Ricardo Muñoz Munguía

El cambio, la transformación es la constante del más reciente poemario de Leonardo Meza Jara (Parral, Chihuahua, 1975). El libro, Los infiernos de Lázaro, nos jala, y no decepciona. Sin embargo, el título, que también es el de un apartado, deja la sensación que el tema fue apurado —con una labor cuidada— y que bien valdría la pena desatarlo y que eso fuera todo el libro. Pero no, el profesor, crítico literario, ensayista y poeta abre la mirada y así la estructura, en escenas panorámicas que nos dan cuenta de la evolución de los diversos escenarios que discurren en las páginas del volumen.

Los infiernos de Lázaro se estructura en siete apartados. Cada uno de ellos podría ser un solo poema o, a su vez, siete poemas centrados en una temática: El diálogo de los cuerpos que enuncian transformaciones las enmarca el poeta: “En esta habitación los cuerpos tienen un lenguaje que no puede pensarse/ y el roce es abundancia de infinitos”. Las palabras en ebullición donde desfallecen algunas y otras se renuevan o nacen se aposentan sobre en un mismo círculo: “Las antiguas palabras./ Las erosionadas mismas palabras”. La vida que no fue vida y que el propio Lázaro bíblico vio su atormentado andar: “Estás desnudo, completamente solo con tu cuerpo, con tu nombre que ahora nos sacude. Levantas tu morada con raigambres de ira y te enredas en todo lo vacío”. El tiempo con su puño que erosiona el alrededor: “La diminuta arena, la hija más pequeña en la sequía”. La visión infantil, sobre príncipes y ranas, también menciona sus actuales pasos: “La hermosa doncella tomó al batracio en sus manos. Cerró los ojos o tal vez los abrió, ¿quién pudiera saberlo? Le dio un enorme beso, casi vertió su alma en la saliva”. El canto sobre imparables escenas de los días se entona: “El mundo está creciendo. El aire es más que el día imaginado. Levantas la cabeza para mirar la casa en movimiento”. Finalmente le da voz a las paredes, a la naturaleza, que nos ven desde su sitio externo: “Este árbol se está secando todavía, pero da frutos ‘madre’, tenuemente pequeños. Los frutos que callamos, raigambres que han de estar en nuestras manos para hacerse semillas de la angustia”.

Leonardo Meza Jara, Los infiernos de Lázaro. Solar / Instituto Chihuahuense de la Cultura, Chihuahua, México, 2011; 107 pp.