Vicente Francisco Torres
(Primera de tres partes)

En medio de disputas, este 2011 se quiso recordar que, hace cincuenta años, murió Louis-Ferdinand Céline. El antisemitismo gesticulante de algunos de sus textos, le causó muchos detractores pero el tiempo nos ha enseñado que las filias y fobias raciales quedan al margen del valor de las obras literarias.

El gobierno francés no lo incluyó en la lista de las celebraciones oficiales pero hubo un caudal de textos periodísticos surgidos a modo de desagravio y, las ediciones de sus obras, sobre todo el Viaje al fin de la noche (1932), menudearon por distintas latitudes. Si en nuestro idioma ya teníamos versiones en Siglo Veintiuno y en Tiempo Contemporáneo, y hasta una edición empastada en Edhasa, esta misma casa editorial de Barcelona puso en circulación una versión de bolsillo.

Afirma un dicho popular que hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las mentirotas y las estadísticas. Haciendo oídos sordos quiero recordar que, según las estadísticas francesas, sus autores más leídos son, primero, Marcel Proust, y después de él, Louis-Ferdinand Céline.

Antes de entrar en materia quiero apuntar que los exabruptos y escupitajos de Céline no fueron solamente contra un grupo en particular, sino contra los seres humanos todos. De aquí que se le conozca, en famosa expresión de Lottman, como genio del mal.

El Viaje al fin de la noche, notablemente autobiográfica, como hoy sabemos, empieza con el protagonista, Ferdinand Bardamu, enlistándose tontamente. Sus confesiones cínicas nos dan una versión descarnada de la guerra, con la tropa enviada al matadero y los oficiales de alto rango que se mantienen a la distancia, en tiendas donde abundan los alimentos y los licores. Mientras, los acaudalados siguen atendiendo sus negocios, aunque eso sí, vitorean a los pobres diablos que marchan a las trincheras para ser destripados. El narrador abandona la misión que le habían confiado y se dirige a un hospital en donde tiene encuentros sexuales con una norteamericana voluntaria. Del hospital pasa al manicomio y, cuando lo dejan salir, se marcha a las colonias africanas que son un infierno tórrido de esclavitud, insalubridad y explotación.

Como ya se ve, Céline se ha burlado del patriotismo bélico y pintará con cinismo las condiciones en que se encuentran los negros y los empleados franceses de las colonias.