Claudio R. Delgado

El mes de noviembre de 2001, la Secretaría de Relaciones Exteriores publicó con motivo del centenario del natalicio de José Gorostiza (Tabasco1901- ciudad de México 1973), una bella edición facsimilar numerada de su magnifico poema titulado: Muerte sin fin (1939), el cual sigue siendo dentro de la lírica nacional, uno de los textosmás sobresalientes de la poesía mexicana del siglo XX, y uno de los poemas perfectos, más enigmáticos y elocuentes de nuestro continente, el cual coloca, además, al poeta tabasqueño por derecho propio, a la altura de los más grandes poetas hispanoamericanos de la historia.

Dicha edición facsimilar incluye Canciones para cantar en las barcas (1925) y La tesis de México entre Chapultepec y Bogotá (1948). Recordemos que Gorostiza, al igual que Don Jaime Torres Bodet, amigo y contemporáneo de éste, también desempeñó varios cargos diplomáticos a lo largo de su vida y que lo mismo que Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer y el mismo Torres Bodet, perteneció a la generación de los Contemporáneos. Uno de los grupos de escritores mexicanos que más han aportado a la literatura nacional y que rompen con el tradicionalismo nacional para llevar a nuestras letras al mundo del cosmopolitismo y a la apertura de nuevas corrientes y formas en la escritura.

Al celebrarse este 2011 los 110 años del nacimiento del autor de Muerte sin fin, encontramos un magnifico pretexto para referirnos a este poema y a su autor, como uno de los personajes que dentro de la generación de Contemporáneos, se distingue por su brevedad en la producción literaria, pero sobre todo, por su grandeza y abundancia poética, por su substancia lírica que deriva de nociones teológicas, tal vez aprendidas en su juventud y que se reconoce por la emoción singular que su descubrimiento produce y señala, “como en el encuentro de Orestes y Electra”, es decir, entre la exacta conjugación del poeta y la poesía.

En Muerte sin fin, el poeta sin duda deja trasparentar las esencias del amor, la vida, la muerte y Dios; cuatro puntos cardinales de un mapa que se esfuerza por crear un lenguaje que haciéndolo más claro se puede observar a través de él y dentro de esas esencias. Porque la poesía es un juego de espejos en el que la palabra se refleja una tras otra hasta el infinito y se recompone en ese mundo a veces atávico donde el poeta “se apodera de los poderes escondidos del hombre” y establece contacto con lo que se encuentra más allá, con aquello que le permite crear una real y cabal expresión: su conciencia, su interior, su voz única y verdadera que es la misma esencia de Dios.

Esencia que Gorostiza en Muerte sin fin, se trasluce como un verdadero hombre de Dios, y con esta palabra no busco hacer referencia alguna al sentido religioso, a la definición rancia que suele darse cuando hablamos del Ser supremo, sino al don o toque divino que produce o significa la poesía, sobre todo si tomamos en cuenta que el poema no resulta un encuentro casual o repentino con la misma poesía, sino un camino que nos revela al creador que no envejece, sino al que perdura y se mantiene en el curso perpetuo del tiempo y que al retomarlo nos permite descubrir, asombrosamente su vitalidad y permanencia.

Según el mismo Gorostiza, “la poesía (aquella que ya se contaminó de vida) ha de morir…La matan los instrumentos mismos que le dieron forma: la palabra, el estilo, el gusto, la escuela”.

Sin embrago y pese a la afirmación del poeta, estos cuatro elementos hacen precisamente que Muerte sin fin, sea constante, actual, palpitante y renovador, nuevo, pues al echar un vistazo a la poesía actual y a la creación literaria tan desteñida en general (salvo honrosas excepciones), nos damos cuenta que a pesar del tiempo, la poesía de José Gorostiza aún nos da esperanza y ánimo, pero sobre todo fe en la palabra, esa que el autor entrega y que la hace durar un día más o un día menos, según su habilidad para sustraerla a la acción del tiempo.

En la poesía, “como sucede con el milagro”, lo que importa es la intensidad. “Nadie sino el Ser Único, más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede –a semejanza suya- sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios”, y eso es justamente José Gorostiza.