Cuando parecía que el asunto de la crisis griega se había solucionado, con un paquete de ayuda que incluía la rebaja del 50 por ciento de la deuda y más fondos para evitar la suspensión de pagos, el primer ministro Yorgos Papandreu, al borde del colapso político entre la pared de las exigencias europeas (o más bien dicho, de Alemania y Francia) y las espadas del partido de oposición, su propio partido y la gente en las calles manifestándose, anunció que sometería el paquete a un referéndum. Y fue como un balde de agua fría. Los mercados se desplomaron y la crisis amenazaba con extenderse por toda Europa.
Papandreu quizá esperaba obtener una manifestación de apoyo para permanecer en la zona euro, cuando muchos dentro y fuera de Grecia opinan que la salida sería lo mejor; así como fortalecer su posición frente a sus opositores internos y frente al liderazgo europeo, que lo ha tratado como si él solo hubiera causado todo el desbarajuste (cuando la mayoría de los errores que llevaron a la crisis fueron del gobierno anterior, del otro partido). Pero ello significaba correr el riesgo de que el paquete fuera rechazado por las terribles medidas de austeridad que implica para el pueblo griego, al que no se le ofrece ninguna esperanza de mejoría en el futuro cercano, ni en el lejano. Y el temor de los “mercados” a ese riesgo amenazaba con todo. Al momento de escribir estas líneas Lucas Papadimos quien fuera vicepresidente del Banco Central Europeo se perfilaba ya para convertirse en el próximo Primer Ministro de Grecia el cual encabezará un nuevo gobierno de unidad que deberá aprobar el último plan de rescate ofrecido por la Unión Europea al país heleno.
La reunión del G-20 en Cannes, largamente preparada por el presidente Sarkozy para cerrar con broche de oro su presidencia anual del grupo, resultó completamente opacada por los problemas griegos y sus implicaciones para Europa en su conjunto. Prácticamente toda la agenda se vino abajo (aunque las reuniones programadas se realizaron), mientras los líderes mundiales negociaban tras bambalinas una salida, presionando a Papandreu por un lado para que retirara el referéndum, y al primer ministro italiano Silvio Berlusconi por el otro, para que comenzara a aplicar medidas de emergencia en caso de que Grecia cayera: Italia es la siguiente pieza en el efecto dominó que ya tumbó a Irlanda y Portugal. Berlusconi lo hizo, aunque corre el riesgo de ver su gobierno caer, como cayeron los otros, y como cayó también Papandreu que, al final, cedió a costa de sí mismo. El acuerdo para aprobar el paquete de ayuda europea implicó la formación de un gobierno de unidad nacional con el nombramiento de un nuevo primer ministro interino, que deberá aplicar las medidas de ajuste y convocar a nuevas elecciones en pocos meses.
Pero la cumbre del G-20 fue sólo el escenario del drama, porque el grupo como tal no metió las manos. Europa pidió inversiones y no se las dieron los llamados países emergentes: ni China, ni Rusia ni Brasil. Tampoco Estados Unidos con su propia crisis y su presidente debilitado en vísperas de elecciones. Los emergentes propusieron apoyar con más recursos al FMI, pero a cambio de más poder en el organismo, lo que Obama vetó por el costo que ello le implicaría en su propio país. Se propuso que la moneda china se revalorizara y se convirtiera en moneda de reserva, y no se pudo. Tampoco se pudo lograr el acuerdo para cobrar impuestos a las operaciones financieras. Europa está sola, y lo estará mientras no cambien las reglas del juego que por tantos años los beneficiaron. Mientras tanto, la crisis sigue.
