Vicente Francisco Torres

Terminaron las vacaciones. Alumnos de primaria y secundaria vuelven a levantarse temprano. La UNAM camina de nuevo y esta semana lo hará la UAM. Comienzo mi colaboración con estas líneas por la sencilla razón de que durante cuatro semanas el título de la más conocida obra de Xavier de Maistre, Viaje alrededor de mi cuarto (1794) me acompañó de día y de noche. Estuve en Guanajuato y ninguno de mis amigos se aventuró a manejar a Zacatecas. Pensé ir al mar de Veracruz, a un pueblo de pescadores en donde tengo conocidos pero francamente me dio miedo. El año pasado advertí mucha agitación y me di cuenta de que hasta el que vende discos piratas en el tianguis tiene que pagar cuota. Luego vino el bombazo en el acuario del puerto y así por el estilo… Lo terrible del caso es que el temor no sólo ha sido mío; escuché los mismos comentarios entre varios colegas. De los desempleados ni hablar; ellos no tenían miedo sino angustia por no saber cómo iban a mandar a sus hijos a la escuela, con qué uniformes, con qué útiles, con qué zapatos, con qué bolillo en la barriga.

Si este estado anímico priva entre mexicanos con preparación universitaria, cómo pueden decir los funcionarios que la violencia no ha afectado al turismo. La secretaria del ramo, como parece que su trabajo no tiene sentido, se dedica a firmar papeles para impedir abusos contra los niños.

¿Quién en su sano juicio puede decir que la violencia exacerbada es signo de que los criminales están mermados? Es tan demencial como asegurar que habrá muy buenas cosechas porque los campos están inundados, o que los niños están sanos y fuertes porque no han comido…

Pues bien, si el oficial Xavier de Maistre tuvo que soportar una reclusión de 42 días a resultas de un pleito, muchas personas decidieron estarse en su casa para no arriesgar el pellejo. De Maistre tuvo la genial ocurrencia de inventarse un viaje alrededor de su cuarto rectangular y nos comunicó sus reflexiones sobre la lucha entre la parte carnal y la espiritual de los seres humanos, acerca de la superioridad de la pintura sobre las otras artes (al fin que él era pintor); nos habló de su criado y de su perra (el único ser vivo que lo quiso ayer y lo quiere ahora), analizó los cuadros que adornaban las paredes, elogió la comodidad de su lecho y su escribanía, bien provista de tintas, plumas y papeles diversos, ensalzó los libros de los autores que lo acompañaban (Homero, Virgilio y, muy señaladamente, El paraíso perdido, de Milton). En fin… Montaigne y Proust reflexionan deliciosamente sobre sus personas, su entorno y la condición humana, pero sólo a este francés, que fue a radicar a Rusia, se le ocurrió que el encierro podía convertirse en un viaje que, además, no costaba nada y no exponía al viajero a los peligros. Este viaje que tiene sus portulanos en los objetos, también muestra inmersiones en los recuerdos y en las ideas, mismas que lo llevan a concluir: “País encantador de la imaginación, que el Ser bienhechor por excelencia ha otorgado a los hombres para consolarlos de la realidad”.

Como ninguna obra perdurable puede agotarse en algunas líneas, no debemos olvidar que Viaje alrededor de mi cuarto es un antecedente de “El Aleph” y una parodia de los libros de viaje, tan de moda en aquel tiempo. De Maistre se atrevió a escribir que su periplo no era inferior a los del capitán James Cook quien, como es del dominio público, fue explorador colonialista, cartógrafo y realizó un célebre viaje alrededor del mundo entre 1772 y 1775.

Así que debemos agradecer a de Maistre por habernos invitado a un viaje entre la jungla de los libros y, quienes lo acompañamos, salimos ilesos de la aventura.