Juan José Reyes

Desde hace siglos la Ciudad de México es el corazón de la vida nacional. Lo es desde antes de que los mexicanos se llamaran así, en las tres centurias de la Colonia, y no ha dejado de serlo luego de la Independencia. La Plaza Mayor asombró a Cortés y la urbe entera deslumbró a Humboldt y a Maximiliano. Poco después del pasado medio siglo el novelista Carlos Fuentes pudo recuperar el hallazgo emblemático de Humboldt y tituló a su obra más célebre, mosaico vivo de la metrópoli, La región más transparente. No faltaba mucho para que aquel mundo de imágenes comenzara a desdibujarse. Aún en los años sesenta la ciudad conservaba un aire más bien calmo y alegre, mientras asomaban ya los signos de su desastre. Como todas las grandes urbes había quedado ya a merced bajo el imperio del automóvil, y, del modo en que ocurrió en otras megalópolis de los países llamados entonces en vías de desarrollo, se convirtió en asiento de una imparable oleada de millares de exiliados del campo. Si desde tiempos del presidente Alemán pudo proyectarse una Ciudad Satélite, que tomó su forma en un principio espléndida durante aquellos sesenta, pronto la realidad vendría a poner en tierra toda ilusión: los alrededores del “satélite” se atestaron de casas y casuchas de todo tipo, el transporte se tornó en cosa casi imposible, los cielos se cubrieron de una espesa nata amarillosa. Lo mismo ocurriría por los cuatro puntos cardinales. La emergencia de la Ciudad Nezahualcóyotl vino a despejar toda duda acerca de la debacle que había venido a instalarse en el viejo corazón urbano. Años más tarde, inclusive, los ricos también habrían de ver tocados sus paisajes: el sur, que además de opulento en lujos se dio baños de cultura al día merced al establecimiento de la Ciudad Universitaria, y el poniente, donde las Lomas de Chapultepec convivían en paz dorada con su vecino pobre y pintoresco (Cuajimalpa), terminarían también rodeados de asentamientos pobres y de nuevos fraccionamientos que harían cada día más tortuoso el tránsito de los últimos modelos.

Junto a su crecimiento monstruoso (por la dimensión y el descontrol), la ciudad vio nacer y desarrollarse nuevos y grandes problemas. Fue diluyéndose la posibilidad de la convivencia, al hacerse más lentos y morosos los traslados. El propio Metro, dispuesto hace ya más de cuatro décadas, suma a su utilidad indudable la tristeza común de los viajeros, adormilados, presurosos, precavidos, atentos sobre todo a descubrir un hueco por el cual puedan filtrarse hasta la puerta de salida de vagones repletos a los que suele no faltarles el estrépito de vendedores de aparatos que reproducen una música más golpeadora que pegajosa.

Desaparecieron elementos esenciales de la vida ciudadana. Entre ellos, y en ningún sentido secundariamente, la práctica de la conversación (primero alterada por el teléfono y luego por formas más actuales robustecidas por el resquebrajamiento del lenguaje oral y escrito), los paseos a pie en las calles y avenidas, el juego callejero.

En los días que corren convendrá recordar cómo era la ciudad hace no mucho tiempo. Cómo era y, sobre todo, cómo se vivía. La más reciente generación se acercará, si llega a hacerlo, a la Nueva grandeza mexicana de Salvador Novo con una mirada azorada o indiferente, acaso. El libro de Novo apareció hace precisamente 65 años y es de veras poco lo que sobrevive de sus registros. Pensemos y enumeremos en desorden y parcialmente lo que aparecía ante la mirada del prosista singular: agentes de tránsito vestidos “beige y de café” que entonces ya se llamaban, no sin cierto afecto, “tamarindos”; salas de cine amplias con nombres únicos y poderosos, como “Cosmos” o “Palacio Chino”; merenderos en abundancia y cafés de chinos nutridos de parejas de novios o de amigos que buscaban en la plática olvidar un rato las horas de trabajo; cantinas que con toda normalidad recibían a hombres y mujeres, fuera de la moda y de afanes ligadores; mercados en las colonias donde brillaban las frutas y verduras ofrecidas a buen precio; edificios coloniales que conservaban su sobria majestad en un centro citadino aún no desprovisto del bullicio universitario y no adjetivado como “histórico”.

