Pável Granados

Danzón (1991) es la estética de los contrastes, la poética de la noche. En la pantalla, el blanco y el rojo transcurren entre sombras. La vida espera el ocaso para comenzar a manifestarse. Antes, sólo el trabajo, la vida diaria, la cotidianidad subordinada al momento del baile. Y toda la maravillosa cinta de María Novaro sigue esta lógica, la lógica del baile. Julia, la sutil telefonista, busca a Carmelo, su pareja, quien una noche no se presenta en el salón; lo busca con un desconocimiento del mundo y de la realidad que enternece profundamente al espectador. Ella sigue los rumores y los chismes que la llevan a Veracruz. Aunque cualquier pretexto es bueno para volver a Veracruz. Sabemos que Carmelo no está en el puerto, pues como decía: ella no sigue ninguna certeza. Es que quizá Julia se sumerge en sí misma, en sus sueños, persigue su propio sueño. ¿A dónde más podría ir Carmelo sino a los mismos lugares inaprensibles del danzón? ¿a los territorios míticos? ¿a Veracruz y a sus bailadores? ¿al puerto por donde llegó el danzón a fines del siglo XIX?
Antes, en su vida diaria, Julia sólo conoce una parte del danzón: el baile al terminar el trabajo, la certeza de que Carmelo estará cada noche para bailar. Pues el baile es esa forma de vivir y, al mismo tiempo, de escapar a la vida, de volverla más habitable. Pero ciertamente, se trata de una forma de vivir el presente, incluso de una forma amable y “presentable” ante su familia. Pero en Veracruz, conoce la otra cara del danzón, de este baile bifronte, porque en el puerto, el danzón se despoja, por decirlo de algún modo, de cierta corrección. Julia “desciende”… de algún modo, bailar danzón es una especie de descenso al mundo de la noche y del erotismo. Pero a ella la protege la presencia de sus amigas del trabajo, de su hija. En cambio, en Veracruz, al buscar a Carmelo, se va encontrando a sí misma. Sí, pues Julia se enfrenta a un mundo que funciona de otra manera diferente al que está acostumbrada.
Se sigue la estética del danzón, es cierto. Pero ya la sola presencia de María Rojo es una categoría estética. Su personaje se transforma, se ve de pronto a sí misma y se sorprende, va conociendo las posibilidades de su propia libertad. Cuando Tito Vasconcelos la maquilla y la arroja al puerto, la arroja como una flor. De alguna manera Julia florece, se vuelve fragante, deslumbra y enamora. Camina por el puerto mientras suena un poema de Xavier Villaurrutia musicalizado por Erando González: “Amar es una angustia, una pregunta, / una suspensa y luminosa duda…” En efecto, amar es una pregunta. Y Julia tiene todas las preguntas sin contestar. Porque las parejas de baile en el danzón, se dice, pueden bailar años sin saber nada de sus respectivas vidas. Se encuentran en los salones de baile y lo demás es una pregunta suspensa que se podría resolver más allá de la noche.
Julia es la flor que se abre en medio del triste jardín de la vida, como en la canción de Agustín Lara. Esto es una metáfora, lo que quiere decir que no estoy seguro de lo que quiero decir: que Julia se descubre seductora, que perseguir su sueño la salva, que regresa a su vida pero regresa siendo otra. En el puerto conoce a Rubén, el joven lanchero, y vive un romance. No podría decir que se enamora, sino todo lo contrario: porque Julia en este momento escapa al amor, por suerte. Se rebela al amor burgués, y todo le impide pensar en amor. Hay diferencia de edades, de vidas, de expectativas. Y quizá eso sea lo mejor: que no se resuelva la pregunta suspendida. Que mantengamos el desconocimiento acerca de la persona amada.
¿Ése es más o menos, el mensaje de los danzones, y de sus hijos los boleros? Me hago esta pregunta porque Julia al “descender” al mundo de la soledad y de la noche, va recorriendo en sentido inverso la ruta que siguió el danzón en su camino a la Ciudad de México. Decía el poeta que amar es una suspensa y luminosa duda… pero hay otro amor, quizás el más grande, el más obvio y el más oculto: el de todos los personajes por el danzón. Un amor correspondido, pero igualmente un amor que es una duda. Yo no sé si el danzón se pregunta por las vidas de aquellos que lo han bailado a lo largo de décadas. Y al mismo tiempo, quizá ninguno de los personajes se preguntan por el origen de su baile, de su forma de vida. Quizá no. Es que están tan adentro, tan compenetrados con él que seguramente no se imaginan que existe nada fuera de ese amor. Pero existe: y yo me lo pregunto ahora: quisiera hablar un poco de esa tradición del danzón. Del baile, tal como se ha mantenido desde que comenzó en 1879, desde la noche en que el músico Manuel Faílde cosió tres danzas para bailar y compuso una pequeña introducción que se repetía antes de cada una de ellas, y lo nombró “Alturas del Simpson”. Entonces, uno de los bailadores gritó: “¡Faílde, esto no es una danza: es un danzón!” Allá en Cuba, los grandes músicos popularizaron este ritmo tocado con charanga: flauta, piano, violines y percusiones. El clarinete, las trompetas, los saxofones vinieron después. Algunos atribuyen a Mariano Mercerón la formación musical de las bandas de jazz en Cuba. Desde el Porfiriato se tocaban danzones, con guitarras o con bandas militares. Y luego, en los años veinte, se popularizó en Estados Unidos, en donde se tocaba con jazz bands.
