Mary Carmen Sánchez Ambriz
Cuando alguien le preguntaba a W. H. Auden cuál era su profesión, él de inmediato daba una respuesta que la mayoría de las veces congelaba la conversación de su interlocutor. “Soy historiador medieval”, decía. Y su argumento era que si se definía como poeta, recibiría miradas que querían decir: “sí, pero de qué vives”. Por eso se mostraba orgulloso de que su pasaporte exhibiera a la vista de todos: “profesión: gentilhombre”. Se consideraba un individuo feliz, afortunado porque desde la infancia fue testigo de cómo el arte y la ciencia se pueden conciliar.
Auden es, en ocasiones, un poeta claro, y en otras hermético. Intentó trazar una poética de la razón; esto es, un poema, que sin perder la singularidad de la palabra lírica, se nutra de pensamiento y no se circunscriba a una simple descripción de hechos. Así es como deambula tanto en las disertaciones líricas como en el ensayo, en ambos casos predomina el sentido crítico, el humor socarrón, la indignación, el desasosiego y la incertidumbre ante el futuro de la conciencia humana.
Si acaso una palabra define la obra de W. H. Auden es rebeldía. De ahí pueden desprenderse una serie de epítetos que, invariablemente, se dirigirán hacia la forma anticonvencional que el poeta y ensayista tenía de acercarse a cualquier manifestación artística. Virginia Woolf en uno de sus últimos ensayos “La torre inclinada” (incluido en el volumen The Moment and Other Essays, 1947) lanza una crítica mordaz a los jóvenes escritores ingleses posteriores al grupo que ella pertenecía —encabeza la lista W.H. Auden, y le siguen Cecil Day Lewis, Rex Warner, William Empson y Stephen Spender, incluidos en la antología New Signatures (1933). Según Woolf, todos ellos tienen conciencia de estar en la cima de una torre, conscientes de su nacimiento burgués, de su costosa educación. ¡Y qué extraña resulta la vista desde lo alto de la misma; no justamente invertida sino oblicua! “De ahí la violencia de sus ataques contra la sociedad burguesa y al mismo tiempo su modo de no comprometerse a fondo: aprovechan de una sociedad que insultan. Y sin embargo se sienten obligados a predicar, si no con su vida, con sus escritos, la creación de una sociedad en la que todos son iguales y libres. Lo cual explica el tono pedagógico, didáctico, que domina en su poesía”. Mario Praz aplaude la visión de Woolf, y en La literatura inglesa. Del romanticismo al siglo XX (La letteratura inglese dai romantici al novecento, 1967) califica de “feliz metáfora” lo anteriormente descrito; no obstante, al fijar la mirada en el líder de aquella generación, intenta evitar el tono moralizante: “La brillante imaginación de Auden, humor satírico y apasionado, trascendían su identificación con una determinada posición política. Se convirtió en el portavoz de la conciencia turbada, ansiosa y desdeñosa de toda una época. Sus flechas apuntan contra la hipocresía de las emociones, la sentimentalidad y la pseudofilantropía burguesas”.
La fiesta del té
Los ensayos de Auden abarcan diversos temas, desde la manera en que asimila el legado de autores como D.H. Lawrence, Marianne Moore, C.P. Cavafis, los entresijos de la novela policiaca, hasta la literatura griega, la cocina y la música. El ensayo en la literatura inglesa posee una antigua tradición que abarca desde Bacon, Dryden, Addison, Johnson, Coleridge, Lamb, Ruskin y autores más cercanos a Auden como Wilde, Chesterton y Stevenson. El interés del poeta inglés al frecuentar este género literario no radica en impartir conocimientos, tampoco en corregir las ideas de otros. El volumen La mano del teñidor no es el tratado de tufo académico en donde un literato se obstina en reforzar su imagen de buen lector. En “Hacer, conocer, juzgar”, parece que Auden lleva al hombro un carcaj lleno de flechas, y va soltando cada una en el momento preciso: es insistente, didáctico, claro y se muestra iracundo por la manera en que la crítica aborda a la poesía. Con dedicatoria para los poetas y, en especial a los críticos de literarios, Auden plantea cuatro puntos básicos para que pueda confiar en el criterio de otra persona sobre cualquier asunto literario: “Quiero saber si le gustan —quiero decir si realmente le gustan, no si le parecen bien en principio— las siguientes cosas: 1. Un largo listado de nombres propios como los que aparecen en las genealogías del Antiguo Testamento o en el catálogo de naves de la Ilíada. 2. Los acertijos y otras formas de no llamar a las cosas por su nombre. 3. Formas poéticas complicadas y con grandes dificultades técnicas, como las englyns, drott-kvaetts y sextinas, aun si su contenido es trivial. 4. La deliberada exageración dramática, escenas barrocas como la bienvenida de Dryden a la Duquesa de Ormond”.
