Luz Fernández de Alba
En primer lugar quiero agradecer muy especialmente a Carmen y Magdalena Galindo por haberme invitado a este ya histórico Seminario Público de Historia de la Cultura en México, que me da la oportunidad de presentar ante ustedes uno de los libros que más he disfrutado desde que, el 25 de marzo de este año, me lo obsequió su joven autor y ex alumno mío: Marco Lagunas. Es un honor y un placer estar aquí con ustedes.
Al igual que Montaigne, Marco Lagunas no ha escrito los ensayos que reúne en su Centro de Gravedad para impresionar a nadie. Se muestra tal cual es. Su estilo es fluido y muy ameno, sin poner al lector en el aprieto de adivinar qué le quiso decir el escritor.
Como todos sabemos hay dos tipos modélicos de Ensayo:
El ensayo francés, al estilo de Michel de Montaigne, quien es considerado el padre del ensayo moderno. Y el ensayo inglés, practicado por Francis Bacon, principalmente. Ambos, son hombres del Renacimiento, son humanistas.
Montaigne, quien vivió gran parte del siglo XVI, se retiró a los 37 años a la biblioteca circular de su castillo, para dedicarse exclusivamente a escribir lo que pensaba, sus reflexiones acerca de los caníbales –muy de moda en su época post-descubrimiento del Nuevo Mundo– o de los jardines, la amistad, la envidia y cualquier tema que le pasaba por la mente. No tenía un propósito definido, tan solo registrar sus pensamientos para que cuando él muriera fueran útiles a otros.
El ensayo inglés suele representarse por Francis Bacon, también del siglo XVI y principios del XVII, quien durante toda su vida tuvo la inquietud de encontrar la manera de aplicar los descubrimientos científicos al mejoramiento de la vida cotidiana de todos sus contemporáneos.
La diferencia entre Montaigne y Bacon es que el inglés estaba más inclinado hacia la investigación científica que a la reflexión sobre asuntos de la vida cotidiana. Bacon quería reformar el entendimiento humano arraigándolo en la experiencia. Decía que “El conocimiento no debe ser provisto de alas, sino más bien cargado con pesas para evitar que salte y vuele”.
Después de leer el Centro de gravedad de Marco Lagunas, estoy segura de que él se quitó las pesas de las que hablaba Bacon y puso alas a su imaginación, tal como hacen los buenos escritores. Su libro reúne las mejores cualidades de los científicos, como Newton, y la imaginación extraordinaria de algunos escritores como Cyrano de Bergerac, Kafka o Lewis Carroll.
Así que entremos en materia y veamos qué hay en este Centro de gravedad.
Me gusta mucho como comienza su libro Marco Lagunas diciendo que se ha dado cuenta que la mayoría de las veces hablamos a la ligera, con ideas fijas, prejuicios o lugares comunes. Es tarea del ensayista sopesar cada palabra, investigar antes de afirmar cualquier cosa, porque como dijo Bajtín nadie tiene ni la primera ni la última palabra, nada es definitivo. Y para muestra, nuestro Marco –y me permito llamarlo “nuestro” porque fue de mis primeros alumnos cuando hace más de diez años empecé a dar clases en Letras Modernas y porque estoy segura de que habrá sido compañero de muchos de ustedes– nos cuenta la historia de un físico y matemático inglés –Isaac Newton.– y un pobre escritor francés –Cyrano de Bergerac—que llegaron al mismo descubrimiento por distintos caminos y tiempos pero que tenían una gran cosa en común: la imaginación.
Y ése es otro punto que nos deja muy claro el ensayista Lagunas: que tanto la ciencia como la literatura se sirven de la imaginación. Todos los ensayos contenidos en este su Centro de gravedad giran alrededor de este tema bajo el epígrafe de Montaigne que abraza todo el libro: “Una fuerte imaginación generó el acontecimiento”.
Volviendo a Cyrano –más conocido por su larguísima nariz y por la obra de teatro que Rostand le dedicara en el siglo XIX, llevada al cine en 1990 con Gérard Depardieu como el narigón protagonista—“caviló, cuando Newton ni siquiera había publicado (1687) su ley de la gravitación universal, en cómo sería posible sustraerse a esa fuerza que nos mantiene sobre la tierra para poder llegar a la luna. Su imaginación se desató a tal grado que escribió varios textos con una serie de ingeniosos sistemas para subir a la luna, que hoy podrían considerarse relatos de “ciencia ficción”, pero que casi nadie conoce y que yo descubrí gracias al libro de mi querido ex alumno Marco Lagunas.
En contraste, cuarenta años después de los escasamente difundidos relatos de Cyrano que, según Lagunas es poco probable que hayan sido leídos por Newton, y tras haber recorrido un largo camino científico, el físico y matemático inglés fue reuniendo evidencias hasta llegar a la famosa anécdota de la manzana y formular, su ley de la gravitación universal que todos creemos conocer pero que me permito recordar: Newton dedujo que la fuerza con la que se atraen dos cuerpos de diferente masa depende únicamente del valor de sus masas y de la distancia que las separa. También observó que dicha fuerza actúa como si toda la masa de cada uno de los cuerpos estuviese concentrada únicamente en su centro, es decir en lo que llamamos “centro de gravedad”, como el libro del cual nos estamos ocupando esta tarde.
