César Arístides
A Cecilia Barreto
En marzo de 2010 se cumplió el centenario de la muerte del poeta Julio Herrera y Reissig y pocas notas atendieron esta fecha. El escritor uruguayo fue una de las figuras más enigmáticas del modernismo hispanoamericano, y aunque no tiene la celebridad de Rubén Darío o Enrique González Martínez, de Leopoldo Lugones o José Asunción Silva, sus poemas concentran un licor poético imponente arropado por las siguientes cualidades: enjundia, atrevimiento, voluptuosidad onírica y un efervescente despliegue de metáforas. Sus versos confrontan por impredecibles, nos revelan sensaciones extraídas del arrobamiento y la alucinación, para turbar y conmover, trastocar el erotismo y dibujar paisajes con tonos guiados por la lumbre.
En el poema “Idealidad exótica” encontramos una pequeña muestra del talento grandioso de este bardo, sus imágenes van más allá de todo modelo de vanguardia. En sus líneas, ornato y conciencia poética se funden para asombrar y someter: “Tal la exangüe cabeza, trunca y viva/ De un mandarín decapitado, en una/ Macábrica ficción, rodó la luna/ Sobre el absurdo de la perspectiva…”.
Herrera y Reissig es un poeta de enorme furia, es un delicado orfebre de salvajes estructuras y atmósferas; teje la fuerza de los elementos naturales al sensual candor de los sentimientos amorosos, lo súbito en sus poemas es marca de la casa, de la sangre; lo tenebroso, el gesto puntual de sus metáforas: “Bajo del velo, tu mirada bruna/ Te dio el prestigio de una hurí cautiva;/ Y el cocodrilo, a flor de la moruna/ Fuente, cantó su soledad esquiva”.
Poeta de perfumes inquietantes que bien aprehendieron nuestros Tablada, Rebolledo y López Velarde, explorador de tierras más remotas que el lejano oriente, cercanas al ensueño violeta y la fantasía macabra, labrador de parcelas donde hacen (y deshacen) el amor náyades y perversos, demonios y ondinas, su temperamento lírico es fuerte y expansivo, colma la página y nos hace temblar con la potencia de sus rimas: “Susceptible quién sabe a qué difuntas/ Dichas, plegada y con las manos juntas,/ Te idealizaste en gesto sibilino…/ Y a modo de espectrales obsesiones,/ La torva cornamenta de un molino/ Amenazaba las constelaciones…”.
El poema que visitamos, como otras composiciones del autor —“Ciles alucinada”, “Amor sádico” o la tremebunda “La Torre de las Esfinges (Tertulia Lunática)”— es un géiser seductor, un alcohol de deseos que encuentra salida para mostrar su enjundia y tonalidades, estalla con versos audaces y su osadía siempre es plena y contundente. Merece Julio Herrera y Reissig una lectura profunda pues su enorme estatura poética ha sido, lamentablemente, escasamente apreciada.
