Miguel Capistrán
Había una vez un personaje, que tuvo una activa e intensa participación en ese movimiento social y político transformador en muchos órdenes de la vida nacional que fue la Revolución Mexicana. Su pensamiento de avanzada y sus acendradas convicciones políticas y, en particular, su manifiesto deseo de cambiar la situación de pobreza y atraso ancestrales de la población indígena maya, así como su ansia de ver progresar a esa entidad, lo condujeron a ser elegido Gobernador Constitucional de Yucatán que era su estado natal, en el cual durante su administración, que se redujo a sólo 20 meses, implantó un régimen de naturaleza socialista que tuvo logros muy destacados en muchos aspectos, entre ellos la atención a la cultura maya y a su legado, y fue en el tiempo que gobernó su Estado cuando llegó a esas tierras la expedición arqueológica a cargo del estadunidense Instituto Carnegie que exploró la zona de Chichén Itzá, temporada en la que la pirámide de ese lugar volvió a lucir en toda su magnificencia. El nombre del gobernante: Felipe Carrillo Puerto.
Once upon a time, o sea, el equivalente en inglés del “había una vez” con que comienzan prácticamente todos los cuentos infantiles, una atractiva e inteligente gringuita ligada a México por su férrea, decisiva labor pro-México que en primera instancia consiguió con su defensa en las páginas de un periódico californiano la exoneración y consecuente libertad de un joven paisano acusado falsamente de homicidio y logra, además, que se expidiera una legislación que prohíbe la pena de muerte para menores de edad en California. Esa enorme hazaña le valió ser llamada a colaborar en el influyente diario The New Yok Times; en segundo término sus afanes periodísticos en favor de nuestro país, hicieron no sólo que en cierta medida el gobierno de los Estados Unidos le otorgara el reconocimiento oficial al régimen de Álvaro Obregón. Ambas circunstancias fueron la razón que determinó la invitación del Presidente Obregón a la periodista a visitar México que desde entonces la sedujo por su gente, su paisaje y por su cultura.
Con motivo de la expedición arqueológica antes mencionada, la joven periodista fue enviada a cubrir los avatares de la importante misión cultural. La gringuita, hay que decirlo, se llamaba Alma Reed, cuya contribución y amor a México se intensificaron con la denuncia que hizo del arqueólogo y cónsul estadunidense Edward Thompson, residente en Yucatán, como saqueador del patrimonio cultural del país al enviar por medio de la valija diplomática los tesoros arqueológicos que había extraído del cenote sagrado de Chichén Itzá y que junto con el centro ceremonial de ese sitio estaban dentro de la Hacienda de ese nombre que era propiedad de Thompson.
Los personajes principales de una historia, y que por su brevedad cronológica no puede llamársele sino cuento, conduce, por sus elementos, inevitablemente al manido lugar común que asevera que la realidad supera a la ficción, pero fue, es, no obstante, una historia verdadera cuya trama hubiera querido inventar más de un narrador, puesto que las figuras centrales, Alma y Felipe, para decirlo de una vez, protagonizaron una de las historias de amor más apasionantes que se han dado en el México de los últimos tiempos de la Revolución armada, esto es, la Delahuertista con el trasfondo de un Yucatán, cuya casta privilegiada, denominada precisamente “casta divina”, no quería renunciar a unos privilegios disfrutados por generaciones a partir de la Colonia y que vio amenazada su hegemonía por las medidas instauradas por Carrillo Puerto, y son las interioridades, los testimonios vivos, reales, de esa pasión viva e intensa, entre un descendiente de los civilizados y poderosos mayas y una suerte de diosa blanca que recorrió el mundo y que finalmente hincó sus raíces en este México que insufló en ella ese polvo que cuando se asienta en el interior de un extranjero ya no le permite hallar sosiego en ningún otro lugar, como reza una cuarteta que, si no me equivoco, fue producto de Anita Brenner.
La expresión directa de esa honda relación surgida en el Mayab está contenida con toda la fuerza de su intimidad en el epistolario de Alma y Felipe mantenido por ambos entre marzo y diciembre de 1923, hazaña que se debe una vez más al trabajo de Michael Schuessler que ya antes nos ofreció el rescate Diario de Alma Reed y con la colaboración decisiva de Amparo Gómez Tepecicuapan ha llevado al cabo la edición de este importante epistolario publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Hay que reconocer que la relación de Alma y Felipe es quizá el equivalente entre nosotros de la gran historia escrita por MatteoBandello inspirada al parecer en seres reales y que antecede a la obra de Shakespeare, o semejante de algún modo a la de los amantes de Mayerling, o, por mencionar otra, a la intensa relación que tuvieron Fanny Brown y el poeta John Keats, cuyo epistolario es igualmente memorable; en fin, el romance de Alma y Felipe fue enorme de cualquier manera en sus alcances y estuvo marcado también por la tragedia que terminó con ese idilio y para aprehenderlo en todo su relevancia es por lo que este epistolario resulta definitivo.
El libro se complementa con telegramas cruzados entre ellos y con oportunas ilustraciones, así como con la reproducción facsimilar de algunas cartas.
Por otra parte, no hay que buscar en esas misivas pretensión literaria alguna, pero sí la autenticidad comunicativa de dos seres consumidos por la pasión amorosa que evidentemente los hacía caer en el deliquio que caracteriza a los enamorados profundamente; para el gusto actual, mejor dicho, para una humanidad que ya de hecho no acude al recurso de las cartas, en especial las de amor, que tantos y muy abundantes ejemplos han dejado en el transcurso de los tiempos para la historia epistolográfica universal. Hay, en fin, en estas cartas y telegramas de Alma y Felipe, un cierto dejo de cursilería si las vemos a la luz de nuestro tiempo, y se advierte en todo esto un aire un tanto modernista en esa prosa, particularmente en la de Carrillo Puerto.
De todas maneras, precisamente por ese tono demodé que se desprende de esos documentos tienen al mismo tiempo esa suerte de encanto que conservan las cosas de tiempos pasados cuando se las aborda sin ánimo burlesco, ni de socarronería.
Por lo demás, hay que ubicarlas en el contexto histórico en el que se dio la relación que las propició, por cuanto es bien sabido que hay en todos los casos muchos ángulos que sólo el paso del tiempo permite advertir y arroja luz sobre determinados puntos que en su momento no era posible percibir.
El esfuerzo, en fin de Schuessler y Gómez, que rescataron este epistolario, permite dirigir la mirada hacia esa pareja que tuvo una presencia de alguna manera determinante en la historia de México en los años veinte del siglo pasado, por reducirse únicamente al periodo maya de Alma Reed, ya que a pesar de la tragedia ominosa que marcó su vida al impedirle la realización plena de su vida amorosa con Carrillo Puerto por el asesinato de éste, y cuya noticia recibió cuando en San Francisco, California, ensayaba el ritual del enlace que iban a celebrar ella y Felipe en fecha muy cercana, pero, como decía, Alma viajó a otros países y al volver a Nueva York apoyó al pintor José Clemente Orozco para su desenvolvimiento en Estados Unidos.Regresó años después en los años cincuenta para morir en 1966 y fue sepultada en el Cementerio General de Mérida en una tumba situada frente a la de Carrillo Puerto lugar donde finalmente se unieron para siempre.
A Carrillo Puerto, sea dicho esto para terminar, lo inmortalizó Diego Rivera en uno de los murales que pintó en la Secretaría de Educación Pública. Alma quedó inmortalizada a su vez en la canción Peregrina que compusieron en su honor a petición de Carrillo Puerto el poeta Rosado Vega y el músico Ricardo Palmerín.
