Javier Munguía
Libros como éste me confirman que para ser un gran escritor no es necesario ser un renovador de las formas literarias. La opinión contraria es un mito quizá muy extendido entre los jóvenes escritores. Han existido grandes creadores (Faulkner, Vargas Llosa, Cortázar o Donoso, por citar algunos) que con sus innovaciones han revolucionado la manera de entender la literatura. Sin embargo, estos autores han sido antes que nada consumados contadores de historias. Aportes como el monólogo interior, en cuyo uso fueron pioneros James Joyce y Virginia Woolf, sin duda han enriquecido la narrativa de ficción. A pesar de ello, los novelistas del siglo XX no fueron mejores que los del XIX; las más arriesgadas aventuras literarias contemporáneas no han quitado vigencia a la sabiduría narrativa de Las mil y una noches, por ejemplo, o de otras historias transmitidas en un principio a través de la oralidad.
A juzgar por El caso Kurílov, Irène Némirovsky es una gran escritora. Nació en la ciudad ucraniana de Kiev en 1903, en el seno de una familia judía, y murió junto a su marido en un campo de concentración de Auschwitz en 1942. Dejó al resguardo de sus hijas una maleta con sus manuscritos, que ellas buscaron publicar muchos años después de la muerte de su madre. Entre esos manuscritos está la novela Suite francesa, quizá su obra más conocida, publicada por primera vez en 2004, ganadora de diversos galardones y muy exitosa también en cuanto a ventas.
Escrita en 1933, en plena efervescencia de la experimentación formal (Joyce había publicado en 1922 Ulises; Virginia Woolf, La señora Dalloway en 1925; y Faulkner, El ruido y la furia en 1929), la novela que ahora me ocupa no tiene entre sus designios experimentar con el lenguaje ni desvelar nuevas estructuras narrativas. Sin embargo, hay en ella un gran talento para contar una historia sin perder la atención del lector; además, en ella laten con toda su fuerza las contradicciones del ser humano, sus cegueras y fanatismos.
El libro arranca con dos breves apartados, ambos narrados en tercera persona, que funcionan como introducción. El primero narra el encuentro entre el protagonista, León M., y un expolicía que se ocupaba de la seguridad del zar. Ambos hombres son viejos jubilados; han pasado muchos años de cuando se conocieron. El expolicía pregunta a León M. sobre su participación en el caso Kurílov y respecto de su verdadero nombre, que nunca salió a la luz. El interrogado prefiere no hablar y apenas puede, pone fin a la entrevista. El segundo apartado da noticia de la muerte de León M. y consigna también que el fallecido dejó una carpeta de cuero llena de hojas mecanografiadas bajo el título Caso Kurílov.
El resto del libro está conformado por capítulos numerados que corresponden a la autobiografía de León M., quien centra su relato sobre todo en revelar su participación en el mencionado caso. No excluye el narrador algunos apuntes de su infancia. Tampoco las consecuencias que trajo a su vida su implicación en el caso. La estructura de esta autobiografía ficticia tiene mucha semejanza con la que utiliza García Márquez en algunos de sus libros, como Crónica de una muerte anunciada: el hecho central se cuenta de manera lineal, pero está salpicado de prospecciones y retrospecciones (saltos al futuro y al pasado) a través de los cuales se nos relatan los antecedentes y las consecuencias de ese hecho. Por medio de esta técnica, modesta en apariencia, nada vistosa, el lector se ahorra una larga introducción antes de entrar en materia y se evita seguir leyendo luego de que el clímax quedó muy atrás. Esta técnica, pues, no tiene el propósito de impresionar al lector con su dificultad u originalidad, sino de contar con mayor eficiencia e interés una historia.
Hijo de dos terroristas revolucionarios rusos muertos prematuramente, el narrador acepta sin chistar seguir los pasos de sus padres. En 1903, su partido le hace una encomienda de gran importancia: asesinar a Valerian Alexándrovich Kurílov, ministro de instrucción del zar. Haciéndose pasar por un médico de nombre Marcel Legrand, el narrador entra al servicio de Kurílov, en cuya casa pasará varios meses antes de recibir instrucciones de sus superiores. Este acercamiento al gran enemigo de los revolucionarios hace que las convicciones del presunto Legrand se tambaleen. ¿Acaso no es Kurílov un viejo enfermo y vulnerable, acosado por las intrigas de quienes aspiran a ocupar su lugar? ¿Acaso no es conmovedor el amor que su esposa siente por Kurílov? ¿No hacen gala de crueldad también los revolucionarios compañeros del narrador? ¿No combaten la violencia con mayor violencia? ¿El mismo narrador no se convertiría en otro Kurílov de estar en su posición?
Respecto de este último punto se revela lo significativa que resulta la técnica de las prospecciones y retrospecciones. El supuesto Legrand se adelanta en el tiempo y nos hace saber que, cuando la Revolución rusa ganó y él pasó a ocupar un cargo de importancia en el nuevo gobierno, tampoco se tentó el corazón para ejecutar a sus opositores. ¿Qué lo distancia de Kurílov, entonces? La experiencia de entrar al servicio de Kurílov da un vuelco a las ideas del narrador. Ello no evita que más adelante se convierta en lo mismo que combatía, pero sí que cobre mayor conciencia de las debilidades humanas y del absurdo que en ocasiones es motor de sus actos.
La maestría de su ejecución y la pertinencia de sus postulados, válidos para cualquier época, hacen de El caso Kurílov una de esas novelas que merecen un lugar privilegiado en nuestras bibliotecas, ya que nos dan, sin grandes aspavientos, una lección en el arte del buen contar y además nos recuerdan las taras a las que somos propensos, sin importar nuestra raza, sexo o edad.
Irène Némirovsky, El caso Kurílov. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Salamandra, Barcelona, 155 pp.