En la extensa crónica de Novo hay desde luego historia, mucha historia, erudición de sobra, pero sobre todo brilla en ella la vida. La Ciudad de México posee una larga existencia y cada uno de sus rincones y de sus centros ha de ser fuente de recuerdos. Claramente, me apresuro a advertirlo, no es cosa sólo del pasado. Algo pervive, aunque sea pálidamente o en sombras y luces proporcionadas por la más reciente modernidad. Ha sido la metrópoli, en efecto, escenario y motor de afanes reiterados de modernización. Tales empeños, unos más fuertes que otros, la han dotado de un sinnúmero de rostros. Como señaló hace ya alrededor de cuarenta años Carlos Fuentes en Tiempo mexicano —colección de ensayos que conviene revisar— las edades se superponen en la ciudad “magnífica” (así la calificó el poeta Efraín Huerta en verso inolvidable), y parecen estallar en cada instante único, condensada eternidad, irrepetible y tal vez enceguecedora.

La crónica de Salvador Novo manifiesta de forma completamente natural aquella superposición, aquella elipse, el remolino de los tiempos. Es una crónica por donde circula el tiempo desde luego, y circula —lo más importante— el aire, aquel aire transparente todavía hacia la mitad del siglo anterior. Nada se le esconde a Novo: cada edificio, todo barrio, las modas, los usos, los sitios, los espectáculos, el pasado y los proyectos. Todo es presente, diría más tarde Carlos Fuentes. ¿Pero puede vivirse en aquel presente perpetuamente reinventado sin tener en mente, sin tener presente lo pasado? Los chilangos sabemos que no, como lo saben los moradores de otras grandes ciudades del mundo (piénsese en París, en Madrid, donde los ciudadanos se mantienen en perenne alerta ante las asechanzas del progreso, de ese futuro que amenaza con destruir no sólo lo que miramos y respiramos sino lo intangible: la memoria. La crónica de Novo aparece de este modo ante el lector actual como un motor bien engrasado y bien provisto de energía cuyo impulso tiene una primera orientación: la nostalgia.

Habrá que hacerse cargo del descrédito en que ha caído el espíritu nostálgico. No suena a búsqueda de cosas viejas sino a antigualla, cosa inútil, inservible, estéril. Y por si faltara, y como advertía con buen ojo para no variar el poeta Ramón López Velarde, parece tener un cierto sabor reaccionario. Como si el nostálgico fuera en contra del progreso, aquella deidad que gobierna buena parte del mundo desde el siglo xviii. Habrá que precisar, entonces. El nostálgico de la Ciudad de México de apenas hace unas cuantas décadas no tiene más que desplegar mínimamente su memoria para sentir un aire de extrañeza ante tanta ausencia. ¿Es tanto lo que hemos perdido? ¿Es tanto lo que hemos derruido por ignorancia, incuria, corrupción? Perdimos, por ejemplo, la oportunidad de convivir con normalidad, de caminar la ciudad con elemental soltura, de asistir al cine sin vernos asediados por las tentaciones de tiendas grandes y pequeñas sitas en inmensos centros comerciales, de ver con más confianza que temor a un uniformado dispuesto a hacer más ágil nuestro tránsito. Y perdimos gran parte de nuestras construcciones (desde el siglo xix, cuando los liberales —progresistas convencidos— la emprendieron contra el clero y cercenaron o suprimieron grandes edificios y solares). Perdimos la luz del aire, aquélla que pintó Velasco, y perdimos el aire limpio y la ilusión de cruzar la ciudad sin tropiezos. Todo eso que perdimos nos lo devuelve aunque sea un poco la gran prosa de Novo en su Nueva grandeza mexicana, ya sesentona. Y no deja de ser notable cómo Novo mantenía intacto su optimismo. México entero era entonces un país distinto al actual. Un país con memoria viva, y no desvaída ante las ofertas del espectáculo desechable, del escándalo diario. La de Novo fue la capital de un país orgulloso de sus pasados, sin duda. Y aquel orgullo todos los días y de mil formas salía a las calles, se ponía al sol y deambulaba más bien alegre por las noches.