En torno a la vida de Acción Nacional
Salvador Abascal Carranza
(Primera de tres partes)
La verdad es que nadie, ningún ser humano, puede ser tan pecador ni tan pervertido como para encarnar, al mismo tiempo, los siete pecados capitales. Pero también es cierto que, si bien algunos de ellos paradójicamente se contrarrestan, también lo es que la concurrencia de otros, en una misma persona, los hace altamente dañinos para ella misma y para la sociedad.
De todos es sabido que la teología moral opone, a cada vicio o pecado capital, una virtud que la contrarresta. Sin embargo, podemos hacer un ejercicio diferente: oponer vicios contra vicios. En el primer caso, los contrarios conocidos son, por ejemplo: contra pereza, diligencia; contra avaricia, generosidad; contra lujuria, templanza; contra gula, frugalidad; contra soberbia, humildad, etc.
En el segundo caso (es decir, vicios contra vicios) tendríamos un interesante resultado, a saber: contra gula, avaricia; contra avaricia, soberbia; contra lujuria, pereza, etc.
Sin embargo, cuando se juntan en un solo individuo dos o más de los pecados capitales no oponibles entre sí, el resultado es, si no necesariamente el desastre moral, por lo menos un escenario muy amenazador contra sí mismo y contra la comunidad a la que dicho individuo pertenece.
El lector puede hacer, a partir de su propia experiencia, las combinaciones que le parezcan más significativas, y las ejemplificaciones que mejor se ajusten a ciertos personajes de la vida pública de México, del mundo y, por supuesto, de la historia patria y universal.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que reúna en sí mismo y al mismo tiempo (los vicios pueden darse por edades, sexo, religión, nacionalidad, etc., eso sí, sin discriminar a nadie), los pecados de soberbia, lujuria, ira, gula y envidia. Estos son, por desgracia, perfectamente compatibles y constituyen un coctel altamente peligroso y explosivo.
Empero, se me ha pedido, que, sin ser yo un experto en la materia, aborde en este artículo solamente el pecado capital de la lujuria, relacionado principalmente con la vida de Acción Nacional en donde, como en cualquier institución humana, podemos encontrar perfectos ejemplos de lo que este vicio significa.
En el caso que nos ocupa, referidos a la actuación pública de los miembros del partido, ya sean éstos dirigentes del mismo o servidores públicos. No se me pida, sin embargo, que dé nombres. No es ciertamente el propósito de este escrito, porque no estoy para juzgar a nadie. No doy nombres, sólo señalo rumbos.
Entremos en materia. Lujuria tiene su raíz en el latín luxuria. De este mismo término se derivan las palabras lujo, lujoso (a). Lujuria es definido por la mayor parte de los diccionarios como: “Vicio que consiste en el uso ilícito o apetito desordenado de los deleites carnales.” También se entiende como “exceso, demasía o desorden en alguna conducta” (la gula, por ejemplo, también es considerada por algunos autores como asociada, en muchos aspectos, a la lujuria).
Rescatemos de lo anterior, mutatis mutandis (cambiando lo que hay que cambiar), aquello que pueda ser aplicable en el ámbito de la política. Para empezar, los conceptos de deleite y de conducta desordenada, pueden ser muy útiles para describir las conductas lujuriosas de algunos actores políticos (de todos los partidos, para no discriminar a nadie), tanto de aquellos que aparecen con faroles, micrófono y todo, como también esos otros que actúan, sigilosamente, desde la penumbra de sus obscuras oficinas.
Lo primero con lo que nos encontramos, en el contexto político que nos ocupa, es que la lujuria consiste una perversión en la ponderación de los medios y de los fines, al considerar el poder como un fin en sí mismo.
Esta afirmación nos hace caer de bruces sobre el “Maquiavelo maquiavélico”, el de El Príncipe, porque hay otro Maquiavelo, si es que se le puede llamar así, “no maquiavélico”. De manera notable, por ejemplo, el de los “Discursos”. Es importante decir, sin embargo, que Maquiavelo jamás dijo, textualmente, “el fin justifica los medios.” Sin embargo, de su obra (El Príncipe) se desprende esta afirmación.
En efecto, si consideramos que la lujuria busca como fin el deleite, mediante una conducta desordenada, tal deleite se consigue, en el caso de la política, con la conquista del poder por el poder mismo, sin parar mientes en los medios. Le podemos quitar, pero no de manera absoluta, lo del placer carnal. Lo cierto es que, quienes experimentan esos deleites de la vivencia del poder por el poder, pueden mantener al placer de los sentidos como una necesaria consecuencia de lo primero.
A estas reflexiones un tanto desordenadas, quizás por lo mismo algo lujuriosas, en cuanto que para mí suponen de algún modo “darme el lujo” de escribir sobre algo que me divierte sobremanera —por el goce intelectual que me produce—, se les puede añadir, sin que en nada pierdan su objetivo, el concepto de concupiscencia, muy cercano, como veremos, al de lujuria.
Concupiscencia, del latín concupiscentia, derivado a su vez de concupiscere, desear ardientemente, tiene en realidad dos acepciones: ordinariamente, se entiende como un apetito desordenado (nuevamente el desorden moral), de placeres y de deleites deshonestos. La otra acepción es realmente interesante, aunque nada novedosa, porque se remonta hasta el siglo XIII.
Santo Tomás de Aquino —quien a su vez cita a San Pablo— dice que, además del significado negativo o impropio, la noción de concupiscencia tiene uno realmente noble y que se refiere al deseo ordenado de alcanzar ciertos bienes materiales (y aún espirituales), en cuanto referidos al ser humano como compuesto de alma y cuerpo.
Así, el Doctor Angélico llega a esta extraordinaria conclusión: “La concupiscencia es una pasión del apetito sensitivo distinta del amor del bien de donde nace, y del deleite al cual tiende. La concupiscencia, tomada en este sentido llamado filosófico, no envuelve el concepto de deseo desordenado, porque puede el hombre ordenadamente desear, aún ayudado de la pasión, aquellos bienes sensibles que son conformes a la razón, tal como el padre solícito que busca con afecto los bienes necesarios para la familia, según su recta conciencia” (S. T., Q. a. 2).
Como el objeto de este estudio tiene que ver más con el pecado, con el vicio, que con la virtud, dejemos el análisis de la concupiscencia, en su sentido positivo, para ocasión más venturosa. Porque las desventuras de la sociedad actual pasan necesariamente por los vicios que desvirtúan la política y, más particularmente, a la democracia occidental, si descartamos a muchos regímenes tiránicos y dictatoriales (la mayor parte de ellos de orden teocrático) de Asia y de Africa.
