Bofetada al pueblo mexicano

Humberto Musacchio

Hace unos meses se descubrió que Estados Unidos entregaba armas a delincuentes de México como parte de la operación Rápido y Furioso, lo que, arguyen, permitiría saber dónde andan los instrumentos de muerte y trazar mapas del movimiento de las bandas. Sí, pues…

Rápido y Furioso fue una bofetada al pueblo mexicano en tanto que se trata de una operación realizada en nuestro territorio por una potencia extranjera, lo que resulta inadmisible. La respuesta del “gobierno” panista fue hacerse el desentendido y, como siempre, apostar a la desmemoria pública, lo que casi lograba, pero en Estados Unidos se divulgó oficialmente que el Congreso de aquel país autorizó formalmente a la DEA para introducir en México las ganancias del narcotráfico, lavarlas aquí y convertirlas en dinero legal, operación de la que acá sólo se enteraron los capos del hampa.

Por si algo faltara, se recordó que el lavado de dinero empezó desde 1984, lo que deja mal parados a los gobiernos priístas de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, que de esta manera quedan como unos perfectos ineptos y eventualmente como traidores.

No ha sido poca cosa la cantidad de dólares que ha metido la DEA de contrabando, pues según The New York Times eran hasta tres operaciones de contrabando a la semana. Se introducían en México las ganancias de los carteles y aquí, al amparo del Tío Sam, se transformaban en dinero bien habido y los gobiernos de los últimos cinco sexenios ni se enteraban.

“No, no sabía el gobierno mexicano”, dijo la portavoz de Felipe Calderón en una rueda de prensa. Y hay que creerle. Este “gobierno”, tan perrunamente servil con Washington, es tratado precisamente como perro. De vez en cuando le echan un hueso y, feliz, mueve la colita con alegría. Pero de las cosas que importan nadie sabe nada y cuando se sabe algo es porque llega la información de Estados Unidos.

En otras palabras, carecemos de servicios de inteligencia dignos de ese nombre, lo que no le impidió a doña Alejandra pararse el cuello con un caso harto sospechoso: el “descubrimiento” de que un hijo de Gadafi quería venir a instalarse en playas mexicanas, lo que por supuesto frustraron los muchachos de Calderón. Lo que no dijo la señora Sota es que México tenía una admirable tradición según la cual se brindaba asilo a personas y personajes de izquierda y de derecha, tradición que los panistas han echado a la basura, porque ahora no hay derecho de asilo ni política exterior, sino una mal pagada servidumbre hacia el vecino poderoso. Es una vergüenza.