En torno a la vida de Acción Nacional

Salvador Abascal Carranza
(Tercera y última parte)

Llegado al poder presidencial, el PAN atrajo inevitablemente a una gran cantidad de ciudadanos. Muchos, la mayoría, de buena fe, para servir desde el gobierno o desde las dirigencias del partido. Otros, lamentablemente, para servirse de él. Este fenómeno es conocido en los ámbitos castrense y policial, como el de la atracción que el oficio de armas ejerce, necesariamente, entre los sociópatas y psicópatas. Como la miel a las moscas.

En el caso del PAN, hay quienes lo han visto, no como el mejor instrumento que tiene la democracia en México, sino como el instrumento ideal para satisfacer sus desordenados apetitos de poder; para ser congruentes con el tema, para alimentar su lujuria, con todo y los deleites  que  ofrece esta forma de vivir del poder y para el poder.

También hay que señalar a aquellos priístas que se quedaron en las estructuras del gobierno y que, en lugar de ser leales con quienes los han ratificado y con el país, se han dedicado a minar, desde adentro, la capacidad operativa de los gobiernos panistas. Sin embargo, ellos no pueden encarnar reales pecados capitales. Son pequeños pecadores que, junto con otros muchos, hacen también mucho daño al país.

Porque, quienes llegan a ocupar cargos para los que no tienen vocación de servicio, sólo ven en ellos la posibilidad de saborear las mieles del poder, así sea pequeño, y no enfrentar con decisión los retos, las dificultades y la enorme carga (por eso se llama cargo público) de responsabilidades que son inherentes al servicio público.

Es mi opinión que el poder, por sí mismo, no corrompe. No se puede corromper a quien llega dispuesto a ser corrompido. En todo caso, es el acceso al poder lo que desnuda las ocultas intenciones. El contratante también es, en cierto modo, responsable (sean los ciudadanos con su voto, o aquél que tiene la facultar de designar colaboradores) de las malas contrataciones.

En Acción Nacional, muchos vemos lo que otros no quieren ver. A saber, que hay dirigentes que solamente buscan su beneficio personal; funcionarios públicos y del partido que actúan en la impunidad y contra los legítimos intereses del PAN o del gobierno al que están obligados a servir, según su cargo y, a través de él, a México. Hay otras personas, que se dicen panistas, que encarnan a la perfección el binomio soberbia-lujuria. Una vez que han usado al PAN para satisfacer sus propios intereses, se olvidan de él y de los ciudadanos;  los ciega la vanidad y la soberbia, y se creen ellos mismos acreedores a los más grandes honores.

El partido ya no les importa, la doctrina menos. Hacen y deshacen en sus comités o  cargos públicos. Son, en general, hábiles manipuladores, expertos en el arte de la hipocresía, para mantenerse en su pequeño poder o para adquirirlo de nuevo, a como dé lugar, así sea pasándose a otro partido, cuando sienten que ya no pueden exprimir más a Acción Nacional. Otros más, muy pragmáticos, mandan de vacaciones a la doctrina cuando sienten que les estorba.

Felizmente, tanto el presidente Gustavo Madero y el actual CEN del PAN, así como muchos otros panistas destacados o de a pie, estamos decididos a  hacer más vigente que nunca el lema: “por una patria ordenada y generosa”, empezando por rescatar  el verdadero espíritu de Acción Nacional, “el alma del partido” (como reiteradamente lo ha dicho Felipe Calderón), que son sus principios de doctrina. En esto estriba la fundamental diferencia con los demás partidos. Es verdad que en todos ellos hay gente capaz, honesta y servicial, así como pillos  y tramposos. La diferencia, insisto,  estriba en la calidad moral, social y política de las diversas instituciones. El PRD y la izquierda mexicana, en general, carecen de principios.

A lo más, cultivan temporalmente algunos minidogmas que, una vez asentados, hacen crisis sólo para ser substituidos por otros, según la repartición del poder en cada vez más numerosas tribus. El PRI, todo el mundo lo sabe es, desde su origen, un partido sin principios. También tienen sus minidogmas políticos, de coyuntura, que para lo único para lo que han servido es para mantener al país en el rezago, frente a otras naciones, con la esperanza de regresar algún día a Los Pinos.

Acción Nacional es el único partido que, desde su fundación, ha sostenido principios de doctrina inspirados en el humanismo cristiano. Por eso desconcierta y enoja encontrar a sedicentes “panistas”, que lo único que han hecho es usar al partido para sus fines personales, para alimentar su soberbia y su lujuria y, de paso, intentar destruir al partido como quería destruir aquella falsa madre, al niño que no era suyo, en el famoso episodio del rey Salomón.

Hemos visto, con mucha tristeza, cómo miembros del partido que se dicen humanistas y demócratas, prefieren volverse contra el partido, cuando pierden una posición o una candidatura, y hacen labor de zapa para que no ganen o no puedan gobernar sus circunstanciales adversarios. A esto ya no solamente se le puede calificar de pecado, es simplemente traición, al partido y a la patria.

Acción Nacional, sigue y seguirá siendo más grande y más fuerte que todas las debilidades y todos los vicios encarnados en algunos de sus miembros, a condición de que no pierda de vista lo que le ha dado origen y sentido, y que constituye el mejor antídoto contra las tentaciones y los pecados, capitales o no, a los que está expuesto el ser humano por su frágil condición: los principios de doctrina.