Lo religioso en un mundo secularizado

Carlo Pizano

El pasado 12 de diciembre, se celebró en todo México el 480 aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego en el cerro del Tepeyac en el territorio de lo que es ahora la Delegación Gustavo A. Madero en la ciudad de México. Una vez más, millones de peregrinos abarrotaron los alrededores del que es el templo mariano más importante del mundo. Festejos y conmemoraciones suspendieron labores a lo largo de la república, es más, los bancos han escogido el día doce del último mes del año para descansar por el Día del Banquero y hasta en Roma el obispo de Roma Benedicto XVI ha escogido dicha fecha para dar realce al Bicentenario de las Independencias de las naciones latinoamericanas. Barrios, colonias, pueblos, rancherías, pequeñas y grandes comunidades realizan eventos privados y públicos para recordar un acontecimiento que simboliza y explica la identidad nacional.

Así, alrededor del doceavo día de diciembre, múltiples expresiones de fe guadalupana se llevaron a cabo por la población en el espacio público en la calle. Llamó la atención la crítica de algunas personas en redes sociales como Twitter, respecto a la participación de políticos y servidores públicos de izquierda (normalmente promotores del aborto, eutanasia, “matrimonios” del mismo sexo) en festejos a la Virgen de Guadalupe; cabe recordar la inauguración de la Plaza Mariana a la que asistieron Felipe Calderón y Marcelo Ebrard con el cardenal Norberto Rivera. Esto provocó de nuevo la eterna discusión sobre lo que significa el Estado laico. De nuevo las confusiones sobre el lugar de lo religioso en un mundo secularizado. Vale la pena recordar los principios. La Declaración Universal de los Derechos Humanos señala en su artículo 18 que “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Así el carácter laico de la organización política significa que el Estado no puede imponer creencias religiosas a través del gobierno. Pero también supone que desde el Estado se pretenda eliminar creencias religiosas. Es una avenida de dos sentidos. Desde un laicidad positiva expresada por el mandatario francés Sarkozy, se entiende que los valores morales y la vertebración de todas las religiones aportan un activo para el Estado en la construcción de la fraternidad en una sociedad. Se argumenta que se viola el Estado laico cuando se generan legislaciones o políticas públicas que contengan valores o finalidades que se compartan con alguna religión. Se dice que esas políticas no tienen cabida en lo público. Yo me pregunto ¿y las legislaciones o políticas públicas que se inspiran en ideologías que buscan imponer modelos de vida o de comportamiento a toda una sociedad debieran también estar prescritas? En realidad lo que hay detrás de la descalificación de lo religioso en el ámbito público es una ideología ya vieja que busca eliminar todo criterio moral y ético en el espacio público. Lo que olvidan es que el Estado, acompañado por la norma jurídica, es el instrumento para lograr que una sociedad sea el espacio para que cada ser humano pueda lograr su desarrollo integral. Desarrollo integral que supone encaminar a la persona hacia aquello que le conviene y alejarlo de lo que le perjudica como ser racional. La norma jurídica que contiene las políticas públicas sigue siendo norma de conducta, que busca que se realice determinado comportamiento. Es decir hay una finalidad, y esa finalidad es proporcionarle bienes al individuo en la sociedad, no males.