Patricia Suárez

Para empezar, no olvide que su objetivo principal es el acercamiento a Dios. Una vez que esté seguro de que desea hacer esto, siga el camino y no se desvíe aunque las tentaciones sean constantes.

Olvide su educación religiosa, sea del tipo que sea. No se predisponga a ver a ese Dios específico que le han platicado. Abra sus sentidos, todos.

Renuncie a su empleo, si lo tiene, pues desde ahora cualquier distracción sólo lo hará perder tiempo valioso.
Corte comunicación con sus amigos, familiares y, sobre todo, con su pareja. En caso de que no la tenga y sea esa la razón por la que necesita refugiarse en los brazos de Dios, piénselo bien: la decepción no dura lo suficiente. Seguramente se olvidará de Él cuando vuelva a enamorarse.

A propósito, el celibato no es opcional. Deberá mantenerse puro e inmaculado.

Evite a toda costa el ruido: el silencio es el umbral entre esta dimensión y otras que no podemos ver pero que existen.
Aléjese de la ciudad: las zonas urbanas no permiten el desarrollo espiritual. Recuerde que los santos (quienes con mayor frecuencia tuvieron este tipo de revelaciones) no vivieron entre edificios ni avenidas repletas de automóviles. Vaya a vivir a un lugar que le permita estar en contacto con la naturaleza. Construya una choza cuya entrada se dirija al oriente para que reciba el sol cada mañana y su iluminación comience desde la puerta. No lleve nada que le dé comodidades porque la austeridad es fundamental para llegar a Dios.

Coma apenas lo necesario pero beba mucho alcohol: embriagarse ayudará a que su experiencia sea más auténtica, aunque no más verosímil. De cualquier modo, recuerde que la manifestación de Dios que usted experimentará será suya, única. Ya estará de Él si los demás le creen o no.

Crea en un maestro. Debe ser alguien que ya no esté en el mundo de los vivos; por ejemplo, un poeta al que usted admire y en quien pueda confiar para que le explique, con metáforas por supuesto, la naturaleza de lo que está próximo a vivir. Este guía también tendrá la misión de confortarlo a usted con su fastuoso lenguaje. No elija un poeta que también haya sido filósofo porque podría confundirlo en lugar de ayudarlo.

Lea con fervor a Spinoza, a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz, pero lea más apasionadamente a Nietzsche, Sartre y Kundera. Le llevará mucho tiempo, sí, pero cuando haya terminado sus lecturas, ya habrá sentido la presencia de Dios en usted.

De no ser así, siéntese en el piso con la cabeza entre las piernas; concéntrese e imagine una pequeña barca en medio del mar. No se vea usted dentro de ella, sino sienta que es ella. Sienta cómo la mueven las olas sin que pueda resistirse. Déjese llevar por el vaivén. Relájese… Ahora visualice que usted es el mar y que mueve la barca a su antojo. Diga: “La barca va a donde yo quiero”. Repítalo tres veces. Experimente el poder. Respire profundo y recuéstese boca arriba. Quizá se quede dormido.
Si esto no funciona, olvídelo: usted no ha sido elegido para tener ningún vínculo con el creador.