José Emilio Pacheco recibe premio Alfonso Reyes 2011

Edgar Díaz Yáñez

Lo primero que conocí de José Emilio Pacheco, sin saberlo, fue una novelita, como le decía un amigo, llamada Las batallas en el desierto.
Recuerdo haber escuchado, hace ya algunos ayeres, los suficientes como para contabilizar años, un cancioncita pegajosa que inquiría «Oye, Carlos, por qué tuviste que decirle que la amabas a Mariana» Recuerdo que la música me gustó, que la letra me gustó, aunque no la comprendía muy bien. Que yo cantaba, tarareaba, y presumía haber escuchado la canción en vivo, ya cuando me la había aprendido. Que no podía dejar pasar la oportunidad de demostrar que sí me sabía la letra cada vez que escuchaba que alguien ponía la rola y me soltaba yo a cantar. Yo no sabía entonces quién era Carlos o quién era Mariana. O por qué había sido tan malo que le dijera que la amaba a Mariana —«¿Acaso fue ella quien te indujo?… o peor aún, fue tu hermano quien te lo propuso…»— Yo juraba que el autor de tan buena canción era un excelente letrista, aunque por entonces no le llamaba letrista sino cantante. Quién más sino un autor de calidad pudo haber escrito algo como «Por alto que esté el cielo en el mundo/ por ancho que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti» Qué bien sonaba. Qué bien se cantaba. Qué buena y poética era la rola de Café Tacuba. Y así, tarareando y cantando, y algunas veces intentando bailar, conocía una de las mejores novelas cortas, o cuentos largos —para el caso no me preocupa establecer alguna distinción— que he podido hasta la fecha leer.
Y así, suspirando e imaginando, y algunas veces intentando entender, pasaron días y noches, muchos días y más noches, hasta que una persona, interrogándome acerca de autores, que muy pretenciosamente clamaba conocer, me preguntó qué había leído yo de José Emilio Pacheco. Nada, respondí. ¡Pero cómo crees que nada!, sorprendido clamó aún más una tercera persona. Pues no, contesté queriendo no hacer caso a la extrañeza que había provocado mi confesión. De seguro sí lo has leído, o cuando menos conocido alguna de sus obras; no me dirás que no conoces Las batallas en el desierto. No lo creo, ¿de qué va?. Cómo que de qué va, si hasta tiene una canción: un chaval, un niño, que se enamora de una mujer madura, ya adulta, que se llamaba Mariana… Fue entonces cuando comprendí que esa canción que a mí tanto me gustaba no era más que una parte mínima, que no menor, de un libro escrito por Pacheco. Después de las consabidas burlas y las más invariables recomendaciones para leer el libro, decidí leerlo. Me enamoré de la historia, de cómo estaba escrita, de cuándo estaba escrita. No miento cuando digo que una vez empezada la lectura no pude parar; realmente lo leí todo sin parar un momento. Sí, ya sé que sueno como adulador barato, pero no es así. Lo juro. Terminé de leerlo y ahora ya comprendía quién era Carlos, cómo vivía, por qué se llamaba “Las batallas en el desierto” su juego, sino predilecto, sí recurrente. Ahora ya sabía quién era Mariana, cómo vivía, quién era su hijo y lo mal vista que era por casi todos los que la conocían; bueno, al fin y al cabo mujer soltera que funge, según la creencia de las personas que habitan la historia, como amante de un hombre del gobierno que le da todo y a la vez nada. Ya sabía por qué era tan malo que Carlos confesara su amor.
Ahora que ya comprendía y conocía mejor la historia, quise conocer y comprender mejor al autor de ésta. Conocí que además de novelas y cuentos, ha escrito ensayos, poemas y realizado traducciones. Que esta obra en particular se ha convertido en libro de texto obligado y obligatorio, aunque no me agrade la palabra, para alumnos de varios niveles educativos. Lástima que cuando cursé la secundaria y el bachillerato ninguno de mis profesores me lo hayan dejado leer. Me enteré que este libro no es una autobiografía como muchos han querido hacer notar. Que Pacheco, con más de 54 años de profesión literaria, ya es Doctor Honoris Causa por parte de la UNAM y que por la noche del jueves 13 de octubre del presente año, recibió de, y en El Colegio de México el premio Alfonso Reyes 2011.
Esa misma noche, con un auditorio repleto, dictó una conferencia magistral titulada “Las batallas en el desierto a 30 años de distancia” donde aclaró que cuando le preguntan que si estamos ante un clásico —treinta años de haber sido escrito y puede seguirse leyendo como si hubiera sido escrito hace una semana—  y por tanto Las batallas se seguirá leyendo en cien años «Yo simplemente respondo que no me atrevo a hacer profecías, ni siquiera para mañana viernes»
El premio Alfonso Reyes, instaurado el año pasado en el marco del 70 aniversario de la institución para honrar la trayectoria de quienes han contribuido de manera relevante al conocimiento y difusión de las humanidades, fue entregado por Javier Garciadiego, presidente de El Colegio de México, por la reconocida trayectoria literaria, así como por la invaluable aportación a las humanidades y a la cultura hispanoamericana que ha tenido y que ha hecho José Emilio Pacheco. Emilio fue seleccionado de entre siete candidatos por las cualidades literarias y humanas que Pacheco siempre ha reflejado en el espejo de sus obras. Al acto, asistieron Consuelo Sáizar y Joaquín Diez-Canedo, así como escritores, promotores culturales, pero sobre todo lectores comunes y corrientes, ese reflejo del espejo de sus obras.
Oye, Emilio, por qué tuviste que escribir que Carlos le dijera que la amaba a Mariana, ahora ya tendré que profetizar, sin duda alguna, que Las batallas seguirá siendo un referente obligado de la literatura mexicana por lo menos treinta años más.