(Primera de dos partes)
Ricardo Muñoz Munguía
En los años sesenta se produjo un importante auge de la cultura nacional de enorme calibre, diversas obras entre literatura, cine, obras de teatro…, marcaban el valor en que andaban las letras mexicanas, que recién habían cobrado su germinación a nuevas obras de gran importancia y, por otro lado, se afianzaron otras que sin duda son obras cumbre. En el corazón de esta década, también, se da el nacimiento de Juan Antonio Rosado (1964), autor que entrega en esta nueva versión de Juego y Revolución, corregida y aumentada, y que por subtítulo lleva La literatura mexicana de los años sesenta, un amplio panorama literario que marcó profundamente al país con obras de gran envergadura.
No se podría entender los sesenta sin retroceder, por lo menos, un par de décadas. Juan Antonio lo sabe muy bien, por ello enmarca este panorama literario en Juego y Revolución, en sus primeras páginas, con los años cuarenta y cincuenta. La poesía y la narrativa tenían un lugar de gran valía, sus hacedores bordaban huella en México, y mientras la televisión aún no se hacía presente, la fortuna obligada de acercarse al pensamiento y a la cultura a través de la lectura iluminaban una época de oro para las letras mexicanas. También, es importante señalarlo, la presencia de la cultura en medios de comunicación a través de suplementos o espacios destinados a ello le daban colorido al periodismo cultural. Es así que el narrador y ensayista señala hacia el punto de partida para ilustrar el amplio mosaico que sería la cultura nacional en los sesenta. Los cincuenta son la década central de las letras mexicanas del siglo XX, y los sesenta son el parteaguas porque, señala Rosado, “en términos generales, fue la década del juego, la liberación, la ruptura”. Distintas obras marcaban una importante presencia, las que son vitales, y seguirán siendo, tanto en las acuales como en las generaciones venideras, me refiero, por ejemplo, a Los días terrenales (1949), de José Revueltas, a Pedro Páramo (1955), de Rulfo, a La región más transparente (1958), a El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz.
Distintos gestos tanto en la política, la prensa, editoriales e instituciones marcaban un cambio. La música se hacía acompañar: Sex, drugs and rock’n’roll con las comunas de “amor y paz” de los hippies. Los años sesenta llevaban entre sus aguas nombres como los antes citados, así también el de Salvador Elizondo, García Ponce, Elena Garro, Pitol, Melo, pasando por los pertenecientes a la generación de la onda, bautizada así por Margo Glantz, quien mencionaría que “la Onda emerge a la historia literaria mexicana como preludio del movimiento estudiantil del 68 y el hartazgo juvenil hacia la autoridad. Ese año de la matanza se fraguan De la Ciudadela a Tlatelolco (1969), de Edmundo Jardón Arzate, y dos novelas de 1970: Ensayo general (1970), de Gerardo de la Torre, y Los días y los años (1970), de Luis González de Alba. La poesía, por su parte, encumbraba la labor de Octavio Paz, junto a Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, entre muchos más. Así, por igual, se ensanchaba el pensamiento a través del ensayo, la crítica y la investigación. Las revistas literarias, por ende, tenían su justa presencia.
