Juan Ascencio
La UNAM ofreció a don Edmundo Valadés un homenaje, organizado por Marco Antonio Campos; debió ser entre 1982 y 1983.Había casi diez personas en la mesa y creo que sobraban algunos.
El primero en hablar, naturalmente, fue Cuevas. Habló de sí mismo.
Elena Poniatowska, muy en las cáscaras, habló de Valadés periodista, gentil, ojo alegre y jefe de buen humor. Marta Chapa dijo, o trató de decir con reiteradas reiteraciones, cuánto afecto sentía por su amigo…
La quinta o sexta persona en la lista fue Raquel Tibol, quien peroró sobre los derechos de las féminas, feminismo y femineidad, al grado de vencernos, y casi convencernos de que la mujeres, además de tener los mismos derechos que los hombres, tienen también los mismos derechos que las mujeres.
El último en hablar, naturalmente, fue Juan Rulfo, quien tenía fama de breve. Eran viejos amigos desde los tiempos de López Mateos, quien para mejorar su imagen pública tomó el consejo de rodearse de intelectuales. Mario Ezcurdia le formó un grupo para desayuno mensual en el que, por turnos, Gastón García Cantú, Henrique González Casanova y otros veinte incluidos Rulfo y Valadés (era el que repartía los cheques), darían lectura de un informe sobre el tema cultural encomendado. A Rulfo le tocó el Sindicato de Trabajadores de la Educación, y en su momento leyó un dictamen que podría escribirse al reverso de un timbre postal aéreo. Lacónico y claro leyó: “Señor presidente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación es la cosa más corrupta que existe. Y ya para no cansarlo, señor presidente, el sindicato de maestros no tiene remedio.”
Pasé por él a su casa antes del homenaje, y en el camino me dijo que iba sin discurso, que conocía tan bien a Valadés que hasta le había recomendado no casarse, y a su esposa le había dicho que no le convenía casarse con Valadés. Que ni a ellos ni a nadie le convenía casarse nunca, pero ninguno hacía caso. Que improvisaría algo. En su turno, sin embargo, desdobló un papelito. Con una voz como salida de lejos, más allá de la lluvia que acompañó el acto, leyó:
“Estamos aquí, para un homenaje a Edmundo Valadés. A este hombre, los cuentistas mexicanos, le debemos lo que somos, si es que somos algo.”
Y guardó su papelito. Los aplausos apagaron el ruido de la lluvia.
Al dar las gracias, don Edmundo fue tan humilde como Rulfo:
“Este quien les habla, padece la filtración de las palabras. Al escritor que no se bate todos los días con ellas, el idioma se le achica. Por eso le será difícil expresar cómo le conmueve este acto, que le suscita sinceras reservas sobre si lo merece. Calcula que no ha podido acabalar sus posibilidades creadoras. En el recuento que hace, buscando estar en paz con sus alternativas, le duelen las páginas no escritas, y no lo levanta la parquedad de las que ha pergeñado.
“Además, lo nutrieron sus gentes en el desaliento, a lo mejor la sabiduría de no merecer nada, o muy poco.”
Datos sintéticos, narrados por el propio don Edmundo.
Nacido en Guaymas (1915 – DF 1986)
Maestro rural en Tamaulipas y el Estado de México a los 18 años.
Periodista desde los veinte.
Primera etapa de El Cuento, con cinco números, 1939 a 1940 con patrocinio de don Regino Hernández Llergo y señora.
Su verdadera vocación: bailarín.
Empresario de revistas como Celuloide, El mundo de las candilejas y Las vedettes.
Lo más interesante: piernas.
Su deporte favorito, manejar a velocidad, y el jáibol.
Su mayor disgusto: la censura (a portadas o en bibliotecas oficiales.)
Su mayor sufrimiento: los celos (llegó a escribirse anónimos para justificarse ante la mujer amada).
Sus mayores pérdidas: dos bibliotecas. No caben en la maleta hecha encarrerada. (otra biblioteca la regaló a su hija Adriana quien se mudó a Europa).
Su mayor irritación: raciones excesivas en un plato.
Su mayor ahorro: a partir de su matrimonio con Adriana
Su mejor cosecha: una canasta de duraznos mezclados, criollos y priscos, sin levantar los ojos a ver sus dos frutales apenas en flor.
Su mejor escalera: la de caracol para subir a su biblioteca en el tercer piso de su casa; los retratos tamaño real de Marilyn Monroe tapizaban las paredes y, a falta de barandal, o debilitado el sentido del equilibrio, las piernas eran nuestro apoyo.
Su mejor colección: brujas de todos tamaños y nacionalidades, colgadas en su biblioteca, como las palomas en la de Alfonso Reyes.
Su mayor cualidad, que lo llenó de amigos y discípulos agradecidos, fue la generosidad.
Murió en la víspera de la toma de posesión del presidente Zedillo.
La prensa oficial enmudeció a la prensa cultural.
La novela que debió escribir, la de los celos.
Unas cuantas cifras
Colaboré con don Edmundo en la revista El Cuento, los últimos siete años de su vida, del número 97 al 130 y la continué otros siete, hasta que cerró. Todo fue aprendizaje.
Se publicaron en total 2 mil 203 textos de más de una página, dos de ellos más de una vez), de mil 566 autores, y casi 3 mil textos breves en “cuadritos” la mayoría de ellos minicuentos, y en los últimos números de la revista, algunas máximas o consejos a los escritores principiantes.
Hubo cientos de colaboradores generosos.
Plagios virtuales contra Rulfo y Valadés
Ese desaliento, ese desmerecer, no darse cuenta de que sí es merecedor, es otra característica que comparte con Rulfo.
Valadés escribió poco. Mucho habló, bebió y fumó. Rulfo escribió poco y, con los amigos, mucho habló, bebió y fumó.
Charlando en Guadalajara después de recibir el Premio Jalisco, a pregunta de Yáñez, entonces gobernador (1953-1959), Rulfo le dijo que trabajaba en una novela sobre un pariente, Rodolfo Paz Vizcaíno,
El famoso “Amarillo” potentado latifundista de playas y montañas en la costa; gran cacique del sur del estado. Y mientras Rulfo sufría con los fragmentos que pudieron ser La Cordillera, y se los robaron en una mudanza, Yáñez escribió y publicó La tierra pródiga (1960).
-Hasta las ganas de escribir se me quitaron. Por eso, nunca platique lo que está escribiendo.
A Valadés nadie le preguntó. Él platicó no lo que estaba escribiendo, sino lo que proyectaba escribir: Una novela unida por fragmentación. Un viejo revolucionario enriquecido recuerda su vida en su lecho de muerte. Un padecimiento en el mesenterio, que le impide dormir o desmayarse. Hay pasado, presente y futuro. Hay yo, tú y él. Al vuelo la pescó Carlos Fuentes y en un dos por tres publicó La muerte de Artemio Cruz (1962).
A pocas semanas del fallecimiento de Rulfo, coincidimos como invitados por la U. A. de Chiapas. Volamos a Tuxtla tres días antes de la mesa redonda, el calor de agosto había llegado en marzo. Subimos de inmediato a San Cristóbal, y de allí fuimos a las lagunas de Montebello. De ida manejé yo. No permitieron que volviera a hacerlo. Don Edmundo manejaba como planeando sobre un valle.
