¿Operación limpieza en Guerrero?
Raúl Cremoux
No importa que ya estén sometidos y tirados en el suelo. Con saña inaudita los uniformados patean el rostro, los riñones, las piernas y donde caiga la bota. Eso lo saben hacer con perfección matemática.
Se juntan cuatro o cinco, igual que los buitres sobre el cadáver de la presa. Dan pequeños saltos y picotean aquí y allá; con frecuencia ríen e invariablemente insultan y maldicen, al igual que lo hacían los nazis con los prisioneros militares o con la ciudadanía en los países ocupados.
¿De ahí viene su aprendizaje?
Eso es lo que revela el video facturado por el gobierno de Guerrero y entregado a diarios y emisoras de televisión. ¿Pretendían que el auditorio se indignara? Lo consiguieron con facilidad.
Los estudiantes de Guerrero pertenecían a la Normal de Ayotzinapa y en el desorden habitual que provoca manifestarse cuando todo se tiene en contra, los policías locales, ministeriales y federales tenían la orden de limpiar la carretera que lleva al paraíso de Acapulco.
Ahí bajo el calcinante sol de las doce del día, los uniformados blandieron sus armas, cortas y largas como expresión suprema de hacerles entender a los jóvenes que cometían una falta administrativa imperdonable. Por eso los tundieron y a dos de ellos les metieron balazos en la cabeza y en el cuello. ¡Para que aprendieran bien la lección!
Y la operación limpieza viene de un gobernador que lo es gracias a su tardía devoción por el perredismo y las causas humanas y sociales que pregonan los convocados por esas siglas. Más tarde han venido los boletines de prensa, las justificaciones y los enredos usuales que buscan culpables cuando bien sabemos que todo viene de raíz, de origen.
La represión es consustancial al poder y en especial en Guerrero donde sólo de forma excepcional se razona antes de actuar.
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