Juan Antonio Rosado
Mucho se ha escrito sobre esta bella novela corta de José Emilio Pacheco: el amor puro e inocente de la niñez en contraposición con el decadente e hipócrita mundo de los adultos; la crítica contra un corrupto régimen político (el de Miguel Alemán); los prejuicios que invaden (o crean) nuestra propia visión del mundo; la desmitificación de la infancia como supuesta edad en que prevalece el “principio del placer” (para aludir al freudiano título de otro texto de José Emilio)… En un breve ensayo sobre la que considero obra maestra de Pacheco en la narrativa (Morirás lejos), había yo escrito que, a lo largo de las décadas, este escritor, investigador, crítico y poeta ha sabido conciliar las distintas facetas de su quehacer cultural de modo que cada una nos lleva a la otra en el seno de una unidad que constituye un sistema de obsesiones que conforman su vasta obra. Pacheco ha acertado al marcar su trabajo entero con el signo de un rigor que se expresa en el matrimonio de fondo y forma: una forma que no renuncia a la profundidad y un fondo que se vale de un cuidadoso estilo para desplegarse con fluidez. En Las batallas en el desierto (1981) son notorias las preocupaciones a las que me he referido, y que pueden hallarse en otras zonas de su obra, pero también —sobre todo— el retorno a la sencillez, a la inocencia misma del vocablo y de la frase, lo que concuerda con el tema tratado.
¿Por qué el éxito de esta nouvelle, sobre todo entre los jóvenes lectores? La infancia ha sido uno de los asuntos más recurrentes en la novela, particularmente a partir del Wilhelm Meister, de Goethe. No me refiero a esa infancia en la que no hay formación, como la que podemos hallar en La isla del tesoro, de Stevenson, o en El tambor de hojalata, de Grass. En esas obras, el niño parece adulto desde que nace. No. Me refiero en concreto a las Bildugsromane, que implican iniciación y cambio. ¿Los hay en la nouvelle de Pacheco? Ya se ha hablado de la doble visión de la obra: Carlos (el adulto), por un lado, y Carlitos, por otro, pero hay un elemento que mueve la trama (mucho más que la función crítica sobre una época y un lugar), y que está vinculado a la iniciación: se trata de una sexualidad transfigurada en erotismo infantil, un “erotismo de los corazones” (para usar la expresión de Bataille) o, dicho de otro modo mucho más preciso, la erotización, por parte del niño, del objeto deseado: una mujer mucho mayor, con una idiosincrasia y visión del mundo radicalmente distintos.
Mariana es transformada por el deseo. Este fenómeno —la carencia de Carlitos convertida en deseo— mueve la obra entera, aunque lo que la lleva a un final trágico sea tal vez la censura, la represión, la falta de libertad de expresión (Mariana osó decir en público lo que no debía), así como la debilidad de la mujer. Sin embargo, ¿hay realmente un fin trágico? El autor tuvo la lucidez de dejar un desenlace ambiguo y abierto, que pone en cuestión la existencia misma de la mujer: lección de Juan García Ponce —otro narrador extraordinario— en su novela La invitación.
En efecto, en La invitación (1972) no sabemos si el personaje femenino (Beatriz) existió realmente o fue tan sólo producto del deseo del joven protagonista, de su imaginación, de su carencia. Hay muchos elementos que comprueban la existencia de Beatriz, como lo hay de la existencia de Mariana; pero también hay elementos —en ambas obras— que insisten en la inexistencia de estas mujeres (y de sus respectivos hijos, por supuesto). ¿Fueron acaso sueños, ilusiones generadas por la necesidad e imaginación de los solitarios protagonistas R. y Carlitos? Cada lector seguirá llegando a sus propias conclusiones.
