Eve Gil

El tercer tomo de 1Q84, del japonés Haruki Murakami (Tusquets, México, 2011) está salpicado de frases como ésta: “Puede que la vida no sea más que la consecuencia de una mera cadena de acontecimientos ilógicos y, en ciertos casos, extremadamente chapuceros”. Las frases sugieren que el autor dialoga continuamente con el lector acerca de la obra que tiene en sus manos, aunque, claro, hay que ser lo suficientemente perceptivos, lúdicos y humildes (sí, he dicho humildes) para entregarnos a la propuesta murakamiana y gozarla al máximo.

Los primeros dos tomos de este “thriller fantástico”, como muy atinadamente lo ha denominado Carlos Martínez Shaw, reunidos en un solo volumen, se convirtieron en la obra más polémica de un autor que fascina a unos —la mayoría— y repele a otros, particularmente aquellos que se arredran ante lo extraño, lo voluptuoso, lo subversivo. En aquella primera parte, la ficción irrumpe en la realidad de forma tan imperceptible como violenta. Tengo, un matemático con vocación de escritor, es contratado como “negro” para reescribir la novela de Fukaeri, una adolescente de diecisiete años que ha escrito una historia absolutamente fascinante sobre una secta, pero con total ausencia de oficio literario. Al sumergirse en el pantanoso universo de Fukaeri, a través de su reescritura, Tengo modifica, sin proponérselo, el mundo en el que vive, donde transcurre el orwelliano año de 1984… pero no se percata de ello sino hasta que echa un vistazo al cielo y descubre sobresaltado que no hay una, sino dos lunas, una grande de color amarillo y otra diminuta, como un hijito deforme, de color verde. Este involuntario trastocamiento involucra a los seres que lo rodean, incluyendo la única mujer que ha amado, una ex compañera de escuela llamada Aomame a la que no ve desde hace veinte años, convertida en una sofisticada asesina —fisioterapeuta de profesión— contratada para vengar a mujeres maltratadas, que sin embargo mata sin producir dolor. En aquella primera parte, Tengo y Aomame se buscan desesperadamente, sin lograr encontrarse… y naturalmente el lector espera que el encuentro tenga lugar en el tercer volumen.

El tercer volumen empieza justo donde termina el segundo: con Aomame recluida en un refugio donde ha sido puesta por su jefa, una enigmática anciana que dirige un refugio para mujeres maltratadas, tras liquidar al líder de Vanguardia, la secta acerca de la cual escribió Fukaeri y que resulta real. Me detengo un momento para señalar que estoy absolutamente de acuerdo con Andrés Ibáñez cuando señala que la conversación entre Aomame y su vulnerable presa —que todos tienen por hombre poderosísimo, casi Dios— es la más impresionante de toda la obra de Murakami… una obra donde abundan conversaciones intrigantes entre personajes antitéticos. Pese a que el líder prácticamente se ha dejado matar por Aomame, sus seguidores no están dispuestos a permitir que la asesina escape y hacen responsable al detective Ushikawa —personaje secundario en el primer volumen— de encontrarla, pues fue a él a quien encomendaron investigara a la fisioterapeuta contratada para atender al líder, y dio el visto bueno para ello. Ushikawa adquiere relevancia en esta nueva aventura, y pese a ser absolutamente despreciable —ex abogado corrupto caído en desgracia, desagradable a simple vista— Murakami lo convierte en uno de sus personajes más entrañables. Ushikawa sigue las huellas de Aomame, y de paso las de Tengo —supone que a través de éste puede llegar a aquélla—, y termina prisionero de 1Q84, el mundo paralelo que aquél creó durante la reescritura de la novela de Fukaeri… y en este mundo de dos lunas, que simbolizan a la madre y a la hija que a su vez son símbolos dentro de la doctrina de Vanguardia, todo puede suceder, incluso que el perseguidor se convierta en el perseguido. Puede suceder, incluso, que Aomame quede embarazada sin explicación lógica de por medio, y que ese embarazo coincida en tiempos con el asesinato del líder de Vanguardia y la única relación sexual entre Tengo y Fukaeri, y que lo que persigan los miembros de la secta no sea su vida a cambio de la del líder, sino “la cosa pequeñita” que palpita dentro de ella. Cualquier cosa. Pero la magia de Murakami consiste en crear una lógica interna que deja caer cada cosa en su sitio con espléndida naturalidad y nos convence de que, como en la vida real, la realidad alternativa de 1Q84 está elaborada con base en coincidencias perfectamente eslabonadas.

“Pero la historia que estaba escribiendo había tomado una dirección, y avanzaba casi de manera automática, tenía vida propia, y, lo quisiera o no, Tengo ya formaba parte de ese mundo. Para él había dejado de ser un mundo ficticio. Se había convertido en un mundo real en el que, si uno se abría la piel con un cuchillo, brotaba sangre roja, sangre de verdad…”, se lee en la página 260. Esto me lleva a proponer una lectura alternativa de 1Q84 como metáfora del ejercicio literario, o en su defecto, de cómo lo concibe el propio Murakami… y muchos de sus entusiastas lectores que creemos firmemente en el poder de la imaginación.