le había mostrado “Ay, Jalisco, no te rajes”, el actor arrugó la partitura y la aventó al bote de basura. A pesar de que lo habían abucheado en el teatro cuando intentó cantar una selección de arias de Verdi se negaba a cantar música mexicana. Pedro, por su parte, quería imitar la gran voz de Jorge, hasta que Esperón le dijo: “Mira, tú no tienes voz para llevar serenata a una novia que viva en el cuarto piso, como Jorge. Tu voz está hecha para cantar al oído de las mujeres”. No nada más ellos dos, sino que muchos otros artistas de cine tienen su rúbrica gracias a él: a Sara García se le recuerda con un nudo en la garganta cuando se canta “Mi cariñito”; a Tito Guízar, con “A la orilla del mar”; Miguel Aceves Mejía, que popularizó “No volveré” por su cuenta porque a un director no le gustó esta canción y decidió cortar la escena; y a Elsa Aguirre, la musa del compositor, a la que le dedicó “Flor de azálea”. Pero sobre todo, es el musicalizador de la escena más famosa de nuestro cine: Pepe el Toro cantándole a La Chorreada “Amorcito corazón”. Pedro de Urdimalas le dio a Esperón la letra de la canción, él la trabajó toda la noche, pero al otro día extravió la partitura: tuvo que improvisar la música sobre la marcha.
¿Quién me contó, quién?, no lo recuerdo… que hace poco tiempo, alguien rescató un piano que había pertenecido a un cine antiguo, en el que Esperón había tocado hace ochenta años. Al piano lo restauraron, lo afinaron y se lo mostraron al compositor. Se sentó, acarició las teclas, se acordó de la época del cine mudo, y lo tocó con lágrimas en los ojos. Así, Esperón se reencontró al final de su vida con el joven que cobraba ocho pesos por acompañar a las olvidadas voces de los años veinte.
