Luis Terán

Si Woody Allen hubiera desarrollado su carrera en medio del fulgor de los siglos de oro, no le habrían atacado por utilizar ideas, historias, imágenes de películas y directores como In gmar Bergman y Federico Fellini, entre otros; se hubiera confundido entre los talentos de Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, por citar sólo algunas de las figuras emblemáticas de aquel período luminoso en donde tenían otra percepción de la cultura, la fama y la falta de interés en la singularidad de los temas.
Medianoche en París, la última película de Allen estrenada, probablemente tenga deudas fílmicas hasta con Pabst, Murnau y Renoir.  Lo de menos son los ingredientes del plato de alta cocina, lo demás es el consecuente resultado, algo que reúne en un solo bocado, la nostalgia que irradia el París de Hemingway, las fiestas que describe Fitzgerald en sus novelas, la música de Cole Porter; la madre judía que cuida de sus protegidos, es decir Gertrude Stein a, por ejemplo, Picasso, Hemingway o algún desconocido; la adicción por estar siempre en un ambiente vibrante, divertido; el desasosiego que produce al protagonista no poder tener el don de la ubicuidad; la fiebre enloquecedora de una creatividad que llega misteriosamente y con todo sigilo desaparece entre las sombras de París.
Así como los escritores de la generación perdida llegaron al París de fines de los veintes y principios de los años treinta y tuvieron que subirse al torrente de color, movimiento, música, el sonido gutural típicamente francés, las modas y los modales, las costumbres, los vaivenes sociales, atolondradamente distintos de los norteamericanos, Medianoche en París, ofrece a un protagonista liberal y mundano, el actor Owen Wilson que rinde una clonación más que una actuación de un Woody Allen treintañero; el tipo viaja con su novia y los padres de ella a la ciudad de París que es para él un lugar vivo, estruendosamente emocional, mientras que para sus acompañantes resulta un sitio petrificado con una historia petrificada que se visita por cuestiones de “status”, como lo hace cualquier turista estándar norteamericano, japonés o mexicano.
Las diferencias culturales: formación, educación, nivel social y económico; ideología, tendencias políticas, choques entre adversarios que pueden darse entre empleados de un hotel y turistas, coincidencias entre un escritor y una empleada de una tienda, todos mosaicos de un mural muy colorido que ofrece Woody Allen en Medianoche en París;  Rachel Mac Adams, actriz a la que mínimamente Woody Allen le acerca la cámara, tiene a su cargo el rol más antipático: la pareja del protagonista, una mujer atractiva; su manera de hablar es afectada, siempre está alerta con su lenguaje práctico, molesto, golpeador; además, una dama sin la menor capacidad de abstracción, al igual que sus padres.  Regatean por el precio de unos muebles y no le dan importancia al París vivo, sólo a lo más convencional de una ciudad; son más relevantes unos aretes y la desconfianza por los trabajadores del hotel que las misteriosas circunstancias de cómo desaparecieron.  Con un poco de inventiva, si se tratara de otros personajes, nadie dudaría de la honestidad de los recamareros.
La discípula de Coco Chanel, amante de pintores, no le gusta la época en la que vive y prefiere fugarse al París de los impresionistas.  La formidable Marion Cotillard, desempeña este rol con mucha gracia y ternura; cómo transforma sus ojos, esta  vez nostálgicos, otra clave de la mirada trágica de Edith Piaf en “La vida en rosa”, las amenazantes pupilas que parecen desprenderse completamente de su cuerpo en El origen; los espejos de la desilusión en Nueve;  las dos caricias refulgentes en los anuncios de Dior. Cotillard prácticamente hechiza al protagonista de Medianoche en París y lo hace dudar de cambiarse de época.  La película viaja a tres épocas distintas y lo hace con gracia y desparpajo;  además, ofrece una perspectiva social, mordaz e intransigente que permanece aún mucho después de que concluye el film.