Ricardo Muñoz Munguía

I
La infancia es un día largo y luminoso
mas es sólo uno y se vuelve noche,
el recuerdo es el corazón de los sueños
igual que las ansias palpitantes del moribundo.

La mirada, luz naciente
el destello, memoria estrellada
escribo:
ayer, lejanía, allá.

Vuelo entre ramas…, vuelvo.

El árbol se atraganta de cicatrices
que delinearon nombres
dictados por mí.
Ahora son surcos, los veo,
cierro los ojos y observo
me detengo sobre su piel
recorro lentamente con el dedo índice
grietas de un tronco destazado
para darle paso a la casa nueva.

Los ojos continúan cerrados
para que el niño que fui me sueñe
y así poder verlo trepar a su escondite
hasta quedar montado sobre la corona del árbol
donde remarca letras con la punta del clavo
pero de pronto detiene su mirada contra la mía,
me ve igual que al árbol eucalipto,
es entonces cuando me atrapa con sus manos
para guardarme en su regazo.

Los párpados, trasluz de memoria,
enfocan al niño que desciende
mientras yo reposo en el oasis luminoso
debajo del árbol que hace sombra
y que no tuvo oportunidad de la vejez
pues fue tentado por el hacha de mis hermanos
hasta dejarlo hecho añicos junto con mis secretos.
Vi sus ramas estirarse en cada golpe
las hojas arañaban el piso temblorosas
y la corona del árbol fue saqueada
los rumores del eucalipto fue el último aliento.