Hubo un sitio, el Salón México, en donde se hicieron las leyendas. En donde tocaban las primeras danzoneras, los hermanos Concha, la danzonera de Agustín Pazos, y luego, la gran época de Consejo Valiente Robert, el gran Acerina y sus timbales. Músicos legendarios como Amador Pérez, el trombonista del que no se sabe casi nada, salvo que compuso el más importante de los danzones, Nereidas. Cada noche era un paseo por los salones, el Colonia, el Ángeles (el requisito para conocer la capital), el México… Los rituales: la trompeta que se levanta para tocar Teléfono a larga distancia, descansar durante la tercera parte de la pieza para que las mujeres se abaniquen, recordar los míticos letreros del Salón México: “Favor de no tirar colillas para que no se quemen los pies las señoritas”. Y la mitología adjunta: Marga López, el Indio Fernández, Cantinflas bailando en El gendarme desconocido el danzón Suave de Tomás Ponce Reyes.
Todo en un baile que ha subido y bajado por las clases sociales y los estamentos: cuyo origen más lejano puede venir de las danzas de salón dieciochescas de Inglaterra y Francia, que se reunió con la música de los negros antillanos (reyes en África, esclavos en América). Bailar danzón es dar una clase de elegancia, de contención de la figura, una escultura cadenciosamente construida. El inicio de un danzón es una verdadera obertura, de ahí que se hayan escrito adaptaciones de Rossini y Mozart. Del danzón, como algunos lo saben, proviene el bolero. Comparten ambos: el ritmo, las asociaciones amorosas y la concepción de la vida. También el cha-cha-chá proviene del danzón. Hasta la palabra “mambo” se extrajo de un danzón interpretado por el flautista Antonio Arcaño. Todo se adapta a este baile: como Agustín Lara tenía sus “Danzones de Lara”, el Chamaco Aguilar y su danzonera tocan ahora “Danzones de Lora”. Arturo Márquez consumó, más bien: terminó, con la ridícula separación entre arte popular y alta cultura, haciendo que las sinfónicas visiten los terrenos sincopados del danzón. El danzón mexicano es el triunfo del republicanismo: de Juárez y el danzón que lo homenajea. Una pieza que curiosamente proviene de una canción dedicada a José Martí en Cuba. Y los lugares de México, Mocambo, Acapulco, Veracruz, así como sus celebridades, tienen su danzón. Juventino Rosas y Manuel M. Ponce compusieron danzones. Los bailó desde don Porfirio hasta don Susanito Peñafiel (y me parece que hasta Harrison Ford, en su visita al Salón México). Es la doble cara del refinamiento: la elegancia que esconde el erotismo, y el erotismo que puede presentarse en sociedad. Una tradición larguísima cuyo extremo comenzó hace 130 años, llega hasta este momento, y en el que la vida de Julia y Carmelo tienen un momento privilegiado.
Ella, les decía, no se lo pregunta: lo vive. Ya que yo no lo puedo vivir, pregunto. Pregunto porque veo muchas cosas en esa película. Veo por ejemplo esa ciudad, la XEW, y frente a la estación de radio: el café de “La Esperanza”, aquel que ya no existe, pero que fue en el que comieron todos los artistas de entonces. En “La Esperanza” estaban colgados los pagarés de los artistas que iban a comer sin dinero. Un día los dueños decidieron que era más valioso tener colgado un pagaré de Agustín Lara o Arturo de Córdova, que cobrarles. Julia detiene su vista en las fotos deslucidas de las artistas de entonces, tan anónimas como ella. Nosotros vemos a Julia y vemos el pasado. El pasado que por hora y media es nuestro presente. Y escuchamos: a Toña la Negra, a María Luisa Landín y a la primera bolerista de México, Ana María Fernández, cantando El coquero de Agustín Lara, mientras que Tito Vasconcelos, vestido de rumbera, hace play back. Asimismo, a Carmen Salinas cantando Irremediablemente solo de Avelino Muñoz. Tan cerca y tan lejos: las ciudades que ya no se parecen, los tranvías que desaparecieron… Todo en esta película es un guiño a la memoria –y a la imaginación. Todo eso tan entrañable que existe en la película y que sentimos propio, lo que estará en nuestra biografía sentimental, las fotos antiguas, las casas de la clase baja, la moda que pervive desde hace 60 años… Pero sobre todo: Danzón, estoy seguro, nos determinó a muchos en el trabajo de mantener presente la música, las vidas, una tradición cultural siempre viva y siempre en riesgo…
Y María Rojo –no Julia–, es el símbolo de esa manera de vivir el amor, de la ciudad que pervive luego de su semi-destrucción en 1985, de la forma de reanudar el camino de la tradición de la música popular de la ciudad de México, de la forma de vivir la capital y la noche. Su personaje, pero también su actitud cultural, entusiasmó a las generaciones anteriores, así como a la mía. Revivió el interés por el danzón a una escala que no se había dado antes. Preparó el camino al reconocimiento para una forma cultural más o menos despreciada hasta entonces. Como Julia, el danzón es una manifestación cultural que también floreció gracias a ella.
Esto es lo que María Rojo y Danzón significan para mi generación. Y yo agradezco esta espléndida oportunidad de poder decírselo personalmente.

(Palabras pronunciadas el 30 de mayo en el homenaje de la ANDA a María Rojo por los veinte años de la película Danzón, en el Centro Cultural Veracruzano)