Un pacto entre el agua y el aceite

 

Carlos Guevara Meza

Un pacto de última hora entre el agua y el aceite logró salvar el proceso electoral egipcio, después de una intensa semana de manifestaciones en la Plaza Tahir y de una brutal represión que produjo 40 muertos y más de 3 mil heridos, según las cifras oficiales que la oposición y la prensa internacional ponen en duda.

Aunque todo el mundo sabe que la decisión de la represión provino de la Junta Militar que gobierna Egipto, represión en la que participó el ejército directamente, el mariscal Mohamed Tantaui logró ingeniárselas para echarle la culpa a la policía y hacer parecer que los militares volvían a salvar la situación (como cuando depusieron a Mubarak). Tantaui retiró a la policía y colocó una barricada de concreto en la calle Mohamed Mahmoud (que da acceso al edificio del Ministerio del Interior desde la Plaza Tahir), lugar de los principales enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, provocados, eso sí, por los policías, pues la gente nunca intentó llegar al ministerio (tan es así que otros accesos no han sido bloqueados).

      Además de la intensa presión interna, la Junta tuvo que aceptar una recomendación muy tajante de Estados Unidos para que cediera el poder lo antes posible a un gobierno civil, mientras sus propios ministros civiles renunciaban en bloque, incapaces de controlar la situación. En ese contexto, la Junta quiso negociar con los principales candidatos presidenciales de la oposición laica e importantes líderes morales de la revolución, Mohamed el Baradei (ex director de la Agencia Internacional de Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz) y Amr Musa (ex secretario general de la Liga Árabe), pero ambos rechazaron apoyar a Tantaui y más bien se sumaron a la exigencia de Tahir de que se vaya. Pero un posible aliado surgió de pronto, aunque no inesperadamente: los Hermanos Musulmanes, el partido de oposición más grande y mejor organizado, decidió apoyar el proceso electoral legislativo que inició el 28 de noviembre y que durará tres meses, a cambio de un adelanto en la elección presidencial (prevista para 2013, pero adelantada a junio de 2012).

Y es que los Hermanos Musulmanes, un partido islamista moderado pero que está trabajando en coalición con otros más radicales, fue siempre un enemigo jurado de la dictadura militar, al grado de sufrir la peor de las represiones durante el régimen de Mubarak; además, la Junta Militar ha actuado buscando reducir su influencia lo más posible y hasta se llegó a decir que los disturbios eran provocados por el mismo ejército con tal de retrasar las elecciones, en las que se prevé una aplastante victoria de la Hermandad. Esta previsión hace lógica la alianza de los islamistas con los militares laicos-nacionalistas que antes parecía imposible. Y la Hermandad sólo tuvo que dejar de participar en las manifestaciones para reducir drásticamente el peligro que representaba la multitud revolucionaria. Eso dio espacio de maniobra a la Junta para nombrar nuevos ministros (aunque estos no tengan ningún tipo de autoridad moral ni de poder efectivo), y mantener su tutela sobre la transición, pero al alto costo de conceder una previsible mayoría legislativa a los islamistas y por lo tanto en la comisión que redactará la nueva constitución en la que, así las cosas, podríamos esperar más islamismo por un lado, y casi el mismo poder que el ejército ha tenido, por el otro. Y sin embargo, la revolución aún no ha acabado.