Ricardo Muñoz Munguía
La muerte hace su rondín sobre su presa como si se tratara de una obra que requiere una constante mirada para profundizar en su trabajo final. Y así es. El suicidio tiene una historia en cada uno de sus participantes, y es en ese preámbulo que el autor del volumen de relatos que hoy nos ocupa se centra en dibujar hasta el clímax de la propia mano ejecutante, la de cada uno de sus personajes.
Pablo Raphael (Ciudad de México, 1970) se encarga de mostrar a la muerte como un personaje, y sin lugar a dudas es el personaje principal. Sin embargo, éste atraviesa las páginas dejándose sentir, más que ver, como una brizna del mar. Su figura de agua cobra relieve en el subconsciente, y es entonces que vemos a la muerte más allá, incluso, de ser un personaje sino la autora de estos relatos.
El título del libro de cuentos de Pablo Raphael atrapa. Así, Agenda del suicidio nos hace voltear a ese cuaderno que sólo tiene las últimas páginas de la vida de sus personajes, inventados o no, como el caso de Sylvia Plath, la que fuera esposa del también poeta Ted Hughes. Con poco más de treinta años de vida, de gran belleza, con enorme talento creativo y sus dos hijos (de tres años la niña y de uno el niño), Plath decide utilizar el horno para darle fin a sus días. Las escenas cobran cuerpo gracias a Pablo Raphael, así como encontrarse con datos que inquietan: “En febrero de 1956, (Ted Hughes) conoció a la poeta estadounidense Sylvia Plath y se casó con ella en junio del mismo año. Se instalaron en Londres, donde terminó The Hawk in the Rain. Tuvieron dos hijos, Frieda Rebecca y Nicholas Farrar. En 1961 conoció
Assia Wevill y se hicieron amantes. Adolorida, su esposa se quitó la vida el 11 de febrero de 1963. Al año siguiente Hughes se casó con su amante. Un año después ella también se quitaría la vida atascándose la garganta de Senocal”.
Las once historias del volumen Agenda del suicidio se trazan sin miramientos y nos llevan al inminente fondo que perturba.
Pablo Raphael, Agenda del suicidio. Tumbona ediciones (Colección Prosas fugitivas), México, 2011; 130 pp.
