Juan Antonio Rosado

En una de sus conferencias dictadas en inglés, Jorge Luis Borges afirma que “El arte sucede cada vez que leemos un poema”. Esta apreciación desde el punto de vista del receptor implica que no sólo un poeta debe iniciarse, darse de alta en el oficio de escribir, sino también el lector debe hacerlo en el oficio de leer. En el poemario Me doy de alta, de Ángeles Solano —que incluye algunos poemas traducidos al inglés— hay una transformación expresada por un verbo a la vez poético y acuoso, versátil, que emerge de la necesidad de decir.

En su texto introductorio, Enrique González Rojo advierte que los poetas en general han hablado, por una parte, del aspecto luminoso (la salud, la vida), y más a menudo del aspecto oscuro (noche, enfermedad, infelicidad), y agrega que Solana, al darse de alta, se ubica en la segunda tendencia. Existen, sin embargo, piezas en que el yo lírico pasa de un estado a otro, o por lo menos es notorio un cambio radical. Tal ocurre en el poema que le da título al libro; de una imagen decadente: “Hoy me contemplo en mis ampollas”, se llega al “Hoy descubrí que ha embellecido la cicatriz sobre mi frente”, y de “Soy mancha negra de mal incurable”, arribamos al “He terminado de parirme/ Hoy me restablecí/ Me doy de alta”. He aquí el concepto original de iniciación, que implica morirse para resucitar como otro. Este es el sentido de la primera parte del libro: “Me doy de alta”.

La segunda, “Desde la ventana” se abre con un canto a la mujer alada, mitificada, hecha pez y “primera dama de la luna”. Luego asistimos a un desfile de bellas e impactantes imágenes que pasan de uno a otro de los aspectos a los que se refiere González Rojo; a veces se entrelazan o entremezclan. “Bomba atómica” es un canto y un llanto. Entre presencias cotidianas y atemporales, las palabras fluyen y se diluyen. Música y agua, indignación y rutina, viajes interiores e infancia, gente cercana y lejana, viento y, sobre todo, agua es lo que nos inunda la sensibilidad al internarnos en este bello e intenso poemario. En “Entrepieles”, la siguiente parte, hay un soneto al revés. Las sorpresas y los juegos con el lenguaje brotan en cada una de las partes del volumen, ilustrado con las acuáticas y llamativas acuarelas de Gabriela de la Vega y Edith Martínez del Campo.

Ángeles Solana, poeta, actriz y dramaturga, ya se había iniciado en la poesía durante los años setenta. En Me doy de alta se despliegan piezas que —como “Diálogos con el agua” o los titulados “subpoema” (intercalados como peces que se cuelan entre los corales y medusas de este mar poético)— merecerían, sin exageración, incluirse en cualquier antología de actuales poetas mexicanos.

Ángeles Solano, Me doy de alta. Acuarelas de Gabriela de la Vega y
Edith Martínez del Campo. Universidad de Londres / Cofradía de Coyotes, S.C., México, 2011; 117 pp.