Ahora, gracias a otro gran físico y matemático llamado Albert Einstein sabemos que esta ley no era tan universal. Me atrevo a pensar, que no sería difícil que dentro de algunos pocos o muchos años venga otro científico a decirnos que la de Einsten tampoco lo es.
Pensemos en Neil Armstrong, el astronauta norteamericano que en 1969 tenía tan sólo 39 años y fue el primer ser humano que puso pie en la superficie lunar. En esa ocasión fue cuando dijo aquella famosa frase “Es un pequeño paso para un hombre pero un gran salto para la humanidad” y que hasta ahora, después de leer Centro de gravedad, el primero de los trece ensayos que están reunidos en este libro, cobra su verdadero sentido para mí porque el ensayo de Marco me ha informado sobre los muchos ensayos que con gran imaginación realizaron los literatos y científicos que precedieron a la nave que finalmente llegó a la luna a mediados del siglo XX.
Ni Cyrano, ni Newton, ni Einstein, ni Julio Verne, ni los hermanos Montgolfier, por mencionar sólo unos cuantos nombres de los que cita nuestro ensayista, se pudieron imaginar que un artefacto llamado Apolo 11 pudiera ser tripulado hasta la luna por un astronauta capaz de salir de la nave, pisar la luna y decir una frase que se conoció en todo el planeta.
Más tarde, ya devuelto en la tierra, Arrmstrong añadió que a ustedes –así lo dijo y supongo que se refería a ustedes, a los jóvenes– les dejamos mucho trabajo de investigación, ensayo y experimentación que todavía no se ha hecho. Hay que pensar que los ensayos literarios y los científicos tienen mucho en común: experimentar con alguna materia, imaginar, reflexionar, registrarlo todo por escrito y así hasta dar con el resultado deseado.
Tiempo después, todo mundo –literalmente todo el mundo– pudo ver las imágenes del alunizaje, pero no todos los mitos y fantasías creados alrededor de los astros se derrumbaron. Decir que en la Luna, el Sol, Marte no hay vida puede ser una verdad científica comprobable hasta hoy, pero no literaria.
Las dos son necesarias –concluye Marco Lagunas en este primer ensayo– que nos invita a seguir leyendo los doce restantes que componen su libro que, por esta y muchas otras razones, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2010.
Y es precisamente de eso de lo que se tratan los trece ensayos reunidos bajo el título de Centro de gravedad en este libro de Marco Lagunas: de hacernos pensar, de ensayar nuestro pensamiento –tal como hacíamos en las clases de química de secundaria, mezclando sustancias en los “tubos de ensaye”—para someterlas a distintas condiciones físicas y químicas y ver qué nueva sustancia resultaba.
Por lo pronto, podemos pensar que la ciencia y la literatura tienen mucho más en común de lo que pensábamos, ambas se apoyan en la Imaginación.
Quien no se atreve a imaginar nunca llegará a la luna ni tampoco escribirá un gran libro como éste, en el que Lagunas ha reunido a personajes tan aparentemente alejados en el tiempo y en el espacio como el poeta alemán von Kleist que en 1811 se suicidó dándose un tiro con la misma pistola con la que acababa de matar, de un certero tiro en el corazón, a su más querida amiga.
Es asombrosa la manera en que Marco Lagunas nos pone en contacto con personajes que recordamos haber oído en alguna ocasión pero de los que casi no sabemos nada que los haga existir como personas de carne y hueso, como Galileo, Descartes, Kepler, Cyrano, Newton o Einstein, entre los científicos; y Esquilo, Verne, Camus, Carroll, Kafka, Brecht o Grass, entre los literatos.
Es asombroso, digo, porque todos los que mencioné y muchos más están unidos por el fuerte y brillante hilo conductor de la imaginación y cada uno trae bajo el brazo el descubrimiento que hizo avanzar a la ciencia en el conocimiento de las leyes del universo, o la obra literaria que nos abrió muchas ventanas en el alma para contemplar el mundo de otra manera.
Y, lo más importante, es que Marco Lagunas no sólo es un brillante ensayista que pertenece a nuestra Facultad (de Filosofía y Letras de la UNAM);, sino que nunca ha perdido su “centro de gravedad” y sigue siendo el mismo que conocí hace ya más de diez años en la clase de Iniciación a las Investigaciones Literarias que daba yo en Letras Modernas.
Por último, no me queda más que darle las gracias a Marco por haber llenado muchas de mis lagunas y felicitarlo por este libro cuya lectura recomiendo vivamente. De veras lo van a disfrutar. Muchas gracias.
Seminario Público de Historia de la Cultura en México
Salón de Actos I Adolfo Sánchez Vázquez
Facultad de Filosofía y Letras UNAM,
27 de octubre de 2011
