AlbertoRojas

Por Gonzalo Valdés Medellín

Alberto Rojas El Caballo es uno de los artistas populares que mayor incidencia ha tenido en el rescate de los lenguajes propios de nuestra historia e idiosincrasia teatral, yendo del sketch carpero —en su más pura e incisiva acepción— a la revista musical y al reencuentro de los iconos inobjetables de lo popular mexicano. Por ello, no sorprende ahora que El Caballo ataque con una propuesta escénica en verdad valiosa, tanto por su discurso, como por su forma y, ante todo, por la sinceridad que la genera en la búsqueda de un teatro mexicano que hable a nuestros jóvenes y rescate sus valores y tradiciones nacionales, junto con los preceptos morales y espirituales, no sólo con gracia y humor, sino con una profundidad de espíritu y de reflexión —rayana en lo filosófico— pocas veces vista en los últimos tiempos en nuestra escena. Y así, el artista retoma ahora la tradición del Día de Muertos y los Fieles Difuntos con un espectáculo excepcional que da como resultado la captación de Los monólogos de La Catrina, concebido, escrito, producido, dirigido y actuado por Alberto Rojas en el Teatro de la República, donde habla La Catrina con el público, confrontándolo de manera gozosa y satírica con el dilema de la muerte. El autor se apoya en el arte de José Guadalupe Posada, en sus famosos grabados y, ante todo, en La Catrina, a la que con argucia interpretativa, envidiable colmillo actoral y técnica comediográfica de eficacia soberbia, El Caballo convierte en un personaje que habla directo a la conciencia de los seres vivos que la observan, escuchan, olfatean, temen… El humor surge en cada paso de esta Catrina que canta corridos, recurre a la canción vernácula de Lola Beltrán, critica al sensiblero Brad Pitt de ¿Conoces a Joe Black?, establece los verdaderos límites entre la muerte suprema y la vida eterna; entre la muerte como prolongación de la vida o como un paso más después de la misma, y en medio de los lugares comunes que no aciertan a encajonar bien a La Muerte, con mayúsculas, sino en trilladas y manidas fórmulas como el terror o, si bien va, cachondeándola con el ingenio del habla popular mexicana: La Patas de Hilo, La Pelona, La Parca… La Catrina resulta a todas luces un espectáculo de primer orden. La sencillez de recursos escénicos se vuelca en riqueza conceptual extraordinaria por su complejidad de significados que recorren no sólo la existencialidad, sino la misma religión y el dogma cristiano. Hermoso resulta el cuadro donde La Catrina se transforma de súbito en la imagen viva y subyugante del Cristo, en una escena sobrecogedora y contundente. Siempre vapuleado por la crítica “exquisita” y las tendenciosidades elitistas, el teatro popular, sin embargo, no cesa en sus intentos por estar presente en el gusto, el ánimo y los intereses del público medio. A ello responde el trabajo de los artistas populares que toda vez rastrean formas nuevas de contactar a ese público siempre minimizado y toda vez relegado. La Catrina viene a confirmar, a pesar de todo, la vigencia, permanencia y grandeza de lo popular en el teatro. Así pues, Alberto Rojas se refrenda como un genuino artista del pueblo. Un creador nato. Ésta, sin duda, es una obra que lo ubica como un hombre de teatro en plenitud de facultades creadoras, impulsando con lucidez, honestidad y congruencia lo mejor del teatro popular mexicano de los últimos tiempos y, asimismo, manifestando algo de lo más trascendente que ha dado nuestro teatro en los últimos años. Hay que ver a La Catrina en este Día de Muertos, evocando la cotidiana muerte nuestra de cada día, para renacer espiritualizados junto con las carcajadas y el talento apabullante de Alberto Rojas El Caballo.