Vicente Francisco Torres
Javier García-Galiano, como todo escritor verdadero, tiene sus obsesiones y sus temas. En Especulaciones cabalísticas (Mondadori, 2011) reaparecen dos: su interés por los deportes y el gusto por los escenarios remotos, de nombres exóticos que, en consecuencia, tienen resonancias que evocan el misterio.
En su más reciente libro de relatos, el inicial y el final funcionan como una especie de envoltura. El primero es el monólogo de un árbitro de futbol en donde el personaje expresa su ridícula creencia de que él es el más importante en todo encuentro porque, sin él no hay orden ni partido posibles. El tema se lleva a la hipérbole al final del volumen en donde leemos algunos informes que los silbantes rinden como constancia de cada partido arbitrado: todos dan cuenta de los insultos que recibieron antes, al final o durante la jornada, pero lo curioso es que consignan mentadas de madre, amenazas y demás linduras con el lenguaje más patéticamente solemne.
El corazón de Especulaciones cabalísticas lo forman relatos ubicados en remotas geografías: Katmandú, Srinagar, Naas, Karakorum, cuyos personajes ostentan nombres de rara sonoridad: Olsen, Gaetano Carlesso, Igor Sorkin, Dario Naldi. Esto arroja mezclas como la del ucraniano Semion Kasaiev narrando, narguilé en mano, desde un salón de té de Islamabad. Hay incluso textos que combinan el exotismo con los deportes, tal como se aprecia en “Rabbit punch” y “Munich 1972”; el primero tiene boxeadores como protagonistas y el segundo a un abigarrado conjunto de deportistas olímpicos. Por cierto, Javier vuelve a hacer guiños a las “literaturas populares”. En “Munich 1972” utiliza los recursos del relato policial y en “El hombre de Pekín” se acerca al relato de ficción científica.
La observación precedente permite advertir que García-Galiano tiene otro logro en este volumen y que, a mí, me parece el mayor: ha conseguido ambientaciones excelentes, típicas de la novela negra. La primera está en el mundillo de los boxeadores.
La segunda, para mi gusto la mejor, está en los hipódromos: “Gordon Taylor nunca trató de recordar aquel día de su infancia en el cual probó el tabaco por primera vez, pero había ocurrido en el hipódromo de Naas, una tarde lluviosa de sábado, cuando recogió una colilla encendida que había tirado su padre luego de perder el resto de su jornal en apuestas aciagas, con lo cual se cumplía un rito semanal. Sin embargo, se preciaba de ese tiempo en el que reconocía cada caballo por el sonido de su galope”.
