Desconoce Calderón función del Estado

Humberto Musacchio

Es muy loable que los particulares con recursos tiendan la mano a los desvalidos. Se trata de un plausible gesto de humanidad que contribuye a una mejor convivencia, pues en una sociedad con tantas y tan terribles desigualdades, todo lo que se haga por solidaridad debe recibir la aprobación general.

El Estado tiene la obligación de dar, pero los particulares lo hacen porque quieren, porque ésa es su voluntad o, en el peor de los casos, porque de ese modo pagan menos impuestos. Por eso, aquello que en un ciudadano cualquiera resulta meritorio, incluso en alto grado, se convierte en su contrario cuando es el gobernante quien pretende aparecer como filántropo.

Tradicionalmente los gobernantes y sus esposas se han mostrado regaladores de obras realizadas con fondos públicos. En México estamos acostumbrados a que el Presidente da como algo personal a los ciudadanos agua potable, drenaje, hospitales, pavimentación y muchas cosas más. Durante sexenios, las esposas de los presidentes participaban de esta actitud dadivosa, pues regalaban desayunos escolares y otros bienes y servicios mediante el Instituto Nacional de Protección a la Infancia y luego por intercesión del DIF.

Con Ernesto Zedillo hubo un cambio que debía producir sonrojo: en los teletones se presentaban ese individuo y su mujer a hacer donativos, como cualquier hijo de vecino, aunque los ciudadanos nunca sabremos si daban aquellas sumas de su bolsillo o de nuestros impuestos. Vicente Fox, con su proverbial falta de ideas, mantuvo esa falsa filantropía y ese disfraz de su incompetencia, pues es a la acción gubernamental y no al ánimo dadivoso de los particulares a la que toca resolver problemas.

Ahora, con Felipe Calderón, hemos llegado a un punto que revela la absoluta incomprensión en torno al significado y función del aparato estatal. Dijo el habitante de Los Pinos: “Por más preparado que sea un experto del gobierno, nunca podrá sustituir ni mejorar lo que sale del corazón de la gente. Lo que se hace con el alma y el corazón será siempre la fuente más viva de mejoramiento social, por eso hay que apoyarlo”.

Lo que expresan esos términos, más propios de un teólogo que de un político, es una profunda desconfianza en el poder equilibrador de las instituciones, una lamentable incomprensión de la tarea que le toca a quien se ostenta como titular del Poder Ejecutivo de la nación, una renuncia cabal a ejercer las funciones que otorga la Constitución de la República al gobernante.

Eso explica las desgracias que han caído sobre el país.