Carlos Guevara Meza

Al momento de escribir estas líneas faltaban horas para que la Agencia Internacional de Energía Atómica divulgara su informe sobre el programa nuclear iraní. Sin embargo, las especulaciones y las filtraciones habían comenzado semanas antes y todas en una misma dirección: Irán está en posibilidad de producir armamento nuclear. Aunque el gobierno de ese país ha afirmado siempre que su programa es de uso pacífico, sus tradicionales enemigos políticos enarbolan la bandera de la amenaza iraní sobre la región y el mundo.

Es claro, por otro lado, que la anunciada y en parte practicada retirada de Estados Unidos de Irak, deja un amplio espacio de acción diplomática y económica para que Irán asuma un importante liderazgo regional, antes impedido, primero, por el régimen de Saddam Hussein y, luego, por la presencia norteamericana. Pero la debilidad del actual gobierno iraquí, formado en su mayoría por personajes que estuvieron mucho tiempo ligados a Irán (ahí pasaron sus largos exilios), casi garantiza la nueva presencia iraní en la zona. Desde luego, esto es lo último que desea Estados Unidos y sus principales aliados en Medio Oriente, comenzando por supuesto con Israel, y siguiendo con los regímenes suníes autoritarios, que siempre han visto con malos ojos la revolución popular y fundamentalista de Irán.

Aunque hay muchas razones para desconfiar de los informes internacionales sobre el programa nuclear iraní (sólo hay que recordar las nunca encontradas “armas de destrucción masiva” que sirvieron de justificación para invadir Irak), los países involucrados comienzan a tomar medidas provisorias, o han tomado providencias para una acción de presión militar sobre Irán y cuentan con el pretexto del supuesto armamento atómico.

En Israel el premier Benjamín Netanyahu ha estado discutiendo con su gabinete la posibilidad de lanzar un ataque “preventivo” contra Irán con tanta insistencia que, al parecer, miembros del propio gobierno (o del ejército o de las agencias de seguridad) filtraron el debate a la prensa con el fin de desactivarlo. Y es que tanto los altos mandos militares y los cuerpos de inteligencia, como varios de los partidos políticos que forman la coalición gobernante, consideran que el ataque sería un sinsentido, no sólo por la escasa probabilidad militar de dañar en efecto las instalaciones nucleares, sino también por la seguridad de la represalias iraníes. El gobierno de Barak Obama, por su parte, no está es posibilidad de lanzar una seria amenaza de fuerza contra Irán, en vísperas de elecciones y cuando su apoyo a las revoluciones árabes no le está redituando demasiado (pues hay una tendencia al islamismo en los nuevos gobiernos). Sin embargo, se filtró a la prensa que el gran aliado de Estados Unidos, Gran Bretaña, ya realiza preparativos navales y militares para un posible conflicto. Y eso también es un mensaje.

Como lo es la nula intervención occidental en Siria, aliado de Irán. Salvo los llamados diplomáticos y algunas sanciones, la comunidad internacional (con excepción de Turquía) no está brindando apoyo a la revuelta popular que quiere cambiar el régimen de Bashar el Assad. Las noticias, no siempre confirmadas, de una escalada en las revueltas y la represión, no son buenos signos. Y es que con la crisis que afecta a Occidente, se ve lejano un mayor involucramiento por más que estén en juego grandes intereses.