Por Jorge Carrillo Olea
Como modus operandi, Enrique Peña Nieto decidió no transparentar los rasgos fundamentales de su ser político y sobre todo un ser político en la situación que él mismo creó desde hace años. Si bien ha sido espectacular su irrupción en el escenario nacional donde hace pocos años era desconocido, sus discursos como gobernador poco traslucen de su esencia, en una colaboración como invitado de un diario de gran circulación nada dijo y al momento decidió por fin hacer públicas sus aspiraciones, otra vez sin externar nada sustantivo. En vez de hacer algún acto público, que hubiera sido muy bien recibido, cubierto por todos los medios, él prefirió, una vez más privilegiar a Televisa para en ese controvertido medio hacer el anuncio.
El sabrá por qué. No fue un acto de torpeza, en él todo es premeditado y corresponden sus actos a los de un hombre perspicaz. Quienes lo circundan y quienes lo han tratado encuentran en él una persona de clara inteligencia, agudo, de penetrante perspicacia. Se le califica de muy hábil e instintivo para manejar dilemas políticos. Atento, de finos modales, suave en las formas, sugestivo, dispuesto a las ideas ajenas, buen escucha y reservado en externar las propias. Siempre comunica la impresión de estar siendo atraído por su interlocutor y su tema.
Peña Nieto parece no disponer de un bagaje teórico cultural importante, no más allá de su licenciatura en derecho, con su tesis El presidencialismo mexicano y Alvaro Obregón, su corta experiencia y su filiación religiosa al Opus Dei, y sí estar definido por rasgos del mundo en que se desarrolló. Alguien lo describió como “muy toluqueño”. Esto es, carente de mundo.
Igual impresión tienen quienes lo han visto actuar en Washington o Nueva York, grato, preceptivo pero ligero. Crea una placentera y atractiva impresión pero sin un fondo consistente para quien quiere gobernar uno de los países más grandes del mundo, con mayor población, economía y variedad de recursos.
No está claro el origen de su inclinación ideológica. Quienes la atribuyen a Carlos Hank se equivocan, las edades no cuadran. De Arturo Montiel nada pudo haber asimilado en términos de sabiduría en ideología política, su ex jefe no es fuente de ello. Tampoco queda claro qué se pudiera derivar de los personajes cercanos o que se dicen cercanos a él. Los más reflejan solamente al pasado y las nuevas generaciones, a las que él pertenece en el límite superior, pronto harán notar lo que ya les inquieta. Ejemplificativo sería el caso de Francisco Rojas, de 67 años quien hace 30 era ya secretario de Estado. De esta manera los jóvenes que rayan los 40 se preguntan cuánto más habrá que esperar.
El tema de la integridad, si es que ésta existe en la política —muchos aseguran que no—, sería otro enfoque para intuirlo. A pesar de la lamentable ovación con que su público recibió a Montiel no pueden olvidarse sus tremendas corrupciones y cómo Peña Nieto lo protegió e hizo impune. Tampoco puede pasarse por alto que él, al más puro estilo del pasado eligió a un lodero, Humberto Moreira, como presidente de su partido, del que pronto se hicieron públicos los grandes desaseos que heredó a su hermano en Coahuila. Sus adeudos con Televisa y Tv Azteca también tendrán el costo monetario y en prebendas que se presentarán como factura exigible. De esta manera este delicado tema se vuelve una incógnita más para descifrar al personaje.
Sorprenden estas formas del cuasi candidato, y aunque siendo él muy dueño de hacer lo que le parezca, sería útil pensar hasta dónde estirar la liga de lo borroso o indeterminado, para no llegar al riesgo de convertirlo en hablillas destructoras que sustituyan a la información, como es lógico.
… Suspensivos: hasta hace doce años, Veracruz fue todo un país. Ordenado, de enormes bellezas, culto, rico, productivo, ejemplar. Todo eso quedó muy atrás. Hoy en su peor momento lo desgobierna un impúdico aspirante a fuhrer.
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