Arabia Saudí

Carlos Guevara Meza

En los discursos de mandatarios occidentales sobre los países árabes, en particular aquellos que están pasando por rebeliones y revoluciones, el tema recurrente es el temor a que se establezcan regímenes fundamentalistas religiosos que vayan a asumir políticas antioccidentales e incluso terroristas. El gran fantasma de la revolución islámica iraní ronda por sus cabezas. Por supuesto, el temor, y la advertencia de que no debe suceder, se esconde tras las buenas preocupaciones por los derechos humanos de los pueblos de esos países.

Todo lo cual suena a hipocresía en el mundo musulmán, lo que conduce a una mayor desconfianza y animadversión hacia Occidente.

Y es que Estados Unidos y Europa no distinguen entre países con sistemas políticos laicos o religiosos, o entre sunitas y chiítas, o entre gobiernos democráticos o autoritarios, a la hora de hacer sus apuestas políticas, conducir sus negocios o sus intervenciones. Tanto apoyan a unos como a otros si ello beneficia a sus intereses particulares.

El más claro ejemplo es Arabia Saudí, un país con un gobierno monárquico autoritario, donde apenas en 2005 se convocaron a elecciones para establecer consejos municipales. Son los únicos puestos públicos por los que se puede votar en ese país. Los consejos no tienen prácticamente ningún poder real, y la mitad de sus miembros son directamente designados por las autoridades. No tiene poder legislativo (cuenta con una especie de parlamento que no hace leyes y cuyos miembros son también designados y no electos).

El sistema legal está completamente basado en las tradiciones tribales y religiosas con castigos medievales (cortar manos, dar latigazos, apedrear gente), por no hablar de la situación de la mujer que es la menos democrática en casi todo el mundo musulmán. Incluso en Irán las mujeres tienen más derechos. En Arabia Saudí las mujeres podrán votar y ser votadas hasta las próximas elecciones municipales (programadas para 2015), y no tienen personalidad jurídica propia pues dependen por completo de un tutor o guardián legal que sólo puede ser un varón (su padre, marido, hermano o incluso un hijo) para cualquier cosa que necesiten o deseen hacer, incluyendo salir a pasear por la calle. Su testimonio en una corte de justicia vale, legalmente, menos que el de un hombre; tampoco se pueden divorciar, heredan sólo la mitad de lo que reciben sus hermanos varones y un largo etcétera. Aunque el 60 por ciento de las personas con título universitario son mujeres, sólo conforman el 15 por ciento de la fuerza laboral. En esas condiciones, que deban usar el famoso velo (abaya) o que no puedan manejar autos es lo de menos.

Tampoco se dice nada del decidido apoyo que el régimen saudí otorga a organizaciones fundamentalistas en toda la región (ni siquiera en relación al 11 de septiembre). Por otro lado, el rey es ya un anciano, su sucesor también (y se dice que padece Alzheimer), y tampoco es joven el tercero en la línea del trono. Las disputas en el seno de la familia real están muy extendidas. ¿Llegará la primavera árabe a Arabia? Es difícil decirlo. Lo que es claro es que mientras Estados Unidos y Europa apoyen a la monarquía saudí, pocos creerán sus buenos deseos de un Islam más democrático y más atento a los derechos humanos.