Vicente Francisco Torres
(Segunda de tres partes)
El primer apartado de Amor y exilio es una dilatada y precoz reflexión sobre el aprendizaje del oficio de escritor que, para Bashevis, está íntimamente ligado al conocimiento de la condición humana: “Eran hombres y mujeres que ansiaban encontrar la felicidad juntos y, en lugar de ello, caían en disputas absurdas, acusaciones malévolas, toda clase de mentiras y actos de traición. Cada uno perseguía ser más fuerte que el otro, y a menudo menospreciar y denigrar al más débil (…) Hasta las personas supuestamente buenas encierran la maldad. A menudo, los mártires de ayer son los tiranos de hoy”.
Su infancia, adolescencia y temprana juventud, plagadas de milagros y fantasías, lo llevaron también a las búsquedas religiosas y filosóficas, que pese a las enseñanzas de sus padres, no fueron muy risueñas: “Todas mis pesquisas conducían a la misma conclusión: Dentro de la Creación existía algún plan, alguien a quien llamamos Dios, pero éste no se había revelado a nadie ni jamás había habido el mínimo indicio de que desease el amor, la paz y la justicia. La historia del hombre y de las bestias, así como la totalidad de los datos apuntaban a algo diametralmente opuesto: se trataba de un Dios hecho de fuerza y crueldad cuyo principio era el poder da la razón”.
Paradójicamente, la personalidad de Isaac Bashevis, tan bondadosa e imbuida de religiosidad, siempre se sintió atraída por el sexo. En su adolescencia, su primer gran amor fue una mujer que le doblaba la edad y era tres veces viuda, aficionada a la teosofía, el espiritismo, el hipnotismo y el magnetismo, saberes que siempre fueron del interés del futuro escritor.
De su intensa sensualidad, de sus lecturas, de sus trabajos como traductor y corrector de pruebas, de sus múltiples amoríos, de sus reflexiones religiosas, filosóficas y literarias (“es posible ser profundo y claro a la vez”), de su experiencia vital, surgió una visión del mundo que, aunque se expresa en sus libros, no es la que deja a final de cuentas en sus lectores: “Yo no era más que un niño, pero mi visión del mundo era la misma que tengo hoy: un matadero inmenso, un enorme infierno”.
