Frontera riesgosa

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Los yerros bibliográficos están de moda, Peña Nieto, Cordero y una lista larga de memorables olvidos, ignorancias chicas y grandes que resurgen a la luz pública. Más allá de la chacota, del escándalo en las redes sociales tan de moda por su inegable influencia a pesar de su aún reducida presencia en términos generales, queda una pregunta: ¿Qué los políticos no son un reflejo de la sociedad? De una comunidad que no lee, donde la atención multitudinaria no está en la literatura sino en las telenovelas y reality shows como los de Laura Bozzo, ¿cabía esperar algo distinto? ¿Por qué deberían ser diferentes de la generalidad? Son servidores públicos, no guías sociales.

Alejados de las bromas fáciles, ingeniosas unas más que otras, la sustancia del asunto está en saber para qué, no por qué, un evento como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se transforma en la pasarela política del momento. Las obras literarias de los aspirantes presidenciales deberían ser materia de mesas redondas con invitados para debatir sus ideas y proyectos, pero no son materia de una Feria del Libro que apunta a horizontes distintos. Ir allá y cobijarse con esa pretendida aura de escritor(a) implica correr el riesgo de que les pregunten como lectores, y ahí está el detalle.

El resbalón en singular, o incluso en plural, es propio de quienes tienen niveles de exposición tan intensos. La necesidad vuelta costumbre de ser asesorados en su conducta pública, imagen y discurso implica que al salirse de esos parámetros tan estudiados para parecer lo que no se es, se convierta en una frontera que no deberían arriesgarse a cruzar. Ahora bien, si lo que ocupa y preocupa es que esos traspiés revelen limitantes a la hora de gobernar, si es que esa hora llega, pues también están de más ya que ejemplos remotos y recientes abundan. Ni una sólida cultura garantiza un buen gobernante ni una formación literaria promedio presagia un desastre de gestión.

El escritor Jorge Volpi decía a través de las redes sociales que leer no hace necesariamente a una persona, una mejor persona, aunque reconocía que quizá el consumo de novelas haría a nuestros políticos unos mentirosos con mayor imaginación para, por lo menos, mentir mejor.

Escribir un libro se ha convertido en un requisito curricular cuyo cumplimiento así sea contra natura produce lo que hemos visto. Una edición de su presunta autoría ¿nos debería revelar qué exactamente? ¿Son hombres o mujeres con la suficiente capacidad para hacer, pensar y proyectar todo su conocimiento y todo su talento con aproximaciones literarias dignas de imitarse? Hay dudas al respecto. Pero si alguien va en la competencia con un libro editado bajo el brazo, el contendiente de al lado corre a hacer lo mismo. Moda que tal vez pase de euforia cuando veamos que eso no se traduce en gobiernos de mejores resultados.

La concurrencia a lugares comunes sobre si siempre será mejor un político con amplia cultura general pues es eso, un lugar común, cultura, ética, sentido social, globalizado, con sólidas raíces, con capacidad empática, que no diga que no trae cash, que no pregunte ¿por qué él?, que vea y oiga al opositor, que no diga que no leer periódicos le permite ser feliz, que sea tolerante, sensible, flexible pero determinado, que no beba de más, que no coma de más, que no requiera de antidepresivos, que sea sano, laico, guadalupano, institucional… ¿A usted cómo le gustaría su gobernante?

Espero que no se decepcione.

 

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