Entrevista a José Luis Trueba/Autor de La conspiración

Eve Gil

“Cada quien escoge a su mequetrefe”, dice José Luis Trueba, prolífico autor quien recientemente ha publicado La conspiración (Suma de Letras, México, 2011), refiriéndose a los afanes reivindicadores de ciertos historiadores que, con una mano en la cintura, han trastocado la historia oficial.

Repentinamente, el también autor de una veintena de títulos que reúnen novela, ensayo y periodismo, me revira la pregunta: “ Si yo te dijera, Eve, ¿con quién te vas de parranda, con Santa Anna o con Juárez?

“Pues, para el relajo, a Santa Anna, pero yo prefiero las charlas profundas. Así que elegiría a Juárez”, respondo.

“¿Ves? Cada quien escoge su mequetrefe —ríe—. Todos estos personajes en realidad tienen las mismas debilidades, flaquezas y miserias de cualquiera, sólo que les tocó salir en foto grande. Cuando nos acercamos a verlos como seres humanos, descubrimos que siempre tuvieron problemas: uno mató, otro violó, otro padeció de alcoholismo o era medio ratero, es decir: seres humanos.”

 

Al momento de la Independencia

La conspiración aborda, de forma novelada, un tema que Trueba ya había desarrollado en un espléndido ensayo titulado Masones en México. Parte del momento en que México se asume independiente —aunque la sombra de la duda sobre dicha independencia, señala el propio autor con ácido sentido del humor, se agiganta en vez de desvanecerse— y Agustín de Iturbide es declarado emperador del nuevo país en una ceremonia solemne que el novelista describe de forma pintoresca y maliciosa: México, parece decir, ha sido, desde sus inicios, un país esquizofrénico: quienes fueron fieles a Morelos, se inclinaban ante quien en sus orígenes fue un realista que se opuso ferozmente a los independistas. Nicolás Bravo reflexiona al respecto:

“…El asesino de inocentes e insurgentes no tenía el tamaño necesario para conducir el imperio: lo suyo era la violencia y la soberbia, las mentadas de madre y las ansias de figuranza, los robos, que se olvidaban a fuerza de componendas; de resto, Iturbide nada tenía que ofrecerle al Imperio Mexicano. Sin embargo, por más que lo pensaba, ningún nombre venía a su cabeza: llamar a los borbones, a los reyes e España, era  absurdo, imbécil…” (p. 19).

“Nicolás Bravo era uno de los hombres más cercanos a Morelos.” Por supuesto, señala Trueba, que Bravo va a hablar bonito de Morelos. Todos van cabalgando, caminando detrás del hombre que asesinó a sus hermanos o fusiló a sus amigos, pero se supone que los une un mismo ideal. Pero, bueno, ya nos hicimos independientes, ¿y ahora? Porque tampoco es una independencia tan dependiente, perdón que lo diga en esos términos, todavía se huele la posibilidad de la reconquista en el ambiente.”

¿Qué hacer?

“Cuando oficialmente se decretó la Independencia —prosigue apasionadamente el autor, listo para entrar en materia respecto a la injerencia de los masones en esta historia— la gran pregunta era: ¿y ahora qué hacemos? Lo primero que se les ocurre es «vamos a organizarnos», y para organizarse no piensan en partidos políticos —todavía no se inventaban—; tampoco había manera de llegar a un acuerdo con la gente de Tamaulipas y Sonora porque estaban re’ lejos. A eso hay que agregarle que estas cosas tenían que arreglarse en absoluto secreto. ¡Fue la gran oportunidad para los masones! Estas logias, como están ramificadas, permitieron a los conspiradores tener comunicación con los que están en Sonora o en Veracruz, y esto era verdaderamente sensacional. Estas mismas huestes nos ayudan a encontrarnos con la gente que nos apoyan en el extranjero.”

Contrario a los masones extranjeros, divididos en escoceses y yorkistas, los mexicanos, profundamente católicos, nunca pudieron dejar de serlo al ingresar a la masonería, “porque un masón quedaba automáticamente excomulgado. De hecho, en aquella época, no ser católico era algo de tremendamente de mal gusto.  Esta tensión entre masonería y catolicismo, muy mexicana, por cierto, va a irse suavizando pues las logias mexicanas irán quedando marcadas, poco a poco, por la religión católica, si bien es cierto  que existe una fusión de la masonería con el laicismo. Y el liberalismo, en México, además de esta, hay una tradición profundamente guadalupana, desde el padre Mier, hasta Manuel Codorniu, y el propio Nicolás Bravo, son gente profundamente religiosa y profundamente masona.”

Los ingleses apoyaban a los conservadores, por así decirle, y los estadounidenses, a los liberales: “Desde el siglo XIX, la masonería y las sociedades secretas la hacen de partidos políticos porque no había PRI, PAN, PRD ni nada por el estilo. Todos militaban en escoceses, yorquinos, etcétera. Las logias, por grandes que fueran, eran muy poca gente en relación con el resto del país, por lo que existía un desprecio de estos hacia aquellos. En el siglo XX la situación es al revés: ¿qué importan las mayorías? Las minorías ya no rifan. Imagínate a alguien como Cárdenas, y luego a alguien como Vicente Guerrero. ¿Qué le importa más a Cárdenas? ¿Lo que piensa el gran maestre de Toluca o sus tratos con la CTM? A Guerrero sí le preocupaba lo que pensaba el gran maestre de Toluca porque era el cacique local. La sociedad cada vez se abre más y se vuelve más laxa.” “Compara lo que sucede con la información ahora y hace unos treinta años. Hoy, guardar un secreto, resulta tan difícil que hasta dudas que lo haya. Y la logia para funcionar requiere secreto.”

No confundamos la buena educación con la masonería. Si bien es cierto que los masones invitaron a los priístas, es cierto, también lo es que los priístas fueron nombrados grandes masones por estos mismos, y que los priístas aceptaron… ¿Participaron los priístas en la masonería? No. Una cosa es que te inviten y te hagan un halago, y otra que partícipes.

“Al presidente no sólo lo nombraban gran masón, sino también le daban el bastón de bando de los tlaxcaltecas, y él los aceptaba por educación, pero de ahí a serlo en lo absoluto. Así, entonces, los priístas no eran tan masones como se cree, sí, hubo algunos que lo fueron, pero son una minoría.”