Se puede abrevar de las recomendaciones, de forma pausada y así el lector hallará a un hombre preocupado por la función del poeta, por la manera en que se habla y se entiende la poesía. En homenaje a Lewis Carroll toma la imagen de la mesa de la fiesta de té del Sombrerero Loco, y así mira Auden lo que sucede en torno a la “república de las letras” inglesas que le tocó vivir: “La mesa se ha alargado, y ahora incluye miles de rostros nuevos, algunos encantadores, otros horribles. En un extremo están algunos que antes eran muy entretenidos y se convirtieron en embajadores del tedio o se quedaron dormidos, triste cambio que sufre todo invitado después de unos cuantos años. El tedio no necesariamente implica desaprobación; sigo pensando que Rilke es un gran poeta, pero ya no lo puedo leer”.
Es precisamente en esta fiesta de “no cumpleaños” que el Sombrerero y la liebre se empeñan en celebrar, donde Auden contempla lo que podría llamarse la construcción del “no poema”. Como dice Auden, “no hay nada peor que un mal poema cuya intención sea ser grande”. Sin necesidad de recurrir a zigzagueos de la palabra para lanzar la flecha al sitio que quiere apuntar, diserta sobre la estrecha formación que percibe en los poetas, algunos de ellos invitados a tomar el té: “Atendiendo a su formación limitada, el poeta debe ser cauto y limitarse, al hablar de poesía, a temas generales donde una apreciación correcta pueda extrapolarse a varios casos y aplicarse a todos, o a algún tema específico que sólo demande la lectura intensiva de unas pocas obras. Puede aportar algo al hablar sobre bosques, inclusive al hablar sobre hojas, pero nunca cuando opina sobre árboles”. Fue Auden quien llamó a Tennyson “el más estúpido de los poetas ingleses”.
¿Qué entiende Auden por poesía y qué le interesa descubrir? Primero, desea ver si en el poema hay una técnica y de qué manera funciona. Segundo, intenta responder a cinco preguntas: “¿Qué clase de persona habita en este poema?, ¿cuál es su idea de una buena vida o de un buen lugar?, ¿y su noción del Demonio?, ¿qué le oculta al lector? y ¿qué se oculta incluso a sí mismo?”. Un artista —para Auden—, alguien que merezca ese título, debe pensarse a sí mismo como un artesano, un hacedor, no como un genio inspirado.
El pozo de Narciso
Al margen de la moda y sus vaivenes, el poeta no lee para nadie, sólo para sí mismo. Auden intenta formarse una idea acerca del arte de escribir, de tener una opinión de un personaje o de escudriñar el clima espiritual de una época. Aquí se apela al ensayo concebido por Montaigne y, en cierto sentido, parafraseando al padre del ensayo, el autor podría exclamar: “Yo soy la materia de mi libro”.
Respecto al empleo del Yo en el ensayo, Auden marca una línea —muy en su costumbre— y recuerda una frase de Pascal: “El Yo es siempre odioso”. En cierta forma, la mirada previsora de Auden alerta ante el uso indiscriminado de la primera persona, recurso que si no se emplea con cautela y de manera equilibrada, se corre el riesgo de caer en lo que precisamente critica Auden, la pedantería. Así lo advierte en el ensayo “El pozo de Narciso”: “El Yo que recuerda la condición anterior de un Sí Mismo ahora alterado, no puede creer que también él haya cambiado. Al Yo le gusta imaginarse como Zeus, quien podría asumir una apariencia corporal tras otra como cisne o toro sin dejar de ser Zeus”. Desde el punto de vista de Auden, en toda autobiografía hay dos personajes: un Don Quijote —el Yo— y un Sancho Panza —el Sí Mismo—. Reconoce: “Es difícil encontrar un autorretrato honesto, ya que el hombre que ha alcanzado la autoconciencia implícita en el deseo de pintar su propio retrato, casi siempre desarrolla también una conciencia del Yo que lo pinta pintándose, e introduce luces y sombras dramáticas”.
