Juan Antonio Rosado

La llamaban La Peque y produjo una obra —prosa nítida, clara, concisa— donde, como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Julio Torri o Inés Arredondo, no hay desperdicio. Eran escritores que respetaban tanto la literatura, que publicaron poco, justo lo que tenían que decir, lo que si no expresaban podía convertirse tal vez en un daño. Debían expresarlo, pero además lo hicieron bien. En sus obras, es notoria la dolorosa búsqueda por la palabra y frases exactas. Como todo escritor que se precia de serlo, no creían en los sinónimos. El caso de Josefina Vicens (1911-1988) es, en este sentido, semejante al de Arredondo. La primera publicó dos novelas con veinticinco años de diferencia; la segunda, tres libros de cuentos con unos quince años de diferencia. Otra cualidad de ambas: ninguna creyó en la “literatura femenina”: el arte carece de sexo y de tiempo. Simplemente se adapta a las circunstancias.

Como en todo autor, en Vicens puede hallarse una serie de preocupaciones. La más notoria es la pesquisa de la identidad por parte de un protagonista masculino en un entorno en que —si bien aparecen elementos sociales o políticos— la intimidad, los aspectos sicológicos y existenciales marcarán la pauta para la lectura. El núcleo narrativo es la interioridad de un ser humano arrojado a la contingencia, en busca de sí a través de la escritura. Tal vez el existencialismo sartreano tuvo un impacto en la autora, aunque más allá de las cuestiones en torno a la libertad, en Vicens la identidad ocupa el centro.

El libro vacío (1958), su primera novela, tuvo algunas ediciones que incluyeron la célebre carta-prólogo de Octavio Paz. Esta narración se inicia con la irrupción de una voluntad indecisa: “No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años”. Más adelante insiste: “El no hacerlo es una victoria demasiado grande, sin lucha, sin heridas”. El dilema es escribir o no escribir, luchar o no luchar con la palabra: “No; creo que no lo haré nunca”. El personaje se resigna al fracaso, pero a la vez nos ha enganchado en su preocupación. La función autorreferencial es obvia desde el inicio. Las palabras brotan y el vacío se va llenando con ellas. Indeciso, el protagonista lucha, busca esa primera frase para su libro, y al final: “Esa luz, ¡qué fastidio! En fin, voy a acostarme y a seguir pensando. Tengo que encontrar esa primera frase. Tengo que encontrarla”. Sin haberlo hecho, lo hizo: la escritura triunfó; sin saberlo, el escritor se encontró en ella, se hizo la luz. Todo final es también un principio.

Su segunda novela, Los años falsos (1982), se inicia así: “Todos hemos venido a verme”, frase desconcertante por la oración subordinada de finalidad con pronombre enclítico en primera persona, que hace discordancia con el verbo de la oración principal: “hemos venido a verme”, como si hubiesen varias personas en un yo que se busca. Esta sola frase anuncia el desarrollo de la trama: un protagonista se enfrenta a la muerte de su padre y poco a poco va adquiriendo la personalidad de éste: hereda el trabajo y hasta la amante del papá; su madre deja de tratarlo como un hijo y funciona ya más como una esposa (sin llegar al incesto, como una relación ya desgastada y fría, pero en que persiste el amor), y las hermanas dejan de tratarlo como hermano y se vuelven como tímidas hijas. Independientemente del origen de la idea, la autora la desarrolla magistralmente, y a pesar de ser más breve que la obra anterior, es también más compleja por su estructura.

Juan José Arreola llegó a decir que el pensamiento opera sobre las palabras como manos y dedos. Así lo hicieron estos autores breves, pero intensos. Escritora intimista, existencial, sicológica, Vicens merecerá un justo homenaje porque su voz —ligada a temas universales, alejada del mero color local y de los fáciles arquetipos— persiste a pesar de los muchos avatares del tiempo y de las muchas propuestas literarias que han surgido de 1958 a la fecha.