Camino a la candidatura presidencial

Por Raúl Rodríguez Cortés

La suspensión, la semana pasada, de las elecciones internas del PRD en cuatro estados y el Distrito Federal es expresión, ciertamente, de un enfrentamiento político entre Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard en busca de la candidatura presidencial, disputa que, por cierto, es democráticamente válida como son también las ocurren al interior del PAN y del PRI.

Pero que la suspensión y posible reposición el domingo 30 de septiembre haya sido consecuencia de acusaciones de maniobras ilegales para ganar posiciones en el Congreso Nacional y los consejos nacional y estatales, es resultado de una descomposición atizada por la histórica pugna de las corrientes internas que hoy representan a los diversos partidos y grupos de la amplia gama de la izquierda que se unificaron el 5 de mayo de 1989 para constituir el PRD. Que procesen esas diferencias es, también, democráticamente válido, aunque la rijosidad proverbial de muchas de esas tribus (explicable en todo caso por las luchas sociales y políticas de las que provienen) no es del agrado del ciudadano medio, de la buscada clientela electoral.

La pregunta es, entonces, ¿qué llevó a la descomposición?

Y sin menoscabo de las naturales tensiones internas de toda organización política, la respuesta debe buscarse en el proceso electoral de 2006, sus resultados y sus consecuencias.

López Obrador, no se olvide, había llevado al partido, durante su liderazgo nacional (1996-1999), a la consecución de los mejores resultados de su historia; y como jefe de Gobierno del Distrito Federal (2000-2005) tomó tal impulso hacia Los Pinos que su triunfo electoral parecía irreversible.

Pero más allá de los errores por él cometidos o de los aciertos de su principal contrincante político, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dictaminó que el PRD y su candidato perdieron la elección presidencial de 2006 por una diferencia de 0.56% de los votos, sin dejar de reconocer que en el proceso se violó la ley, pero nada más tantito, no lo suficiente como para cancelarla.

Por acuerdo de sus órganos de dirección y de su militancia, el PRD asumió que hubo fraude electoral, que le robaron la elección y que no reconocía el gobierno de Felipe Calderón. Pero a partir de ese momento hubo quienes empezaron a empujar (acaso cooptados, comprados o quizás convencidos) hacia el acercamiento, primero, y el diálogo político, después, con el panismo en el poder. Dentro de ellos estaba, notablemente, el grupo de Nueva Izquierda, encabezado por Jesús Ortega y Jesús Zambrano, los Chuchos, quienes, en esa línea, buscaron tomar el control de los órganos de gobierno del partido, con el apoyo velado de Los Pinos.

Ortega contendió por la presidencia nacional del PRD contra Alejandro Encinas, más cercano al grupo de Izquierda Democrática Nacional, a López Obrador y a quienes desconocían y aún desconocen el actual gobierno.

Aquella elección del 23 de marzo de 2008, llena de maniobras turbias de los equipos de ambos contendientes, la ganó Encinas según el órgano electoral perredista, pero la impugnó Ortega ante el tribunal electoral, y éste resolvió finalmente a favor de Ortega y los Chuchos, quienes desde entonces mantienen el control de los órganos de gobierno del PRD, ahora con Zambrano a la cabeza.

La “bola envenenada” en que se convirtió aquella resolución jurisdiccional dividió el partido y la fractura se profundizó con otra lanzada por el mismo tribunal electoral que les ordenó reponer la elección de delegados a su congreso nacional y consejeros, en la de por sí contrapunteada coyuntura de la inminente definición del candidato presidencial de ese partido.

Como en política lo que parece es, la actual descomposición del PRD pasa entonces necesariamente por las maniobras de Calderón de legitimar lo que no obtuvo en las urnas y de destruir, de una vez por todas, la opción de cambio que aún sostienen el hombre y el movimiento que no se la reconoce.

 

rrodriguezbalcon@hotmail.com

Twitter @RaulRodriguezC