Lucha electoral desde la casona presidencial
Por René Avilés Fabila
Hace una semana, Felipe Calderón mostró un optimismo desbordado. La mayoría de los mexicanos no supo a qué atribuirle el gozo político, con un país casi en ruinas, acosado por el narcotráfico y la guerra en su contra que lleva, conservadoramente, unos 50 mil muertos entre ambas partes. Para colmo, varios panistas se han visto involucrados en casos de corrupción, como le ocurrió a la familia del alcalde de Monterrey.
Mientras que el PRI consolida a sus dos aspirantes presidenciales, Enrique Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones y los medios aguardan equidad y una lucha justa, en Acción Nacional practican una conocida historia: la manera en que los posibles candidatos van disminuyendo hasta que quede uno solo. Al momento de escribir estas líneas, únicamente daban la batalla dos oficialmente, Josefina Vázquez Mota, quien va muy aventajada, y Ernesto Cordero, al que no le son suficientes sus bravatas de político recién llegado para subir en las encuestas. Santiago Creel va, como esta columna, a contracorriente, en espera de un milagro. Pero al parecer, la lucha está entre los dos cercanos a Felipe Calderón, quien no sabe qué hacer para derrotar a cualquier precio al PRI.
Josefina Vázquez Mota, a pesar de ser mujer en un país machista y para colmo con las escasas simpatías de Elba Esther Gordillo, lideresa todopoderosa y llena de ambiciones, ha conseguido imponerse, avanzar y aprender. No es la misma persona que llegó a la SEP, ahora trata, no siempre con buenos resultados, de probar que conoce al país y a sus principales fuerzas, sus problemas y sus avances. A Cordero le bastan los desafíos a Peña Nieto y sus ofrecimientos de pasar por encima del PRI. Hasta hoy es un panista más conocido por sus desaciertos que por sus conquistas. No ha conseguido pasar de funcionario designado a político que requiere dialogar con la nación.
En esas declaraciones triunfalistas, Calderón reconoció que el PAN ha sufrido un enorme desgaste y que debe hacer un esfuerzo para renovar su comportamiento ético. Pero ¿de qué clase de ética política puede hablar un hombre que se alió con el PRD, con un partido que a lo largo de casi cinco años lo insultó y, algo peor, no lo reconoció como presidente legítimo? Lo hizo no por afinidades ideológicas sino por un turbio pragmatismo, lo movía su odio al PRI, cuando, honestamente, no parecen tener en materia económica, por ejemplo, enormes y abismales diferencias. Es un odio histórico que viene de muy lejos y que a la luz de la globalización neoliberal carece de sentido. Entre los tres partidos mayores no hay grandes diferencias ideológicas.
Es muy probable que Felipe Calderón sea el Ernesto Zedillo del PAN y que contra su voluntad deba entregarle la banda presidencial a un priísta. Con una “izquierda” que se deshace, plena de corrupción y demagogia, y un PAN que toleró someterse al control de Los Pinos y alianzas indignas con tal de mantener cierto control en diversos estados, el gozo presidencial no parece justificado. Lo evidente es que ya no podrá avanzar en ningún sentido. Por ello Calderón está empeñado en una lucha electoral que dirige desde la casona presidencial. Pero no es allí de donde nace por ahora el poder, está en las ciudades, en el campo, en lo poblados de la república, y en esos casi todos saben que su gobierno fue pésimo y que el PAN no puede gobernar más tiempo. Tuvieron dos excelentes oportunidades y ambas las echaron por la borda.
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