Sólo hay cambios de camiseta

René Avilés Fabila

Hace poco más de una semana, Marcelo Ebrard hizo curiosas declaraciones a los medios donde se regocijaba del cambio de Andrés Manuel López Obrador: de violento y agresivo a pacifistas y dulce. Muchos articulistas caímos en la trampa y escribimos acerca de la metamorfosis.

Coincidíamos, al menos yo, que le sería benéfico al segundo, pues justamente lo que le ha restado muchas simpatías y votos ha sido su brutal autoritarismo, sus desplantes como el “cállate, chachalaca”, dicho al presidente Fox o mandar al “diablo a las instituciones” que hoy, dijo Calderón en los funerales de Francisco Blake, siguen firmes a pesar de las desgracias y los problemas.

López Obrador parecía otro: hablaba de paz y amor, de felicidad; declaró que no todos los ricos son malos y ya poco recuerda a los pobres a quienes tanto utilizó en sus discursos. Pero eso fue hará unos diez o doce días, ahora hemos recuperado al estadista discreto y de sólidos y positivos argumentos.

Para él, según dijo en Aguascalientes, Enrique Peña Nieto es un títere de la mafia, exactamente un “producto chatarra”. Fue más lejos: “Televisa es su encargada de la propaganda”.

El resto del discurso, donde metió en el mismo costal a Cuauhtémoc Cárdenas y a Manlio Fabio Beltrones y a “todos los de arriba” que quieren someter a la gente. La mejor prueba de que alucina el ex priísta es cuando precisó que a la mafia del poder no le interesa apoyar a nadie del PAN, que Peña Nieto es su candidato. A estas alturas, sólo falta la aguda respuesta de Gustavo Madero, otro político célebre por sus comentarios ridículos y groseros.

La verdad es que no es posible que López Obrador cambie, no después de la amargura que le produjo la derrota propinada por Felipe Calderón. En sus críticas entra asimismo el PRD y sólo se salva Morena y los partidos que lo siguen lealmente, porque saben que sin un líder como él, no tendrán los votos suficientes para obtener posiciones en el Senado y en la Cámara de Diputados.

Pero si somos justos, tampoco Ebrard es muy consistente. Sus intentos de cambio sólo han sido vistos en los distintos partidos políticos por los que ha pasado desde que se formó con Carlos Salinas su segundo de a bordo, Manuel Camacho. Es arrogante y autoritario y si se dignó a saludar de mano a Calderón, mientras otros lo abrazaban para confortarlo por la pérdida de Francisco Blake Mora, fue para mostrarle a sus camaradas de “las izquierdas” que puede ser flexible políticamente y que si antes lo odió por ser un usurpador, ahora lo ve como al presidente legítimo. Simplemente Ebrard trata de derrotar a su rival López Obrador.

Pero para cuando aparezcan estas líneas, la candidatura de “las izquierdas” se habrá decidido por López Obrador. Una ruta es la del triunfo en las encuestas, la otra es su empeño en llegar a Los Pinos y en el segundo caso lo será por los tres organismos que lo apoyan desde hace tiempo: el PT, el antes Convergencia y Morena, a los que ha fortalecido con un intenso trabajo, mientras en paralelo desgastaba al PRD.

Honestamente, ninguno de los dos ha cambiado salvo de siglas en la camiseta. En el fondo y en la superficie siguen siendo los dos políticos autoritarios que se formaron en el peor PRI. El problema es que recurran habitualmente a las mentiras, la demagogia y las calumnias en lugar de pelear con argumentos y propuestas.

 

www.reneavilesfabila.com.mx

www.recordanzas.blogspot.com