Obstáculo para el desarrollo nacional

Manuel Espino

La llamada clase política mexicana ha diseñado un elaborado teatro para aparentar que se celebra un diálogo, sin jamás concretarlo. Seguramente el lector habrá asistido a algún evento en el que un grupo de políticos rivales se abrazan, se sonríen, leen discursos plenos de apertura y por un momento parecen superar enemistades en muchas ocasiones añejas y profundas.

Una vez repartidos cientos de abrazos y estrechados cientos de manos, el encuentro público termina y todos los participantes se miran satisfechos, con una autosuficiencia que parece presumir: “misión cumplida”, desde la seguridad de que al día siguiente habrá suficientes titulares en la prensa.

Repetir estos rituales huecos ha tenido escasos resultados en la vida real. Evidente es que a pesar de los incesantes “diálogos” y “pactos” pocos son quienes escuchan a los que expresan ideas diferentes y menos aún los que celebran acuerdos efectivos.

Este teatro político tan solo sería una pésima comedia si no lastrara el desarrollo de nuestra república. En última instancia, la ausencia de diálogo provoca pobreza y división entre los mexicanos. Es la base, también, de muchos rasgos violentos que aún perviven en nuestra cultura.

Incentivos perversos para el conflicto

Esta actitud vana y perjudicial de muchos políticos es recompensada con cobertura mediática y con una inmerecida atención. El encuentro entre dos rivales será difundido y analizado como una noticia real, así haya sido una trivial charla de café sin el más mínimo impacto.

Igualmente, algunos medios brindan espacio a políticos que tienen como único rasgo sobresaliente atacar e insultar sistemáticamente. Hay quien jamás ha elaborado una propuesta viable ni brindado ningún impacto positivo a la vida pública y, no obstante, cuenta con un capital político significativo basado en la presencia que determinados espacios noticiosos otorgan a sus exabruptos.

Poco ayuda la desconfianza que provoca el acendrado partidarismo, por la cual ante la reunión de dos políticos de inmediato se especula que están “tramando” acuerdos o negociando “en lo oscuro”.

Diálogo, antítesis de la violencia

Según Norberto Bobbio, “la fe en la razón quiere decir confianza en la discusión, en los buenos argumentos, en la inteligencia que dirime las cuestiones obscuras, en contra de la pasión que las hace incluso más turbias y en contra de la violencia que elimina desde el inicio la posibilidad del diálogo”.

Es decir, abrirse al diálogo en ningún aspecto es señal de debilidad ideológica, todo lo contrario, es confiar en la capacidad humana de encontrar puntos de coincidencia para trabajar por objetivos superiores.

Por desgracia, lo más parecido al diálogo que tenemos en nuestro país son las componendas sombrías entre políticos, hechas a espaldas escondidas y con el objetivo de satisfacer únicamente los intereses coyunturales de los individuos y los grupos que las conducen, jamás el bienestar superior de la sociedad.

En lo personal y como coordinador del movimiento nacional Volver a Empezar, he asumido el compromiso de promover el diálogo con grupos y personas que sostienen ideas radicalmente diferentes de las mías.

En un México dialogante, las reformas legislativas estructurales  ya serían una realidad o se contaría con la capacidad de coordinar las fuerzas de seguridad de los tres órdenes de gobierno, por poner solo dos ejemplos en temas torales para la vida nacional.

Por todo ello, los ciudadanos, y muy especialmente quienes desempeñamos labores políticas o periodísticas, tenemos la obligación ética de denunciar los falsos diálogos y recordar que en última instancia son el obstáculo primordial para el desarrollo nacional y para la unidad entre los mexicanos.

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