Por Humberto Musacchio

Un grupo de políticos y de intelectuales ligados a la actividad política plantean abrir camino a un gobierno de coalición, lo que para Marcelo Ebrard resulta indispensable si no se quiere el regreso del PRI, en tanto que el tricolor, que se ve de nuevo en Los Pinos, simplemente dice que no hará falta, en la idea de que arrasará en los comicios de julio próximo.

Las coaliciones son parte del juego democrático. En México, el PT y Convergencia se coligan con el PRD en casi todas las elecciones (a veces lo hacen con otro partido); el Partido Verde lo hizo con el PAN en 2000 y luego, mal pagados sus favores electorales, lo ha venido haciendo con el PRI, en tanto que el PAN prefiere viajar solo, si bien ha participado en coaliciones en estados donde resultaba urgente desplazar al PRI del poder, como en Chiapas o Oaxaca.

Una característica de nuestra vida electoral es que las coaliciones se constituyen para disputar cargos específicos, no para formar gobierno en sentido amplio. El candidato ganador se lleva todo y en el mejor de los casos arroja algunas migajas a sus compañeros de viaje.

Cosa muy distinta ocurre en las democracias parlamentarias, donde el reparto de cargos suele ser directamente proporcional a los votos con los que cada partido contribuye o bien se establece con toda precisión qué le tocará a cada uno en caso de triunfo. Pero ocurre que en México no es posible darle mayor formalidad a las coaliciones, pues aunque la institución presidencial sea hoy un cascarón vacío, ésta sigue siendo una república presidencialista.

Desde hace varios años se escuchan voces que plantean reformar la Constitución en lo necesario para que México se convierta en una república parlamentaria. Sin embargo, ha pesado más la creencia de que el centralismo presidencialista es algo fatal, como si fuera algo que por la mano de Dios se escribió.

Mientras constitucionalmente se deposite el Poder Ejecutivo en una sola persona, ningún acuerdo entre partidos puede ir más allá del compromiso político, que puede romperse sin mayores consecuencias, pues quien tiene el poder tiene también la capacidad de dar empleos, otorgar contratos, estimular, perseguir y hacer todo lo que permite la ley y muchas cosas más.

Lo más recomendable es reformar la Constitución y las leyes para pasar a un régimen parlamentario y propiciar la formación de coaliciones sólidas. En las actuales condiciones, los gobiernos variopintos son aves que no encuentran su nido en la legislación mexicana.